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Capítulo 12: Democracia asamblearia





Capítulo 12
Democracia asamblearia



Ada no tardó ni cinco minutos en organizarlo todo:
—¡Quiero a Los Trece reunidos en la sala común, YA! Corred la voz de que el fugitivo ha sido capturado y que Henry está muerto, pero que nadie salga de sus habitaciones hasta nuevo aviso... ¡Vosotros dos!, llevad el cadáver al laboratorio. ¡Vosotros cuatro!, quiero al preso atado de manos y tobillos de forma que no pueda ni incorporarse; nada de comida ni agua... ¡Vamos! ¡QUIERO MOVIMIENTO!
Max, que  había tenido que alejarse sí o sí para dejar que sus compañeros se llevasen a Athan, me agarró del brazo y me empujó hacia el exterior de la sala tras recibir una adusta mirada de su madre. Se había visto obligado a separarse de Mia bruscamente, sin poder consolarla como era debido.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté de inmediato—. Mi habitación está en sentido contrario... ¡Y ni se te ocurra volverme a agarrar así, Max! ¡Me haces sentir violenta!
Me sacudí de su agarre con un bufido, y él respondió con un movimiento seco de cabeza.
—Ahora vamos a analizar lo que acaba de suceder y, ya que tú eres una de las testigos presenciales, también tienes que acudir al juicio. Mia vendrá... cuando esté más tranquila.
Continuamos nuestro camino hasta la Sala de los Silencios.
—Ada no deja que la consueles tú porque estáis juntos, ¿verdad?
Max se encogió de hombros, sin mirarme.
—En realidad eso no es asunto suyo, por consiguiente, es aún menos de tu incumbencia.
Vaya, vaya, vaya... ¡Con qué soltura había zanjado el tema el tío!
En seguida llegamos a la sala común. Ya habían llegado Alfie, François, Roth y David. Habían colocado cuatro sillas frente a la mesa, hacia las que me dirigió Max para que nos sentásemos. Supuse que una de las sobrantes estaba destinada a Mia, pero la última no tenía la más remota idea de qué posaderas iba a asentar. Me puso nerviosa tener que enfrentarme de nuevo a Ada en otro juicio, e intenté prepararme mentalmente para ello; cabeza fría, mucha calma y lógica. Sin embargo, Max no dejaba de mover la pierna y con eso no ayudaba a tranquilizar los nervios.
—¡Quieres parar! —le susurré.
Max paró tras darse cuenta de a lo que me refería, pero a los pocos minutos volvió a sumirse en ese movimiento involuntario, por lo que suspiré y me resigné a ignorarlo lo mejor que pude.
Mientras tanto llegó Viola, la mujer que se sienta al lado de David, y acto seguido Ciaran, que acompañaba a una pálida Mia.
Es curioso lo que nos viene a la mente en las situaciones más críticas, pues fue la primera vez que vi el parecido entre ellos. ¿Ciaran y Mia eran hermanos? Y si de verdad era así, ¿cómo no me había dado cuenta hasta ese momento?
Mia se sentó al lado de Max, que la abrazó con afecto.
Luego apareció Lana acompañada del de la máscara, ambos con una mirada de querer matar a alguien —Athan, se leía en sus miradas—.
Casi no me di cuenta de que Randall también había entrado en la sala hasta que no vi que lo seguía el hombre que había dado la voz de alarma, que se situó en la silla que había quedado al lado de la mía.
Llegaron Ada y Ángela y, tras una breve espera, llegó Zoon.
Sorry, tenía un muerto del que ocuparme —se excusó, sacando y metiendo la lengua bífida por entre la sonrisa e ignorando las miradas de asombro y rechazo debido a su comentario; la parte morbosa que tenía en mi interior se preguntó cuál era su trabajo con el cadáver. ¿Practicarle una autopsia? ¿Embalsamarlo? ¿Utilizarlo para alguna clase de experimento?
Al fin, ya estaban Los Trece.
¡A ver, tranquilizaos todos para que podamos comenzar!
Bramó Ada desde el centro de la mesa, golpeando el tablero con un puño para hacerse oír; volvía a crearse una especie de halo luminoso alrededor de su figura, y me pregunté si estaba dirigido hacia ella adrede o yo era la única que me daba cuenta de ese efecto.
