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Capítulo 11: La huída





Capítulo 11
La huída

Ha pasado una semana desde mi llegada al Otro Lado.
Como os podéis imaginar, echo muchísimo de menos a mi familia y a mis amigos. Echo de menos la manía de mis padres de quedarse encerrados horas y horas escribiendo sus libros en su despacho y después salir con cara de no pertenecer realmente a este mundo. Echo de menos hacer las comidas con Noa, asustarnos de que se nos queme la sartén e improvisar sobre la marcha con lo poco que hay en el frigorífico. Echo de menos salir por las tardes con Mayrah, ir a The Cavern para escuchar tanto grupos nuevos como antiguos y luego dar una vuelta por el pueblo, partiéndonos de risa cada dos pasos hasta que nos doblamos por la mitad y las rodillas dejan de sostenernos. Echo realmente de menos surfear con Eithan y quejarme de que apenas lo veo por su trabajo como modelo. ¡Hasta echo de menos a la pu…ñetera de Burilda!
Creo que lloro en sueños, cuando duermo, y lo peor es que al despertarme, una y otra vez me encuentro encerrada en el mismo mundo horrible.
Me ha costado adaptarme, lo admito, pero creo que la razón ha sido básicamente que no me apetecía hacerlo. No quiero habituarme a vivir en este lugar porque no quiero quedarme, sino volver a mi casa. Pero claro, para ello debo empezar a jugar bien mis cartas.
Con Ada apenas he vuelto a hablar. Suele salir de rastreo con el grupo, incluido su hijo, al que suelo ver por las noches en mis paseos nocturnos por el complejo. Sí, como habéis podido ver en el horario, ya sé que está prohibido salir de las habitaciones a partir de las once, pero no puedo evitarlo; me siento encerrada. Y como Max es el único de los que sale al exterior con el que hablo, aprovecho para sonsacarle toda la información sobre ese mundo de la superficie. ¿Qué seres hay? ¿Cuál es su origen? ¿También existen criaturas como las del mundo del que provengo? ¿Por qué nos escondemos bajo tierra? ¿Cuál es la misión del grupo al que pertenece Athan? ¿A dónde llevan a los que cazan?
Cientos de preguntas que Max responde como le viene en gana dependiendo de la naturaleza de éstas.
A veces contesta vagamente, utilizando un par de monosílabos y haciéndome entender que no le apetece dar más explicaciones, y en cambio otras veces parece dedicarme toda una tesis doctoral, en especial cuando me describe a las criaturas a las que se tiene que enfrentar ahí fuera.

Max
22-06-15
Aún recuerdo la respuesta más corta y fría que me ha dedicado desde que empezamos a hablar:
Los ojos marrón oscuro de Max se ensombrecieron y cesó de golpe cualquier movimiento.
—¿Cuál es el plan de Ada sobre Athan? —había preguntado yo, señalando el interior de la celda, en la que siempre estaba tendido el preso, como si se pasase la vida durmiendo.
—Eso no es asunto tuyo.
Yo me quedé helada ante la contundente respuesta y retiré la vista, dándole vueltas a la cabeza sobre lo que podía significar.
Estuvimos en silencio lo que me pareció una eternidad, y fue él quién decidió romperlo con una de sus habituales preguntas filosóficas:
—¿Qué sabe mejor: el chocolate o la vainilla?
Sin duda alguna Max me recordaba terriblemente a L, tan excéntrico, tan en su mundo, tan… Con una mirada tan atenta y profunda que parecía guardar en sus pupilas todas las preguntas y respuestas del universo.
Pero sobre todo esta semana he ido conociendo las tareas que se me han asignado, y sobre todo he pasado el tiempo con Ángela y el grupo de mi primer desayuno.
