TRADUCTOR

EL LLANTO DEL VIOLÍN HERIDO


—Prefacio—
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, sin poder aguantarlas más.
Había oído la canción un millón de veces, y estaba seguro de que aunque la oyera un millón de veces más, no le produciría el mismo efecto; era una melodía desgarradora, y sonrió y lloró mientras la oía.
El auditorio estaba lleno y todas las almas ahí reunidas parecían aguantar la respiración mientras el violinista deslizaba el arco sobre el instrumento como sumido en un trance. Sonaba hermoso. Apasionado.
El joven se preguntó si el concierto hubiera sido de otra manera si el músico supiera la verdad. Quizás su subconsciente lo supiera y la única forma de mostrar su sufrimiento al mundo entero fuera a través de su violín.
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, sin poder aguantarlas más.
Era una melodía desgarradora y sonrió y lloró con el violinista y su violín herido.



—Capítulo 1—
Cameron Law caminaba resuelto por los largos y estrechos pasillos de la Prisión Estatal de Raiford, Florida, ignorando los gritos y las manos que intentaban alcanzarle de entre los barrotes.
—¡Hey, Jon, el niño-poli ha vuelto! —Gritó un hombre a su derecha cuando lo reconoció.
Cam se detuvo un momento para mirarlo y el preso dejó ver una hilera de dientes amarillentos y desordenados a medida que ensanchaba la sonrisa.
—¡Niño-poli! —Sacudió los barrotes con violencia para llamar su atención—. ¿Por qué no te vienes con tío Jon y tío Alfred a divertirte un rato y te olvidas de esa furcia de una vez por todas? ¡Mañana estará muerta, maldita sea, y le hará un favor al mundo!
—¡Cállate, Alfred, o te quedarás sin recreo las próximas dos semanas! —Intervino uno de los guardias que vigilaban el pasillo, golpeando las rejas con la porra.
Cam se estremeció con el estruendo metálico, pero Alfred no se inmutó y comenzó a reírse a mandíbula batiente mientras se burlaba del guardia. Éste, rojo de ira, miró al joven policía echándole la culpa de aquel alboroto, y Cam le respondió con una sonrisa al mismo tiempo que le atravesaba con sus ojos oscuros, sin una pizca de arrepentimiento.
—Mejor quedamos otro día, tío Alfred —se dirigió al preso, arrancándole otra carcajada—. Llego tarde a mi cita.
Después se dio la vuelta, ignorando descaradamente al guardia, y prosiguió con su camino.
Llevaba tres años en la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, analizando psicológica y criminalmente a delincuentes para facilitar su captura, y un tipo como Alfred, que cumplía condena por tráfico de marihuana, no le daba ningún miedo. A decir verdad, casi desconfiaba más del guardia de la porra que del camello.
Unos minutos más tarde llegó al corredor de la muerte, que tenía todas las celdas vacías… excepto una.
—¡Abrid la celda 2203! —Gritó un robusto guardia en cuanto apareció por la esquina.
El joven se lo agradeció con un asentimiento de cabeza y pasó el enésimo control en silencio. Fiel al procedimiento, en cuanto había entrado en la prisión había dejado en una bandeja a su nombre todas las armas que llevaba encima: dos pistolas y un boli que, palabras textuales del recepcionista, “esa psicópata podía utilizar clavándoselo en el cuello para matarlo”.
Las puertas de la celda 2203 se abrieron y a los pocos segundos se cerraron a su espalda.
Las celdas de esa parte de la prisión eran blancas y la luz procedía de barras fluorescentes incrustadas en el techo. Estaba hecho a idea: así los presos podían pasar horas y horas ahí encerrados esperando la muerte sin tener consciencia del tiempo que transcurría.
Miró a su alrededor, inspirando un olor parecido al de los hospitales. A su izquierda había un camastro con las sábanas blancas perfectamente estiradas y a la derecha un lavabo y un váter. Ningún mueble más. Sobre la cama una mujer de mediana edad estaba dibujando con carboncillos en un cuaderno, inmersa en su tarea.
—Buenos días, Mary Lou… ¿Qué estás dibujando hoy?
La mujer detuvo el carboncillo y levantó la cabeza, enviándole una mirada de ojos castaños que habían perdido su vida hacía ya mucho tiempo.
—A ti, Cam —le sonrió, como una madre a un hijo—. Quería que tuvieras este regalo de mi parte antes de que me ejecuten esta noche. ¿Te gusta?