Todos acallaron sus conversaciones al mismo tiempo y volvieron sus miradas hacia nosotros cuatro.
Bien —asintió Ada, seria—. Comencemos con la cronología de los hechos. Ben, si eres tan amable...
Me giré levemente hacia el interpelado, percibiendo detalles como unos labios finos y agrietados, un rostro que aparentaba más de 40 años pero que debía ser mucho más joven, unos ojos marrones que denotaban tristeza y miedo; me había encontrado con él en diversas ocasiones mientras realizábamos nuestras respectivas tareas, pero no me había molestado en analizarlo con detenimiento; era complicado acordarse de las 60 personas que vivían en el complejo.
—Me temo que mi declaración será breve y concisa, Ada —suspiró, pesaroso, pero Ada le hizo un gesto de que esperaba su testimonio y en seguida comenzó a relatar la experiencia—. Me encaminé a eso de las 8 hacia las celdas para intercambiar la guardia con Henry. Me adentré en el cuarto y todo parecía igual que siempre: las paredes limpias, el suelo impecable, las celdas tal y como las había dejado... Hasta que llegué a la altura de la de ese cazador —no disimuló en ningún momento la repugnancia y la rabia que teñían su voz—. La puerta se encontraba abierta de par en par y, en frente, estaba tendido el cadáver de Henry, también con la tapa de los sesos abierta de par en par.
Hizo una pausa para tomar aire.
—T-tuve la sensación de que se me escapaba hasta el último grano de aire de los pulmones y, cuando me recuperé, fui directo a la Sala Común para dar la voz de alarma. Ya está —acompañó las dos últimas palabras con un gesto de manos que también indicaba que había terminado, como una sacudida hacia los extremos.
—Así que el ataque sucedió nada más comenzar el primer desayuno —Ada entrecerró los ojos; el bibliotecario apuntaba todas y cada una de las palabras que se intercambiaban—. ¿Y no oíste nada? ¿Ni pisadas? ¿Ni golpes?
Ben negó con la cabeza.
—En la sala reinaba un silencio absoluto. Realmente —se le ensombreció el rostro—, no oí nada hasta que llegué a la Sala Común y grité; fue como si en ese pequeño lapso de tiempo me quedase mudo y sordo y luego descubriera que podía hablar.
Ada volvió a asentir con la cabeza, comprensiva.
—Entonces fue cuando mandé a los rastreadores organizarse y al resto resguardarse en sus habitaciones... Lo cual nos lleva a la ti, Crystal. Explícanos qué sucedió y qué se te pasó por la cabeza en todo momento.
Expliqué lo que había sucedido desde que perdí de vista a mi grupo del desayuno hasta que me encontré con Max, cómo él había intentado detenerme y, al ver que no me resignaba, había accedido a escuchar mi plan. Luego continuó él, relatando lo que encontramos en las celdas —la misma imagen que había explicado Ben—, cómo entramos en la sala del pozo y nos encontramos con Athan amenazando a Mia.
—... Tratamos de alargar el momento. Él perdía y recuperaba el control de la conversación rápidamente, y nosotros debíamos actuar de inmediato. Hubo un momento en el que planteó que Crystal se fuera con él, a cambio de dejarnos a Mia y a mí con vida. Pero era mentira. Encontré una grieta en sus defensas y disparé. Me llevé por delante dos de sus dedos y lo siguiente que recuerdo es mandar a Mia con Crystal e inmovilizarlo a él en el suelo. Luego llegaste tú.
Todos habían atendido a nuestro testimonio en absoluto silencio, tratando de captar hasta el mínimo detalle.
—¿Lo tienes todo, Alfie? —preguntó Ada al bibliotecario, que estaba inclinado con la punta de su nariz casi rozando el papel sobre el que escribía.
—Ahora... sí. Pueden continuar.
—De acuerdo... Mia, tú eres la última —la mujer le hizo un gesto para que comenzase.