El taller (Garage, en el mapa y en el horario) es un lugar casi tan grande como la sala común, en la que una veintena de personas repartidas en una serie de mesas perfectamente colocadas se dedican a reparar, construir o transformar toda clase de objetos para después darles una utilidad. Pueden ser desde sillas, camas, lámparas y cucharas, hasta las armas que deben estar siempre a punto para los que salen al exterior.
El que está al mando del taller es el hombre manco que se sienta a la Mesa de los Trece durante la cena, de unos treinta años de edad y una poblada barba oscura que le cubre la mitad de la cara. Se llama David y, aunque le falta la mano izquierda, trabaja más rápido que tres trabajadores juntos que puedan utilizar sus dos manos.
Siguiendo con la descripción de las tareas… El trabajo en las cocinas consiste, básicamente, en cocinar.
Como somos alrededor de 60 personas a las que hay que alimentar, se hacen grupos de cinco para cada turno y se dividen las tareas, de modo que una persona se encarga del primero, poniendo en el fuego 3 ollas destinadas a dar de comer cada una de ellas a 20 personas; otra persona se encarga del segundo, poniendo en el fuego de nuevo otras 3 ollas; una tercera persona hace de pinche de la primera, una cuarta persona hace de pinche de la segunda y finalmente la quinta ayuda a las otras dos y, mientras, va limpiando.
Al final de las comidas, las cinco personas se encargan de limpiar los platos; por eso, tras haber llenado nuestros estómagos, los que hemos tenido turno de cocina después tenemos “hora vacía” que debemos utilizar para limpiar.
No hay chef de cocina propiamente dicho, aunque sí se mantiene un horario de comidas para mantener una dieta más o menos equilibrada. Por el contrario, sí existe un panadero que hace todos los días pan en un enorme horno excavado en una de las paredes. El panadero es un hombre grande, moreno y con bigote llamado François, aunque sigo sin saber a quién me recordó cuando lo vi por primera vez.
En las horas de biblioteca (Library) se deben clasificar los libros que han sido reunidos de los saqueos de las casas y ordenar los que ya están clasificados.
Me quedé con la boca abierta cuando entré en esa habitación, siguiendo a Ciaran, y vi las altísimas filas de estanterías y estanterías que albergaban en su interior tesoros muchos más preciados que la plata y el oro; nada más abrir la puerta, ese olor que es una mezcla de papel, madera y una pizca de polvo me trasladó directamente a la biblioteca de mi casa, consiguiendo que mi mente crispada se relajase unos instantes.
—¡Vamos, novata! —me azuzó el pelirrojo.
Mis pasos cruzaron tambaleantes la estancia. Tenía la misma sensación de haberme encontrado con un hombrecillo verde en Marte… ¡Qué digo! Después de lo que había visto, me habría sorprendido menos toparme con un extraterrestre que con una biblioteca. Tanto orden, limpieza y cariño puesta en la colocación de cada tomo en los estantes…
«La civilización dentro de un mundo salvaje».
Ese amor y respeto que parecía procesar Ada por los libros significó una pequeña grieta en mis defensas.
Mis dedos temblaron al pasarlos por la primera balda que quedó a mi alcance, y me percaté de que la mayoría de las obras tenían los títulos escritos en espejo. Alcancé una que me llamó la atención y la abrí por la mitad, comprobando que el interior también poseía el texto escrito al revés.
—Los libros escritos por autores del otro lado tienen los caracteres mirando a ese lado —me explicó mi acompañante, susurrando según las normas establecidas del lugar—, mientras que aquellos que se escriben aquí tienen el interior perfectamente legible para nosotros.
—¿Quiénes son los escritores de éste mundo? ¿Dónde publican?... ¿Y quién los respalda?
Sí, solían agolparse demasiadas preguntas en mi lengua, pero todo aquello era tan distinto…
Sin embargo, Ciaran se encogió de hombros:
—Están en otros niveles.
¡Seguían sin explicarme a qué se referían con esos niveles!