Cam se acercó y tomó el cuaderno entre las manos, un poco emocionado; estaba tan bien dibujado que parecía una fotografía.
Había cumplido los veintiún años el mes anterior, pero seguía teniendo la misma cara que cuando tenía dieciocho, aunque la mirada fuera la de un hombre. Mary Lou lo había dibujado de medio lado, con el pelo negro alborotado, las cejas marcadas y los ojos brillando con intensidad. Tenía la nariz recta y solía sonreír alzando la comisura izquierda más que la derecha. La mandíbula y el principio de su cuello eran todos ángulos y sombras.
—¿Por qué? —preguntó el joven.
—Porque te debo los mejores últimos días de mi vida dentro de esta prisión.
Cam asintió, serio, y pasó los dedos por encima de los trazos con cuidado.
Llevaba visitándola desde la semana pasada, el tiempo en el que su unidad decidió reabrir su caso: Mary Lou y su marido David Robinson habían sido condenados dieciséis años atrás por los asesinatos de quince jóvenes en la ciudad de Jacksonville. Al parecer, David las había raptado, violado y después asesinado en un transcurso de 2 años, una tras otra y con un margen aleatorio entre rapto y rapto, hasta que por fin la policía dio con él; a Mary Lou se la acusaba de complicidad y por matar a su hijo recién nacido.
—Entonces —Cam pasó las hojas del cuaderno, estudiando los dibujos una vez más—, ¿me regalas mi retrato?
—Te regalo el cuaderno entero.
La mujer le hizo una seña para que se sentase a su lado y tomó el cuaderno de nuevo. Cam obedeció.
—Durante los días que me has visitado me has preguntado todo lo “preguntable” alrededor de mi condena y la de David —le dijo, pasando las hojas sin mirarlo pero sin dejar de sonreírle—. Qué sentía, por qué me enamoré de un hombre como él, por qué acepté la pena de muerte sin luchar, por qué dibujaba… Te respondí a casi todas tus preguntas con sinceridad. ¿Recuerdas cuál no te contesté?
Cam asintió.
—Sí, la de por qué dibujas…
—Sí —Mary Lou repitió el gesto y después frunció el ceño—. ¿Por qué dibujo?
Le puso el cuaderno en el regazo y Cam se sorprendió al encontrarse con una pintura casi idéntica a los girasoles de Van Gogh. Estaba pintada con ceras de colores y los girasoles parecían sobresalir del papel. El cielo estaba pintado con ondulaciones de diferentes tonos azules y en el centro de la obra había una mujer con un niño pequeño cogido de la mano, los dos de espaldas; era una representación de ella y de su hijo.
—¿Qué significa?
—Deberías saberlo —Mary Lou alzó una mano para acariciarle la mejilla. Sus dedos estaban helados, y sin embargo la piel del joven ardía frente a un contacto tan personal—, por algo eres el más inteligente de tu equipo. Pero si insistes, te lo diré: mis dibujos son la vida que podía haber vivido todos estos años de prisión.
Cam entornó los párpados y apretó la mandíbula.
—Mi equipo decidió reabrir el caso porque vimos que vuestra situación resulta… extraña, ya lo sabes. Creemos que tú eres inocente —el investigador se deshizo de su contacto, sosteniendo su mano entre las suyas—, que quizás cumpliendo cinco años más en la cárcel, ¡puede que menos según el juez!, tengas una segunda oportunidad en la vida.
—Cam, ya he vivido suficiente —repitió la misma frase que le había dicho un millar de veces en los días anteriores— y esta noche moriré en la silla eléctrica.
—¡Pero tiene que haber algo más, algo que no nos has contado! —Cam se levantó, exaltado, tirando al suelo el cuaderno—. ¡Tiene que haber una razón para que tengas que continuar con vida!
—Hay una razón para que muera, Cameron, y esa razón es que contribuí en el asesinato de quince jóvenes inocentes.
La mujer lo miró con gravedad mientas recogía el cuaderno tirado en el suelo.
—El informe afirma que tú nunca tocaste a las jóvenes que secuestraba el psicópata de tu marido…
—Yo estaba allí y quería a mi marido. —Replicó ella sin alzar la voz, mientras volvía a la página del retrato y le daba unos retoques con el carboncillo—. Sigo enamorada de él, aunque no lo creas, y es cierto que nunca toqué a esas jóvenes —utilizó la punta de los dedos para difuminar algunas líneas—, pero sabía en todo momento lo que él les hacía y no hice nada para evitarlo. Soy tan culpable como David y merezco el mismo castigo, Cam.