Mia tomó aire profundamente, como si tuviera serios problemas para hablar, y comenzó:
—Me pilló a mitad de camino de la Sala Común, en la Sala de los Silencios —espiró el aire sonoramente—. Me tapó la boca, empujándome contra una de las paredes, y amenazó con matarme con sus propias manos si se me ocurría gritar o hacer cualquier tontería. Me preguntó dónde estaba el pozo más cercano... Pensé en conducirlo a otro para que, con suerte, alguien nos viera... ¡De verdad que lo pensé! Pero temía que me hiciera algo y lo único que quería hacer era alejarme de él lo más rápido posible. «Nada de gente», susurró contra mi oído, como si leyera mis pensamientos, presionando... su cuerpo... contra el mío... Así que se lo mostré. Agarrándome de los brazos por detrás y tapándome la boca, dejó que anduviese delate de él. Lo conduje de nuevo a las celdas, donde vi el cadáver de Henry... y-y-y después llegamos al pozo. Allí me volvió a empujar contra la pared p-para cachearme... consiguió mi cuchillo... Yo temblaba de miedo y le rogaba que por favor no me matase... Él se enfadaba y me repetía que estuviera quieta... Hasta que llegaron Max y Crystal... Ellos me salvaron.
Volvió a estallar en sollozos, y vi cómo Max le daba la mano por detrás de la silla para que el resto no pudiera verlo. Eso me recordó a una situación que viví hacía unos años...










Burilda y yo estábamos esperando que Mayrah saliera del baño de las chicas, hablando tranquilamente, cuando un chico pasó a nuestro lado y nos llamó la atención.
—¡Ey, rubias! Sois de octavo, ¿verdad?
Mi mejor amiga y yo nos giramos, sonrojadas y un poco cortadas por la interacción; estábamos a mitad del segundo trimestre de nuestro primer año de secundaria y hasta entonces ninguno de los mayores nos había dirigido la palabra a menos que ya nos conociéramos.
El chico en cuestión era alto y moreno, con los ojos verde encendido y labios definidos, de manera que si no hubiera tenido la cara tan llena de granos, habría resultado bastante atractivo.
—Sí, somos de octavo. ¿Qué quieres? —le preguntó Burilda, con una sonrisa que trataba de ser amistosa pero que yo sabía que era solo una fachada para tantear el terreno.
—¡Ah! Era para ver si me podíais ayudar con una cosilla —parecía apesumbrado—. Se me ha caído una caja en un hueco y yo soy demasiado corpulento para alcanzarla —Nos explicó—. ¿Podéis ayudarme? Solo será unos minutos, os lo aseguro.
Burilda y yo volvimos a intercambiar varias miradas, sopesando la situación. Estábamos al principio del recreo y el barullo de estudiantes fluía a nuestro alrededor como una marea.
—De acuerdo —accedí, suponiendo que si íbamos juntas no nos pasaría nada.
El chico sonrió.
—Tranquilas, es cerca de aquí.
Antes de seguirlo dimos unos golpecitos a la puerta del baño y avisamos a May de que en seguida volvíamos.
—Me llamo Mike. Vosotras sois…
—Burilda.
—Crystal.
—¡Vaya! Qué nombre más bonito, Crystal.
La conversación discurrió tranquila durante el corto trayecto, sin indicios de que estuviéramos en ningún peligro. Mike nos condujo entre dos de los edificios y nos indicó que entrásemos en una especie de cuarto de limpieza. Estaba a oscuras y en su interior albergaba cajas, cubos, productos de desinfección, fregonas, escobas… Olía a lejía y a madera.
—Está ahí —señaló entre dos enormes cajas entre las que, efectivamente, él no podía pasar para recoger lo que fuera que se le había caído. Ambas nos acercamos para averiguar que era lo que necesitaba aquel estudiante.
—Yo no veo na… —Burilda estaba hablando cuando, de improvisto, cayó al suelo tras oírse un golpe seco.
En tal estado de confusión no pude evitar que él me empujase contra una de las cajas y me tapase la boca con una mano para que no pudiera gritar en busca de auxilio.
—¡HUUUUUUUMMMMM! ¡HUUUUUMMMMMMM! —Eran los únicos sonidos que salían de mi garganta, amortiguados por sus dedos, opresores viles de mis labios. Me retorcí y traté de quitármelo de encima de alguna manera, pero era demasiado fuerte y alto como para enfrentarme a él cuerpo a cuerpo.