No tuve oportunidad de formular mi siguiente pregunta, pues el chico tomó sitio tras una alargada mesa y extendió un brazo en mi dirección para que le tendiera el libro que había cogido. Cuando lo tuvo entre las manos, sosteniéndolo de medio lado con una, mientras que con la otra situaba un espejo, se dispuso a leer en el reflejo.
El libro que había elegido era el que acababan de publicar mis padres: Melodías Lunares.

















La parte mala es que mientras se realiza la tarea de “Biblioteca”, no puedes abrir un solo libro para leer —aunque en el resto de horas libres está abierta al ávido lector siempre que éste la requiera—. Además, siempre debe de haber una persona que haga la función de bibliotecario. Suelen ser aquellos que llevan más tiempo en el recinto y se conocen mejor los recovecos de la librería, pero también puede estar un ayudante, cuya misión es orientar al lector y apuntar los libros prestados para que no se pierdan.
El encargado de biblioteca es el hombre que se sitúa en el extremo derecho de la Mesa de los Trece durante la cena, calvo y con una nariz enorme que cuando se incorpora a hojear un libro, le cuelga irremediablemente de la cara y le imposibilita parcialmente la visión —aunque no lo creáis, estoy siendo benévola con la descripción…
“Limpiar los baños” (Clean the toilets) creo que no hace falta explicarlo; se sobreentiende con el nombre.
La misión en el almacén (Warehouse) es similar a la de la librería, y se basa en hacer inventario, ordenar y limpiar los objetos almacenados, de modo que al final de la jornada un minucioso informe sobre el inventario es entregado a Ada. Dicho informe tiene en cuenta los alimentos utilizados en las comidas y aquellos objetos en mal estado que hay que sustituir, sea cual sea la hora que se realiza la tarea. Por ejemplo, los martes, que tengo “Almacén” de 11 a 14 horas, debo apuntar todos los objetos que hay en ese lugar descontando los que se utilizarán en la comida —que están cocinando 5 personas en las cocinas simultáneamente—, y la cena, que será más adelante cocinada.
De momento el trabajo que más me desagrada y gusta en partes iguales es “Buscar bichos” (Look for creepy-crawly) liderada por Randall, el hombre de piel oscura un poco jorobado. Esta tarea hace surgir inevitablemente mi vena de bióloga, y con cada bicho que encontramos en los túneles me apetece estudiarlo con más profundidad y escribir una novela sobre todas sus características, lo cual me lleva a la tarea de los viernes: “Laboratorio” (Lab), en los dominios de Zoon, con el que me siento cada día que pasa más a gusto —no sé qué me ocurre, que me entiendo mejor con los personajes más raritos que con los normales—. Y es que Zoon, como habéis podido comprobar en el poco tiempo que lo conocemos, está loco de remate, pero al fin y al cabo es una locura agradable y tierna.
La “Excavación de nuevos túneles” (Digging new passages) es lo más duro —los túneles por excavar son aquellos que aparecen en el mapa señalados con una cruz—, estando al mismo nivel que la tarea de “Aseguración de túneles” (Secure the passages), “Goteras” (Leaks) y la tarea de “Niños” (Children), que se trata de dar clases a aquellos que tienen entre 4 y 13 años.
De esta última tarea suelen encargarse cinco personas por sesión, al igual que en las cocinas, y hay tres profesores fijos para cada día: Mia, Ciaran y otro hombre llamado Román que aún no he tenido la oportunidad de conocer. Mia da las clases de 9 a 11 horas todos los días. A las once, los niños tienen recreo hasta las doce. Luego las dos siguientes horas las imparte Román hasta la comida. Por último, es Ciaran el que se encarga de ellos desde las tres hasta las cinco; a partir de esa hora los niños tienen la tarde libre. A cada uno de ellos les ayudan las 4 personas restantes de las 5 que hay por sesión.
Las clases suelen darse en un apartado de la biblioteca de manera que los niños tienen acceso siempre que lo necesitan a los libros.