—¿Y qué pasó con tu hijo, Mary Lou? —Preguntó él con los puños crispados a los costados—. ¿Qué pasó por tu cabeza para que lo matases?
—No podía permitir que hubiera otra persona que pudiera ser como él —respondió, y entonces Cam se percató de sus ojos turbios por las lágrimas.
Hasta el momento no la había visto llorar, y sus lágrimas eran profundas e hirientes como flechas.
Hay veces que puedes ver llorar a cinco mil personas diferentes y resultar indiferente. Nada te importa. Pero entonces llega esa persona en concreto con los ojos rebosantes de lágrimas, el semblante torturado y palabras de amor en la boca y logra que tu vida se derrumbe. Te hace creer que ya nada tiene sentido y que ya no hay razones para vivir, porque las lágrimas de esa persona simplemente significan para ti… el fin del mundo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabías que él iba a ser igual que su padre? —Notó que la voz le temblaba y se obligó a sí mismo a tranquilizarse; no podía perder los papeles cuando estaba trabajando, no de esa manera.
Mary Lou se levantó como un resorte y le enseñó un dibujo que él le había visto hacer el jueves pasado, de un niño recién nacido que dormía placidamente.
—¡No lo sabía! —Casi le estampa el cuaderno en las narices de lo cerca que se lo enseñó—. ¡No sabía si él iba a ser igual que su padre o no!
Cam se apartó y se dio la vuelta para no verla llorar. No podía pensar con claridad y las palabras se mezclaban en su cerebro como en una sopa de letras. Había matado a su propio hijo para evitar que hubiera un asesino como David en el futuro,… ¡Pero esa no parecía una elección lógica! Tenía que haber tenido otras salidas…
—¡Guardias, abrid la puerta!
Las rejas se abrieron inmediatamente e inmediatamente se volvieron a cerrar. Cam se volvió un momento para decirle que volvería por la tarde y después la dejó ahí, acurrucada en la cama del pequeño cubículo abrazando el dibujo de su hijo, mientras lloraba.


—Capítulo 2—
—Jonatan, ¿tienes un segundo?
—¿Se trata del caso Mary Lou? —Contestó la voz de un hombre en la otra línea del móvil—. Para eso tengo algo más que un segundo… Tengo dos segundos.
—Perfecto, eso es todo lo que necesito… —Cam le daba vueltas a su café con nerviosismo, frente a una carpeta llena de papeles, fotografías e informes sobre el caso.
La mesa estaba apartada de las demás, protegida de miradas indiscretas, pero él podía vigilar todo el café desde su posición si se lo proponía. Hacía tres horas que había abandonado la prisión y aún seguía dándole vueltas a su discusión con Mary Lou. Ella quería morir y estaba en su derecho. Entonces, ¿por qué él se inmiscuía?
—Antes de empezar —Jonatan lo sacó de sus pensamientos—: ¿has comido algo?
—Ehmmm… Sí, medio sandwich vegetal de pollo y mayonesa y una manzana.
—Bien, porque no quiero que te dé un telele. Te estás tomando demasiado en serio este caso, muchacho, pero dime: ¿qué quieres investigar?
Cam dejó de darle vueltas al café, volcando toda su atención en su compañero.
—¿A qué se dedicaba Mary Lou cuando vivía con David?
Se oyó el tecleo al otro lado de la línea.
—Mmm… David era contable…
—Eso ya lo sé, lo pone en el informe.
—Déjame acabar, listillo… La mujer, era artista —Cam resopló; debía habérselo imaginado—. Según un artículo de periódico iba a abrir una galería, pero al salir a la luz los asesinatos nunca se llegaron a ver ninguna de sus obras.
—¿Y qué me puedes contar del asesinato de su hijo?
Se hizo el silencio.
—Como ya sabes, Mary confesó el crimen en los interrogatorios de hace dieciséis años, pero nunca se encontró ningún cadáver —casi podía ver a Jonatan frunciendo el ceño—. ¿Por qué?
—¿Cuándo nació su hijo? —Cam ignoró su pregunta.
Tecleo.
—En el 96. El 26 de abril para ser exactos.
La mente de Cam trabajaba tan rápido como el ordenador de su compañero.
—Busca a niños que se dieron en adopción ese año en Jacksonville o en las ciudades cercanas.
Tecleo y un murmullo incomprensible por parte de Jonatan.