—Tssss —susurró con una sonrisa maliciosa que se estiraba de oreja a oreja—. Escucha atentamente lo que te voy a decir a continuación, ojitos azules, porque no lo repetiré: nada de esto puede salir de este cuarto. No se lo puedes decir ni a tus padres ni a los profesores… A nadie. A partir de este momento te tendré vigilada, Crystal, a ti y a tu amiga, y si a alguna se os ocurre abrir la boca y decir una sola palabra, os pasará algo muy malo, ¿entiendes?
Asentí con lentitud. Me preocupaba el golpe le había atestado a Burilda y el cómo íbamos a salir de semejante situación. ¿Por qué nos tenían que pasar todas esas cosas a nosotras?
Mientras yo intentaba mantener mis pensamientos en orden y calmar los nervios a flor de piel al notar su repulsiva cercanía, él continuaba con su monólogo.
—No pensé que fuera a conseguir 2x1 tan fácilmente… ¡Pero bueno! Así hay más diversión…
Noté que deslizaba la mano por debajo de la camiseta de mi uniforme y me resistí. Con la otra continuaba amordazándome y su cabeza se inclinaba hacia delante, enterrando su rostro en mi media melena rubia, como si lo estuviera respirando.
—Hueles bien…
Su mano continuó subiendo hasta toparse con la copa de mi sujetador.
—¿Llevas relleno o son naturales, Crystal?
Algo me dijo que no iba a dejarme pronunciar una sola palabra y que sus planes eran descubrirlo por sus propios medios.
—Serás psicópata hijo de puta…
Alguien tiró de Mike hacia atrás, agarrándolo de la camisa, y lo apartó de mí con violencia. Aspiré una bocanada de aire con fuerza, pero no grité. En cuanto vi que Eithan lo tumbaba en el suelo de un puñetazo me sentí más segura. Vi que Mayrah estaba agachada al lado de Burilda tratando de que recuperase la consciencia. Por un momento me quedé quieta, viendo con asombro cómo mi vecino y amigo le propinaba dos fuertes patadas al estudiante que nos había agredido y que se mantenía en posición fetal en el suelo cubriéndose la cabeza.
—Acércate de nuevo a ellas y te mato.
Ni siquiera necesitaba alzar la voz. Todo él ya resultaba en sí amenazante: los músculos en tensión, los ojos chispeantes, los dientes apretados, la mandíbula tensa…
—¡¿Qué está pasando?!
Eithan estaba a punto de descargar una tercera patada cuando apareció el indistinguible profesor de educación física con la profesora de literatura, seguramente alertados por los bramidos de dolor del chico; él era prácticamente calvo, de ojos claros y voz chillona que atravesaba paredes, en cambio ella era bajita, regordeta, con el pelo rubio y los ojos azul celeste, y llevaba en la mano derecha el cigarro ya preparado para cuando estuvieran fuera del recinto escolar.
Podemosexplicarlo —exclamé rápidamente.
—¡Al director es a quien vais a tener la oportunidad de explicaros! —bramó el profesor de educación física—. Patty, lleva a los cuatro ante la junta directiva. Yo me encargo de llevar a éste a la enfermería.
No pudimos añadir nada más. Fuimos conducidos ante ellos con la adrenalina latiendo aún en nuestras venas, Burilda un poco desorientada por el golpe que había recibido, y se nos hizo sentar en cuatro sillas delante del director y sus compañeros. Desde nuestro punto de vista, estábamos sentados en el siguiente orden, de izquierda a derecha: Mayrah, yo, Eithan y Burilda.
—Se nos acaba de informar de que le estaba pegando una paliza a un alumno, Señor Osburne —dijo el director con calma, un hombre alto de alrededor de cuarenta años con el lustroso pelo rubio perfectamente peinado y unos ojos azules avasalladores. No parecía disgustado, más bien daba la impresión de esperar una respuesta plausible de uno de los mejores alumnos del centro.
—Fue en defensa de mis amigas, Señor Director… Él las atacó y yo se lo quité de encima —respondió Eithan, mirándome por el rabillo del ojo.