Para terminar, la guardia (Guard) es la tarea más aburrida, y lo que en el horario está marcado como “Ducha” (Shower) no es una tarea en sí, sino la hora a la que me puedo duchar; en efecto, Ciaran y Ángela no exageraban sobre que hay horarios para todo. Para más inri, esa sesión de ducha debo tomarla a la vez que otra persona de mi mismo sexo, en la misma ducha, y la mujer que me ha asignado Ada es Lana, la chica súper maquillada que también es rastreadora.
Nunca me ha importado que me viera desnuda una mujer —ya sucede cuando nos duchamos en las piscinas públicas del pueblo, y no es la primera vez que me ducho con Mayrah para ahorrar tiempo cuando nos vamos de campamentos.
Por lo que me ha contado Ángela —a la que tampoco le cae bien mi compi de ducha—, Lana es temperamental, estratega y mandona, y hasta ahora no tenía compañera de ducha porque le gusta ir a su aire. Estas tres primeras duchas con Lana han sido un poco tensas, pero como tanto ella como yo no nos hemos dirigido la palabra mientras nos lavábamos excepto para decirnos gracias cuando nos pasábamos la pastilla de jabón, no se me hizo tan mal trago.
¿Por qué debemos compartir ducha?, os estaréis preguntando.
Taylor me lo explicó con esa voz sosegada, clara y tranquila que utiliza con sus alumnos:
—Solo hay tres baños en el complejo subterráneo, y únicamente dos de ellos tienen duchas. Las duchas del baño noroeste —señaló en el mapa el cuadradito dibujado con una T en el centro que se encuentra en el extremo de un túnel que da a 9 habitaciones, cerca de la librería— están destinadas para las mujeres. Hay dos duchas. El baño sur —señaló el cuadradito con otra T en el centro que se sitúa en el extremo del pasillo que desemboca a la Sala de los Silencios— también contiene otras dos duchas y está destinada a los hombres. Somos alrededor de 30 hombres y 30 mujeres. Por parejas nos quedaríamos en 15 de cada sexo. Cada uno debe ducharse tres veces por semana como máximo. Mira, el esquema quedaría así:




—…De esta forma, las duchas solo se utilizan esas tres horas. La hora de la mañana es para aquellos que tienen el desayuno a las 9 y no a las 8, pues como bien sabes, el desayuno, la comida y la cena tienen dos sesiones para que no haya mucha congregación en la Sala Común, aunque cuando Ada convoca una reunión general, debemos acudir todos.
Me apunté mentalmente todas esas directrices, dándome cuenta de que Ada, en general, mantiene unas normas muy estrictas que parecen cumplirse un 100% de las veces.
También me llama la atención de que ella haga particularmente todos los horarios y guarde personalmente una copia de cada uno de los individuales. ¿Cómo consigue cuadrar 60 horarios distintos? Sin tener en cuenta los imprevistos, claro… Y aún así, siempre logra tenerlo todo bajo un perfecto control.
Bueno, o casi siempre.
Había pasado una semana y poco más desde mi llegada al Otro Lado, por lo que estamos a 26 de diciembre; estas son las peores Navidades de mi vida, supongo que tanto para mí como para mis seres queridos.
Vuelve a ser viernes, así que hoy me toca “Limpiar los baños” de 11 a 13h, “Niños” de 15 a 17h con Ciaran como profesor, “Taller” de 19 a 21h, y una hora antes de cenar, ducharme. 
No me cuesta levantarme a la hora y por suerte Ángela ha dejado de irrumpir en mi habitación para llevarme a los sitios, ya que empiezo a orientarme, pero sí me cuesta mantenerme tanto tiempo bajo tierra, y eso que hay determinadas salas que se iluminan con luz natural y otras que contienen pozos a las que se les ha unido toda una red de ventilación que pasa por todo el complejo para que nunca falte aire —en el mapa, los pozos están marcados con circulitos, pero no se muestra la red de ventilación—.