—Hay cinco chavales: William Edison, Thomas Müller, Phil Dawney, Ewan Ford y…
—Mándame sus fotos.
—Estoy en ello.
Mientras esperaba, la atractiva camarera que lo había atendido antes le trajo la cuenta. Cam le dio el dinero y la propina sin prestarle demasiada atención, y la chica se marchó refunfuñando.
—Ya está, muchacho. Dime, ¿en qué demonios estás pensando?
—Estoy a punto de obtener la prueba definitiva que evitará la muerte de una inocente.



—Capítulo 3—
Cuando Cameron volvió, Mary Lou estaba sentada en la cama dibujando flores en una lámina nueva, como si no estuviera en el mundo real.
—Por un momento pensé que no volverías, Cam —dijo levantando la vista del papel.
Cam sonrió de medio lado y agachó la cabeza.
—Yo siempre cumplo mi palabra, aunque en realidad soy de esas personas que en vez de prometer la Luna, la consiguen —Mary Lou le devolvió la sonrisa y el joven decidió que ese era el mejor momento para compartir lo que había descubierto—: He encontrado a tu hijo.
El rostro de Mary Lou palideció de pronto.
—¿Qué?
—Se llama Edward Lovewood y vive en Orlando, a apenas 2 horas y media de aquí. Es un chico fantástico, Mary Lou —Se acercó a ella para cogerle las manos, pero ella lo rechazó, apretando los puños a los costados y mirándolo con furia a los ojos. Sin embargo, Cam continuó hablando—: Es un genio del violín y está estudiando en un conservatorio, tocando con los mejores músicos de América,… ¡Puede que del mundo entero! Mis compañeros están viajado esta misma tarde para hablar con él. Si logramos aplazar la ejecución para tomar testimonio de que está vivo, de que tú eres inocente de su presunta muerte, quizás logremos que...
—¡NOOO! —Gritó la mujer, tapándose los oídos con las manos y estirándose del pelo—. ¡NOOOOOOO! ¡¿QUÉ HAS HECHO?! —Comenzó a llorar más fuerte que por la mañana y lo agarró de la camisa con violencia, zarandeándolo—. Él no debe enterarse de la verdad, Cameron,… Nunca.
Cameron palideció.
—Pero… Pero él está vivo… Lo diste en adopción para salvarlo…
—¡Él-está-muerto!
—No, yo le he encontrado. Tengo los registros en el móvil, tengo su foto… ¡Tú lo sabes! Lo dibujaste en tu cuaderno… ¡Es él!
Mary Lou lo soltó, mirándolo consternada.
—¿Es que no lo entiendes, verdad? Lo dí, lo maté… Es lo mismo —Bajó la voz, arrastrando las palabras—. Le he dado una vida que no podría tener si supiera la verdad, si supiera quiénes son sus verdaderos padres… ¿Por qué no me puedes dejar morir sabiendo que mi hijo vive feliz ajeno a…
—¿Ajeno a la verdad? —Le interrumpió Cam, bajando también la voz—. Es injusto. Injusto para él y también para ti misma, porque morirás…
—Hoy daré la vida por él —su voz era firme como un muro— y por lo tanto no moriré en vano. Llama a tus compañeros, Cam, es lo único que te pido. Por favor, llámalos y diles que se retiren si no es ya demasiado tarde. Edward… Mi hijo —le tembló la voz—, está ahí fuera, viviendo una vida fantástica y repleta de oportunidades, una vida que es solo suya. No es una injusticia ocultarle la verdad, al revés, si se la revelases le arruinarías la vida. Por favor, Cameron…
Cam resopló, sin saber qué hacer. Si Jonatan llegaba hasta el chico y le revelaba la verdad, se salvaría la vida de una inocente… Pero Mary Lou también tenía razón: en la ignorancia era el chaval quien se salvaba de la tragedia, del dolor. La muerte de su padre y de su madre cuando los viera de titular en las noticias y en los periódicos no significarían nada para él, excepto que dos asesinos habían abandonado para siempre la faz de la tierra y que, por lo tanto, nunca más crearían dolor.
La mujer lo miró, con una mirada que lo decía todo. El investigador notó el sudor bajándole por la espalda, frío, y el corazón acelerándose. Llevó una mano al móvil, indeciso.