El director se inclinó hacia delante y echó un vistazo a sus compañeros de mesa, que asistían al “juicio” en silencio. Nosotras, como éramos de 8º, apenas los conocíamos; debían de ser los jefes de estudios, secretarios, de orientación, jefes de departamento…
—Tus… amigas —el director nos miró con curiosidad—. La Señorita Kopsen, la Señorita García y la Señorita Leigh. De 8º curso, ¿no es cierto? —dijo, tras mirar en un papel que le tendió una mujer que estaba sentada a su derecha.
Los cuatro asentimos con la cabeza.
—El Señor Gratton, que en estos momentos está siendo atendido en la enfermería, es de 11º… y usted, de 10º. ¿Serían tan amables de explicarnos cuál es vuestro hilo conductor?
Arqueó las cejas y nosotros nos dispusimos a relatar todo lo sucedido, turnándonos para hablar. Burilda y yo contamos lo mejor que pudimos la experiencia, y yo tuve que repetir cada palabra que el Asqueroso Señor Gratton me dijo mientras mi amiga estaba inconsciente en el suelo y recordar cada una de sus acciones hasta que Eithan apareció; a medida que hablaba y sin que ninguno de los presentes se diera cuenta —o al menos aparentaron no hacerlo—, Eithan me agarró una mano por detrás de las sillas y me la sostuvo, infundándome valor. Mayrah explicó cómo, al salir del baño intuyendo que algo malo estaba sucediendo, se dispuso a buscarnos y se encontró a Eithan, que por suerte había visto el recorrido que habíamos trazado y el lugar al que habíamos entrado. Preocupados, siguieron ese camino y nos encontraron de la manera que nos habían encontrado.
—¿Y por qué le agredió, Señor Osburne? El Señor Gratton se hallaba tumbado en el suelo. Podían haber salido del cuarto y pedido ayuda, pero en su lugar se ensañó con él.
Eithan le sostuvo la mirada con los ojos ardiendo de furia y me apretó la mano involuntariamente.
—Porque son mis amigas y quería asegurarme de que ese desgraciado no se atrevía a tocarlas de nuevo.
—Muy valeroso por su parte —el equipo directivo le mandó miradas de contradicción, hasta que añadió para calmarlos—: y también estúpido. Por semejante acto de violencia, me veo obligado a expulsarlo varios días, lo cual quedará reflejado en su expediente. No es nada favorable en su situación. ¡Tenía un historial impecable! ¡Impecable!
Eithan pareció afectado, y fui yo la que le apreté la mano en ese momento, pero luego añadió:
—No me arrepiento, Señor… Se lo merecía. Le iba a hacer daño a mis amigas. Ya le estaba haciendo daño a una de ellas. Pero por favor le pido que no les castigue a ellas… Ellas son las verdaderas víctimas.
—Si me permite, no ha aclarado su relación con ellas —apuntó el director con un brillo astuto en los ojos, aunque la pregunta parecía más por puro cotilleo que por profesionalidad.
—Nos conocemos desde pequeños, somos vecinos y compañeros de colegio e instituto desde hace años —se limitó a contestar él—. Pese a la diferencia de edad, somos como hermanos.
El director pareció conforme y, aclarada la situación, nos dejó salir del despacho; entonces discutiría con la junta lo que acababa de suceder y el castigo que Mike Gratton se merecía.
El día trató de transcurrir con tranquilidad, pero todos estábamos nerviosos y deseábamos llegar cuanto antes a casa. Cuando le conté a mis padres lo sucedido, esa misma tarde, fue una de las pocas veces que los vi salir de sus novelas deseando cometer un homicidio, aunque rápidamente les hice entrar en razón.
Al día siguiente solicitaron su presencia en el instituto, junto con los padres de Mayrah, Burilda y el padre de Eithan, para explicarles cómo se resolvería la situación. Nos enteramos de que el susodicho llevaba acosando a niñas de cursos inferiores desde comienzos de curso, amenazándolas de manera que se aseguraba que no iban a decir nada. De todas maneras Eithan Osburne sería expulsado, no permanentemente, como el otro chico, pero sí un par de días.
