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[RE] ENCUENTROS

Encuentros.
Si hace exactamente 365 días escribí sobre Despedidas, hoy reflexionemos de por qué la mayoría de las veces ni siquiera nos acordamos del momento en el que conocemos a nuestros seres queridos más cercanos, a los hermanos pequeños, a los compañeros de preescolar… esas personas que llevan a nuestro lado toda la vida.
Tampoco recordamos cuándo conocemos en el instituto, en la universidad y en el trabajo, ni a los que se nos presentan prácticamente por azar; las presentaciones de amigos de amigos de nuestros amigos, miradas furtivas en el metro o en la parada del bus… Muchos lo llaman tener feeling con una persona, que en inglés quiere decir algo como “atracción”. ¡Ah! Por cierto, no tiene por qué ser atracción sexual. Puede tratarse de simple curiosidad, de que alguna característica de ese desconocido te llama la atención y sientes que sus partículas tiran de tus partículas y viceversa.
…Eso me recuerda que ya no creo en el amor a primera vista.
En fin, otra dimensión de los Encuentros son los Re-encuentros.
Por supuesto, para que éstos sean posibles, primero ha debido haber uno o varios encuentros, luego una despedida —o una no-despedida— y finalmente se daría el re-encuentro en cuestión.
Empecemos por el encuentro, y ya que hemos mencionado el amor, pongamos un ejemplo sobre ese tema:
Es el inicio de curso. El otoño comienza a arrasar los árboles y el frío se va desperezando poco a poco. Curso nuevo, gente nueva. Se dan traslados de institutos… y ahí lo tienes. No el primer día, porque ya estás tan atareada que ni te das cuenta de las novedades de tu alrededor, sino tras varias semanas, cuando has llegado antes de lo normal por la mañana y estás esperando que abran las puertas del bloque que tienes asignado para entrar a clase. Y el nuevo, por razones del destino, también está ahí. Te mira de reojo, tímido, mientras que tú, por tu forma de ser, lo atraviesas con la mirada, notando por primera vez el feeling, pero sin llegar a identificar la sensación —aún no—. Aparece un amigo tuyo que va a su clase. Se ponen a hablar; luego le preguntarás a ese amigo que quién era y le sonsacarás toda la información posible sin mostrarte indiscreta.
A partir de entonces se dan más encuentros. Os presentan formalmente. Coincidís en alguna clase opcional. Y empiezas a notar… interés. Luego ocurre el intercambio de wassap. Muchas conversaciones y encuentros cibernéticos, hasta que, por fin, te pide una cita. Aceptas. Cita tras cita, te empiezas a enamorar. Al cabo de un mes más o menos, te pide salir. También aceptas. Ocurre vuestro primer beso, el segundo, el tercero… y te enamoras día sí y día también.
Acaba el curso, llega el esperado verano y, con él, el momento de la separación cuando hacéis los respectivos viajes que, curiosamente, coinciden los mismos días. Hay una despedida y entonces viene la espera.
Te lo pasas muy bien en los lugares de veraneo. Te gusta el clima, la luz, el entorno, estar relajada… Sales mucho mejor en las fotos. El horario se limita a las comidas, salidas, descansos y a hablar unos míseros minutos por el móvil con tus amigos y esa persona especial – Dormir.
Así durante días en los que te invade un miedo perfectamente racional por si le pasa algo.
Te entra pánico sólo de pensar que va a pillar la carretera el día siguiente a las fiestas, que tiene que sortear a los borrachos o insensatos que conducen y volver sano y salvo a casa —pues tú confías plenamente en él, son los demás los que suponen un peligro—. «Avísame en cuanto llegues» le dices. Aterrorizada, te imaginas cómo sería tu vida sin esa persona, pues habéis pasado tanto tiempo juntos, tantos besos, caricias y palabras de amor, que se ha hecho un hueco permanente en tu corazón, y no volver a verle supondría tal dolor… Luego te consuelas con que esa angustiosa sensación no es más que una ilusión creada por tu preocupado cerebro, y que tu ser querido está bien, quizás pensando también en ti.
Mientras toda esa clase de caóticos pensamientos invade tu mente, el tiempo transcurre sin que nada pueda evitarlo, siempre hacia delante, y por fin llega el mensaje de: «Estoy vivo, he llegado perfectamente y te echo de menos, preciosa». ¡En ese momento estás tan alegre y eufórica que olvidas todo lo demás! En seguida respondes: «Yo también te echo de menos, mi vida. “Corazón” “Corazón” “Carita lanzando beso” x8».
Dos días después se cambian las tornas y es él el que se preocupa y tú la que tiene que mandarle el mensaje para tranquilizar los nervios.
Y por fin volvéis a estar en la misma ciudad, a escasos kilómetros de distancia entre una y otra casa.
Y quedáis cuanto antes.
Cuando os veis de nuevo la alegría es inmensa, como un océano efervescente de sentimientos. Sonreís con los labios, con los ojos, ¡con el cuerpo entero! Vais aproximándoos, la distancia se acorta y la fuerza de atracción aumenta; es la Ley de la Gravedad en estado puro. Os lanzáis a los brazos del otro y unís vuestras bocas en el esperado beso, haciendo la fuerza de atracción infinita.

Sois infinitos, y el beso se hace infinito en el límite comprendido entre su inicio y su fin, pues los besos siempre deben terminar, para que puedan empezar otros y se den nuevos Reencuentros.




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