—Por favor…
Ya se oían los pasos de los guardias atravesando el corredor hacia ellos; sus voces roncas le parecían lejanas. Oía la sangre bombeando en sus oídos. Tam, tam, tam, tam… Los dedos indecisos aferraban su móvil, titubeando entre sacarlo o no del bolsillo de los vaqueros. Tam, tam…
—¡Abrid la celda 2203! —Gritó uno de ellos, pero Mary Lou y Cam parecían estar encerrados dentro de una burbuja.
—Por favor…


—Epílogo—
Habían transcurrido semanas desde la muerte de David y Mary Lou Robinson, y Cameron Law había esperado con ansia que llegase esa noche.
El Auditorio Municipal de Orlando estaba a rebosar, y una orquestra interpretaba canciones sobre el escenario, una tras otra, haciendo que el tiempo se detuviera gracias a la música.
El director, que dirigía en el centro, de espaldas al público, detuvo la batuta con un movimiento brusco y la música cayó de repente. Una oleada de aplausos y vítores se alzó desde el público, y el hombre se dio la vuelta para hacer una reverencia de agradecimiento; a Cam le empezaban a doler las manos de tanto aplaudir. Entonces el director se giró de nuevo, le hizo un gesto a uno de los violinistas de su izquierda y lo llamó a que abandonase a sus compañeros, colocándolo detrás de él, como si supiera que no necesitaba su ayuda para la siguiente canción. Un murmullo recorrió el público. El violinista era jovencísimo, con el pelo rubio y los ojos verduscos iguales que los de su madre. El director alzó los brazos, la batuta en la derecha, y esperó a que se hiciera el silencio. Dio dos golpes en el aire y al tercero la música nació de nuevo.
Comenzaron a tocar el piano y las dos guitarras eléctricas a la vez. El violinista colocó su instrumento bajo su barbilla y, a los pocos segundos, empezó a pinzar las cuerdas con los dedos, entornando los párpados, concentrándose en los acordes.
Cam se inclinó hacia delante en el asiento, sorprendido al descubrir el principio de la canción de Dream On de Aerosmith, que tantas veces había escuchado.
El violinista paró pero la música a su alrededor siguió subiendo, sumándose unos instrumentos a otros. Todos esperaban a oír la voz de Steven Tyler entonando el primer verso, pero justo en ese momento Edward Lovewood colocó el arco sobre las cuerdas de su violín y lo deslizó con soltura sobre ellas, convirtiéndose en el vocalista de la canción. Rasgaba hacia delante y hacia atrás, convirtiendo las notas en palabras, dejándose llevar, hechizando al público. La digitación era perfecta y al llegar al estribillo en vez de tocar el violín parecía que estaba invocando al diablo, con notas claras pero frenéticas, más rápidas de lo que cualquiera pudiera bailar o cantar nunca.
Cam notó cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, sin poder aguantarlas más.
Había oído la canción un millón de veces, y estaba seguro de que aunque la oyera un millón de veces más, no le produciría el mismo efecto; era una melodía desgarradora, y sonrió y lloró mientras la oía.
Sus pensamientos viajaron al día de la ejecución, como si hubieran sido atraídos por la música…
Su compañero Jonatan había contestado al primer timbrazo del móvil. Estaba a punto de hablar con el chico, pero Cam logró persuadirlo para que no lo hiciera, mientras veía cómo los guardias que habían entrado en la celda le ponían las esposas a Mary Lou. Luego había colgado y le había hecho un gesto a la mujer, que le había sonreído, agradecida, con lágrimas en los ojos.
Todas las almas reunidas en ese auditorio parecían aguantar la respiración mientras el violinista deslizaba el arco sobre su instrumento como sumido en un trance. Sonaba hermoso. Apasionado.
Esa canción desataba dolor y le recordaba a Cam todos los detalles de ese día. Puede que no fuera tan malo, pensó, y que quizás llegase a ser un gran día en su vida, pero ese pensamiento no era lo suficientemente poderoso para apagar la pena.  Sin embargo, allá, en el borde del escenario, Edward parecía compartir con él su sufrimiento, a su manera, ajeno completamente a él aunque la verdad los uniera.
La música de su violín despertaba en Cam recuerdos como el cabello de Mary Lou cayendo como una cascada de hilos dorados hasta el suelo mientras le rapaban la cabeza. Sintió como si se ahogara a medida que el arco se arqueaba sobre las cuerdas en un frenesí de notas, incansable, mientras recordaba los pasos de la mujer por el corredor de la muerte, decididos, con la cabeza rapada bien alta, esperando la muerte.