Ahora Mike ya no les molestaría, ni a ellas, ni a nosotras, ni a ninguna otra nunca más.









Mia se calmó poco a poco.
—Tranquila, Mia, ese desalmado vuelve estar entre rejas —le aseguró Ada—. Pero desgraciadamente aún no hemos terminado. Aún tengo que hacer varias preguntas y debemos deliberar diversas cuestiones. Crystal —perfecto, era yo la primera en contestar al interrogatorio—. ¿Por qué desobedeciste mis órdenes?
Me tomé unos segundos para pensar la mejor respuesta. «Cris, ni se te ocurra ponerte brava. Te la estás jugando.»
—Me pareció la acción correcta —contesté con un tono neutro, sosteniéndole la mirada. Traté de no reflejar ninguna emoción peligrosa, ni soberbia, ni desafío...
Ada enarcó una ceja, y noté que los demás esperaban su reacción con cierto nerviosismo.
—¿Por qué? —fue lo único que me preguntó a continuación, inclinándose hacia delante levemente; al menos esta vez no me apuntaba con una pistola.
—Porque algo no me cuadraba y temía que Athan fuera a escaparse —ladeé la cabeza—. Pero, como dije, antes de actuar quise saber cuál era tu plan, por eso pregunté a Max.
—Deberías haber acatado simplemente mis órdenes. Era lo más seguro para ti —su tono revelaba que le parecía ilógico que hubiera hecho justo lo contrario.
—Lo más seguro era asegurarse de que Athan no escapase —las palabras brotaban casi solas de mi boca; eso sí, pasando antes por mi cerebro no fuera a ser que se me escapasen los nervios—. Max me explicó tu plan y me dio la sensación de que era el equivocado...
Lo era. —Asintió Ada, no con pesadumbre, simplemente aceptando su propio error, tal y como deberían hacer todas las personas adultas. Pareció acordarse de algo y se dirigió a su hijo—: Ahora que lo dices... Maximillian, ¿por qué se lo dijiste? Di la orden a los rastreadores, no al resto. No debiste compartirlo con ella.
Pude ver por el rabillo del ojo que Max palidecía; por una vez no conseguía encontrar una respuesta convincente.
—Yo... Huummm... Tenía curiosidad —concluyó—. Y tampoco quería dejar cabos sueltos. Si cabía una posibilidad de que el fugitivo escapase había que cubrirla. Si ella se equivocaba no pasaba nada, vosotros ya os estabais encargando de la entrada principal. Pero si tenía razón, debíamos pararle los pies.
Volvió a recuperar su fría lógica de siempre.
—¿Y cómo se te ocurrió la idea de los conductos de ventilación? —la mujer se volvió de nuevo hacia mí; tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, en actitud atenta pero relajada.
—Es lo que habría hecho yo —mi contestación fue casi un murmullo, pues haber tenido la misma idea que Athan, haber acertado en su plan de escape, me daba un poco de miedo.
Se hizo el silencio. Temía lo que pudieran estar pensando de mí... Hasta que Zoon empezó a reírse a mandíbula batiente, entre siseos y gorjeos.
—¿A qué estáis esperando para incluirla entre vuestras filas? ¡Os hace falta alguien con más maña que fuerza! —el ojo de lagarto me guiñó en su habitual parpadeo horizontal.
No pude evitar sonreír; cuánta razón tenía sobre la maña... más de la que él podía siquiera imaginar.
—¡Zoon! —exclamó Ángela antes de que Ada pudiera replicar.
—¿Qué? Sabéis que tengo razón... Y esta chica no hace más que sorprendernos.
Zoon se reclinó en su asiento y se cruzó de brazos, sonriente.
—No necesitamos más rastreadores —replicó Ada, negando con la cabeza.
—Necesitáis rastreadores con sesera. —Matizó el hombre-lagarto—. No hablo de cantidad, sino de calidad. De vez en cuando es útil que alguien te cuestione.