Tengo en mis manos un plato con gachas y carne reseca, igual que durante el desayuno del viernes anterior; también me lo han servido el mismo hombre y la misma mujer que aquella vez. Me dirijo directamente al grupo de Taylor, Ángela, Zoon y Ciaran; Mia aún no ha llegado.
—…he oído que en el último de los rastreos encontraron cuatro de estos libros que Ada no deja incluir en la librería —estaba diciendo justo en ese momento Ciaran, con tono cómplice, mientras le alcanzaba un objeto a Zoon procurando que nadie de los grupos circundantes se diera cuenta.
Zoon se rió entre dientes, siseando.
—¿Y quién te lo ha dado?
—¿Qué más da? —Taylor puso los ojos en blanco, separando la cuchara de los labios—. A Ada no le gusta que los leamos, así que no deberíamos hacerlo.
Me metí “sutilmente” en la conversación:
—¿Qué clase de libros son esos para estar prohibidos?
Mi vista se fijó en lo que Zoon tenía entre las manos, pero el hombre-lagarto lo sostenía de tal forma que era prácticamente imposible apercibir ningún detalle.
Ciaran se ruborizó y fijó su atención en su comida, cediendo a sus compañeros el honor de explicarme lo que al parecer le ponía tan nervioso.
Como era habitual, Ángela salió en defensa de la Jefa.
—No están prohibidos. A Ada le da lo mismo si los lees o no (al final, es elección tuya) pero siempre ha mantenido públicamente su desacuerdo sobre su posesión y lectura.
Alcé las cejas, todavía más intrigada, y al final fue la propia Taylor la que se atrevió a contestar a mi pregunta.
—Aquí los llamamos Libros de Placer —le hizo una seña a Zoon para que me pasase el supuesto libro—. Suelen contener fotografías y textos que se podrían considerar “indecentes”. En realidad no hacen daño a nadie, pero por lo general se consideran de mal gusto. Además, tenemos cosas mejores que hacer que perder el tiempo en eso.
Me sorprendió descubrir que no era un libro de verdad, sino una revista de Play-Boy con todos los caracteres en espejo, por lo que supuse que provenía del Otro Lado; estaba en blanco y negro y Marilyn Monroe sonreía desde la portada.
Solté una carcajada.
—¿Estos son los “libros” con los que trapicheáis?
Se lo devolví de nuevo a Zoon.
Ciaran se puso aún más rojo, tragando su desayuno a duras penas, mientras que Zoon actuó con naturalidad y se encogió de hombros.
—De alguna forma hay que divertirsssse estando tanto tiempo bajo tierra, ¿no crees?
—¡Hum! Si por mí no hay ningún problema —me apresuré a explicarme, no fuera a ser que me malentendiera—. Más bien me pasa como a Ada: a mí no me gustan, pero como tampoco son perjudiciales para los demás, no me importa que a otros les gusten. Eso sí… ¿también conseguís Play-Girl?
Ciaran se atragantó con el desayuno y el resto se sumió en relajadas carcajadas, a excepción de Ángela, que se puso de morros, desaprobatoria.
Desgraciadamente el buen humor duró poco.
—¡EL PRISIONERO SE HA ESCAPADO!
Al principio el shock fue tal que no entendíamos muy bien qué estaba sucediendo. ¿Qué estaba gritando el hombre que acababa de aparecer? Pasados unos minutos cundió el pánico.
Fuck!
Intenté mantener la calma, pero un sudor frío recorrió mi espalda y el miedo atenazó mis músculos. ¿Cómo había logrado huir Athan? Noté sentimientos encontrados aflorar en mi pecho; terror, ira, sorpresa y hasta una pizca de alegría. Luego me obligué a mí misma a mantener la cabeza fría.
A los pocos segundos del aviso apareció Ada en escena.