Se habían cruzado con David, y al pasar a su lado Cam no había podido resistirse y se había acercado a él y le había susurrado al oído que su hijo seguía vivo, que había perdido. David había gritado, pero la verdad moriría con él y, minutos más tarde, con su mujer.
Edward crispó los dedos en el momento cumbre de la actuación y descargó el arco con todas sus fuerzas, rompiendo los corazones de centenas de personas al mismo tiempo. Cam parpadeó y nuevas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Después, la música continuó.
Mary Lou había pedido que él estuviera presente en la ejecución, que fuera su rostro el último que viera, y él había accedido. Al otro lado de un cristal, junto con un grupo de personas que servían de testigos, vio cómo le ataban las muñecas y los tobillos con correas a la silla, cómo le ajustaban los brazos y la cabeza para que no se moviera.
La canción llegaba a su fin, más viva que nunca…
Una única lágrima había resbalado por la comisura de sus ojos al ver la sonrisa que la mujer mantenía en sus finos labios y, segundos después, el verdugo le puso una bolsa de tela sobre la cabeza y accionó la palanca. Se oyó el chisporroteo de la electricidad y el cuerpo se movió espasmódicamente durante unos segundos. La muerte fue instantánea.
El violín se sumió en un decrecendo, al son de la orquestra, y la música murió. El joven violinista abrió los ojos, separó la barbilla del instrumento y lo bajó, escrutando a su público. Todos estaban tan conmocionados que nadie se atrevía a hacer nada. Cam vio la mueca de liberación de su rostro, el pecho subiendo y bajando con su respiración acelerada, cómo entreabría los labios por la falta de aliento y cómo se le pegaba la camisa blanca al cuerpo por el sudor. Se levantó, haciéndose ver, y comenzó a aplaudir, sin dejar de llorar. Se le sumió otro aplauso, y luego otro y otro más. El auditorio entero acabó alabando su fortaleza, la locura y al mismo tiempo la cordura con la que había interpretado esa canción.
Edward sonrió con humildad, sonrojado, e hizo una torpe reverencia. El director le dio unas palmadas en la espalda cuando volvió a su sitio, felicitándolo.
Cam fue de los últimos en dejar de aplaudir y se dejó caer sobre su asiento, con la conciencia tranquila.



Este es uno de los relatos que presenté en el concurso de literatura del curso 2013-14. Espero que os haya gustado y que disfrutéis tanto como yo de la magnífica versión de Dream On que os dejo en la siguiente entrada.




2 comentarios:

  1. ¡Genial!
    ¡Menuda evolución respecto al otro! Me gusta leerte porque mientras lo hago a mi mente vienen ecos de cosas que ya he vivido, por ejemplo en la cárcel he pensado en "La milla verde".
    La verdad es que no quería decirte nada así, pero creo que eres muy buena escribiendo, y por ello intentaré darte la mejor de las opiniones:
    -Aunque el tema no estaba nada mal, se ha resuelto la trama demasiado rápido, el giro es bueno, pero la forma en que gira, es demasiado simple.
    -El protagonista vive siempre una doble moralidad, y eso me gusta, pero no debería haber cedido de forma tan sencilla.
    Por lo demás, fantástica representación del concierto, y me da mucha envidia lo avispada que es tu mente.
    ¡Espero leer muchos más así!
    Un abrazo :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola de nuevo! ;)
      Sí, se nota la evolución de un curso para otro, y eso que aún me falta por colgar en el blog el otro relato que presenté ese año. No me había dado cuenta de la similitud que tiene con "La milla verde"... Me la tendré que ver de nuevo, porque ya casi no me acuerdo de ella excepto de algunas escenas (aunque sí que recuerdo que la interpretación de Tom y de Michael eran impecables)
      Agradezco de corazón que te guste mi escritura, pero de verdad creo que me queda mucho por aprender, y mucho por mejorar.
      El problema de que la trama se resolviera demasiado rápido y que la historia girase de forma tan simple fue que para el concurso se debe entregar menos de 15 páginas, a letra 12 Arial con doble espaciado entre las líneas, así que no pude añadirle más complejidad a los personajes, ni extender más los capítulos... Una pena; si por mí hubiera sido, habría escrito una novela jajaja
      Para la representación del concierto... Lo único que hice fue escuchar una y otra y otra vez la canción de Aerosmith, de ahí que te parezca fantástica, de modo que el mérito es básicamente de ellos.
      Espero que los próximos relatos también te gusten ;)
      ¡Nos leemos!

      Eliminar