—¡Excepto los rastreadores, idos todos a vuestros respectivos cuartos y cerrad con llave! ¡No abráis bajo ningún concepto hasta que lo encontremos! ¡Es extremadamente peligroso! No debemos dejar que salga del recinto… ¡En marcha!
La multitud me arrastró hacia el pasillo oeste en dirección a las habitaciones que están al lado del taller. Sin embargo, tuve un mal presentimiento, como si esa no fuera la opción correcta.
—¡Max! —lo intercepté en el camino; había perdido a mi grupo y no tenía ni idea de a quién más dirigirme—. ¿A dónde se dirigen los rastreadores?
Max pareció dudar entre brindarme o no la información. Llevaba el cabello mojado y la camisa mal puesta, por lo que supuse que lo habían pillado en la ducha o al menos nada más salir de ella cuando habían dado la voz de alarma.
—Nos ha convocado en la entrada —se decidió finalmente—. Nos apostaremos tres, cada uno en la boca de cada túnel que da al vestíbulo, y luego habrá varios en frente de las escaleras, esperando. Dos subirán al exterior por si acaso lograse pasar las barreras y otros dos recorrerán las instalaciones de arriba abajo mientras tanto.
Fruncí el ceño, parándome de golpe casi justo antes de salir del taller. Las personas me empujaban al pasar, pero yo no les prestaba atención. Max reculó para ponerse a mi lado, me agarró del brazo con exasperación y me espetó:
—¡¿Qué se supone que haces, Crystal?!  Tú más que ninguno debes mantenerte en tu habitación, a salvo —tiró de mí para que continuase.
Me desasí del agarre, furiosa.
—¡Pero Ada se equivoca y Eithan se va a escapar!
Me di cuenta demasiado tarde de que había dicho Eithan en vez de Athan, pero Max obvió ese detalle y refunfuñó ante el significado de mis palabras.
—¡Déjate de estupideces y hazme el favor de andar! Con todo lo inteligente que pareces conversando y ahora te niegas a atender una sencilla orden que te puede salvar la vida…
—¡Pues conversemos y déjame explicarte mi punto de vista!
Ahora fui yo el que lo agarré, tras ver cómo suspiraba, resignado, aunque supe que había conseguido picarle la curiosidad, nos metimos en uno de los callejones que están en proceso de excavación, quedando escondidos de las miradas ajenas.
—Tienes un minuto para explicármelo todo.
Se cruzó de brazos, cuadrándose en ademán defensivo, pero no dejé que me intimidase; no estaba ni la mitad de cuadrado que Eithan.
—Si yo fuera Athan —comencé con la explicación apresuradamente—, sabría que vosotros esperaís que voy a ir a la salida. Sin embargo, en un recinto tan grande como éste debe haber más salidas, por si acaso la principal queda en algún momento bloqueada. Así que desde que me capturasteis, aunque me haya pasado todo el tiempo encerrada en los calabozos, me habría dado cuenta de que todo está perfectamente ventilado, de manera que el aire limpio debe de proceder del exterior, ¿no?
Max palideció.
—Los conductos de ventilación…
Había llegado a la misma conclusión que yo.
Asentí.
—Supongo que en estos momentos Athan se encuentra en el pozo más cercano a los calabozos, buscando esa salida alternativa.
Sin añadir nada más, salí decidida del callejón y me dirigí de nuevo al taller.
Shit! Ni siquiera tenemos tiempo para avisar a los demás —se quejó él entre dientes, siguiéndome.
Cruzamos de nuevo el taller y nos internamos en el túnel de la derecha, el que no lleva a ninguna habitación; era tan estrecho que solo cabía un cuerpo por él. Volvimos a pasar la sala común, pasamos la Sala de los Silencios y entramos en los calabozos.
Durante el trayecto no nos habíamos cruzado con nadie; todos debían estar ya resguardados y los rastreadores esperando en el lugar equivocado. En los calabozos, sin embargo, nos encontramos a un hombre que estaba despatarrado en el suelo, cerca de la celda de Athan. Nos acercamos para comprobar si seguía con vida y descubrimos que tenía la cabeza abierta debido a un golpe con un objeto contundente, de forma que el suelo estaba teñido de sangre y de sesos. La brutalidad del ataque me hizo temblar de pies a cabeza y reprimí una arcada. Rápidamente volví la vista y deseé no haber presenciado nunca una imagen semejante.
—Vamos —Max me instó a darme la vuelta y a seguir con nuestro camino. Había sacado una pistola y la sostenía con ambas manos apuntando al suelo, dispuesto a disparar por si nos cruzábamos al ex–preso en cualquier momento.
Por fin llegamos.
Los pozos se encuentran en salas circulares sin ningún tipo de decoración excepto por las lámparas que iluminan el lugar. En el centro, en el techo, se encuentra el pozo en cuestión, de alrededor de un metro y medio o dos metros de diámetro, por el que se filtra el aire, mientras que en el suelo no hay absolutamente nada.
Tenía razón. Allí estaba Athan, reteniendo contra una de las paredes a una Mia que temblaba de miedo y que no conseguía acatar bien las órdenes que él le susurraba al oído.
—He dicho que te mantengas quieta y calladita, mujer —le decía justo en ese momento, cacheándola con sus fuertes manos en busca de más armas; al parecer ya había encontrado un cuchillo, que blandía peligrosamente entre los dedos de la mano derecha.
—No me hagas daño, por favor…
—¡He dicho que te calles! —exclamó entre dientes, subiendo de golpe la mano que en ese momento se perdía por la espalda de la mujer y enredándola en su cabello rubio pajizo para tirar de ella hacia atrás.
Mia ahogó un gemido de dolor y noté cómo Max se tensaba a mi lado. Lo siguiente fue inevitable:
—¡Suéltala! —bramó el joven, apuntándolo con el arma.
Athan movió rápidamente a la mujer, como si se tratase de una muñeca de trapo, y la colocó delante de él como escudo mientras apuntaba su cuello con el cuchillo.
—Baja la pistola, monigote, o le rebano la garganta como si fuera mantequilla.
Mia continuó sollozando, repitiendo el nombre de Max una y otra vez, al mismo tiempo que decía que no quería morir, que le amaba y que no quería morir. Sin embargo Max no bajó la pistola, manteniendo a duras penas la cabeza fría; debía de estar aterrado de que le pudiera pasar algo a ella.
—¡Eso no va a hacer falta! —intervine; no estaba armada, pero confiaba en que Max me cubriera y en dar un buen uso de mis propias palabras.
Nunca había entendido el por qué se paran los malos y buenos a hablar en la batalla final. ¿No se tienen que matar? Pero si el malo es tan estúpido como para caer en la conversación, se puede intentar hacer tiempo hasta que ocurra algún despiste.
—Ah, pero si eres tú, la novia de mi Alter Ego… ¿Qué tal por el mundo real?
Me dedicó una sonrisa torcida.
Chasqueé la lengua.
—Éste no es el mundo real, sino una distorsión de él —respondí tranquilamente, y le envié una mirada a Max para indicarle mi plan.
Max me devolvió la mirada.
—Ambos mundos son reales, me temo —intervino también, siguiéndome el juego—. En ambos se puede vivir y morir.
A Athan le pareció agradar más esa contestación.
—Cierto. Aquí puedo morir yo o puede morir ella… —apretó el filo del cuchillo contra el cuello de Mía, que volvió a sollozar con más intensidad—. Pero lo mejor sería que no muriera ninguno de los dos, ¿no creéis? Así que si me dejáis escapar, ella vivirá y todos felices.
—Pero tú habrás escapado —repliqué.
—Ohhhhh, ¿me vas a echar de menos? —Ladeó la cabeza, como si no se creyera lo que estaba oyendo, y el pelo largo rubio, sucio y enredado le calló sobre ese lado de la cara, rozando la mejilla de Mía con el movimiento—. Siempre te puedes venir conmigo.
La propuesta hizo que se me cerrase el estómago.
—Ni hablar —mi tono de desagrado no fue del todo fingido.
—¿Pero si somos amigos, no? Soy Eithan. —Enarcó una ceja—. Y te conozco.
Empezaba a hartarme.
—¡Déjate de mentiras! —di un paso hacia él y, como respuesta, él apretó a Mía más contra su cuerpo, tirándole del cabello.
—¡Claro que sí! —exclamó, como ofendido—. Solo que la primera vez que te vi no te reconocí con las prisas. Sé cómo piensas, algunas escenas de nuestra vida juntos en el Otro Lado… Solo que en vez de vivirlas yo, las vivía mi Alter Ego.
Ante sus últimas palabras Max se mostraba tan desconcertado como yo; Athan volvía a tener el mando de la situación y eso no pintaba bien.
¿Sería posible que supiera mi relación con Eithan únicamente por ser su Alter Ego?
—Tus colores favoritos son el amarillo y el azul, por ejemplo. —Replicó—. Te gusta ver películas y series con tu hermana Noa, y con tu mejor amiga Mayrah os hacéis llamar parabatais por un libro que leísteis. Dibujas. Escribes. Te dan miedo las elecciones y tu futuro académico porque no crees ser lo suficientemente buena para la carrera que quieres estudiar; temes que no te llegue la nota. Te gusta la filosofía y las matemáticas, y eres ágil y astuta conversando… Vente conmigo. por ella.
—¡Sabes todas esas cosas porque nos has estado escuchando a Max y a mí cuando hablábamos! —se me encendió una lucecita en el cerebro de repente—. ¡No es cierto que sepas quién soy por tu Alter Ego! ¡Es por eso!
Athan separó los brazos de alrededor de Mía para elevarlos en un gesto de resignación mientras nos mostraba una sonrisa.
—¡Vaya! Qué aguda e…
Los disparos retumbaron por toda la sala.
Athan soltó un alarido de furia y dolor cuando el disparo le dio de lleno de la mano, arrancándole el cuchillo y, de paso, las falanges distales y medias de los dedos meñique y anular de la mano derecha. Entonces Mia pareció recuperar la cabeza fría —o quizás fue simplemente el instinto de supervivencia— y le propinó un codazo en la entrepierna que lo dobló por la mitad. Después la joven echó a correr hacia los brazos de Max. Sin embargo, en cuanto llegó a su lado, Max la apartó de un empujón, enviándomela a mí, para encargarse personalmente de inmovilizar al proscrito; en un abrir y cerrar de ojos se encontraba sobre Athan, agarrándolo de los brazos, haciendo de peso muerto sobre sus piernas y manteniendo una de sus mejillas estampada contra el suelo.
—Si no fuera porque tenemos otros planes para ti, estarías muerto —le amenazó el joven, presionando hacia abajo.
Mia temblaba y se aferraba a mí como si fuera una tabla salvavidas en mitad de un océano. Lloraba de terror y notaba sus lágrimas en mi cuello mientras sus puños arrugaban mi camiseta. Traté de consolarla lo mejor que pude mientras vigilaba con la mirada a los otros dos. La sangre manaba de los dedos de Athan, y no me di cuenta de que desde que Max le había amenazado, se estaba riendo. Su risa llenaba la estancia y parecía el aire que caía del túnel, recorriendo cada resquicio y, ¿quién sabe? colándose por los conductos de ventilación de forma que la oían todos los que nos encontrábamos en las instalaciones subterráneas.
—Qué. Ha. Pasado.
Ada hizo su aparición, más pálida que de costumbre.
No se puede controlar todo.


2 comentarios:

  1. Y...broche de oro en el cierre del capitulo *_* OTRO MÁÁÁÁS!!! 😱😱

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    1. ¡Me alegro de que te guste, Luce! Y esto no ha hecho más que comenzar...

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