Tras ese comentario, el silencio que se había mantenido en la sala y el respeto al turno de opiniones se rompió, sobre todo por parte de los rastreadores. Roth, Lana y el hombre de la trenza daban muestras de querer matarlo, furiosos. David negaba con la cabeza. Viola se mostraba pensativa. Ciaran, por el contrario, me sonreía. Alfie intentaba apuntar todo lo que se decía con una velocidad frenética de pluma y François trataba de hacer entrar en razón a Zoon, que parecía tremendamente satisfecho por el caos. Randall se mostraba impertérrito. El asiento de Max estaba vacío, como el hueco de una dentadura en un niño al que se le están cayendo los dientes de leche. Ángela permanecía aterrada. Y Ada...
—¡CALLAOS TODOS! —dio varios golpes sobre la mesa, reclamando silencio.
Esta vez tardó más en conseguirlo.
—Si tan convencido estás de lo fácil que sería hacer nuestro trabajo, sal tú mismo al exterior, a ver qué tal te las apañas —era la primera vez que oía hablar al hombre de la máscara; tenía una voz clara y limpia, normal, por lo que la razón de que se cubriera la boca no debía afectarle a las cuerdas vocales ni a la dicción.
Zoon se puso serio de repente.
—Precisamente yo provengo del exterior, Vito. Sé perfectamente lo que aguarda y por eso sé que no es mi mundo.
—Entonces, ¿por qué nos cuestionas? Nosotros ya hacemos bastante tratando de desenvolvernos y encontrar otras salidas. Os traemos comida. Te traemos bichitos para tus estúpidos experimentos...
—Mis estúpidosssss experimentos te salvaron la vida —replicó Zoon en un tono que daba verdadero miedo—. Y te la pueden quitar de igual manera...
—¡Zoon! No permitiré que amenaces de muerte a nadie que viva bajo nuestro techo —le advirtió Ada, echándose hacia atrás en su asiento y extendiendo los brazos sobre la mesa; parecía más el Jesucristo en la Última Cena de Da Vinci que nunca—, pero tu opinión es tan válida como la de los demás, y se tendrá en cuenta, así que dejad de quejaros porque no sea de vuestro parecer —se volvió hacia los rastreadores de su derecha—, actuáis como críos y me hacéis replantearme el por qué permito que salgáis al exterior.
Todos asintieron, no sin sentir ciertos remordimientos por sus reacciones.
Hubo unos segundos en los que nadie dijo nada, como si ya no hubiera más preguntas, hasta que Max rompió el hielo.
—Estoy de acuerdo con Zoon en que deberíamos dejarle experimentar en el exterior. Puede que sea más útil fuera que dentro, pero claro, eso no lo sabremos hasta que no lo pruebe.
Ada sopesó la idea de su hijo con los ojos entrecerrados.
—De acuerdo. Opinad.
—No lleva ni una semana en este Lado, así que yo creo que debería permanecer más tiempo aquí dentro —comenzó David, apoyando la barbilla sobre la mano buena mientras movía el muñón al son de sus palabras.
—A mí no me parece muy buena idea dejar que una completa desconocida sea rastreadora tan pronto —continuó Viola.
—No hablamos de que sea rastreadora, sino de que salga al exterior —matizó Ada—. Centraos.
—Pues que salga al exterior tan pronto. Es del Otro Lado y aún no conoce bien las reglas. Puede ponernos en peligro. ¿Y si la atrapan?
—¡Hala! Ya empezamos… —suspiró Zoon, negando con la cabeza—. Eso le puede pasar a ella, como le puede pasar a todos los demás. Además: ¿qué reglas? Aquí reina el oportunismo, maldita sea.
—Yo creo que puede salir —intervino Ciaran, antes de que volviera a producirse una discusión—, pero con la condición de que tenga mucho cuidado.
—Yo también opino que salga y que pruebe —le dio la razón Roth, mirándome con sus ojos oscuros de una forma un tanto… extraña—. Hay que forjar caracteres.
La siguiente era Lana, que se tomó unos minutos para analizarme de arriba abajo.
Quizás. —Asintió, mesándose el cabello rezado con los dedos—. Habría que entrenarla. Aparentemente está en buena forma, pero cualquiera no corre 30km seguidos si se da la necesidad. ¿Cuál es tu récord?
Me sentí un poco apocopada en el asiento.
—6km en media hora.
—Eso será porque corres rápido. En una marcha moderada podrías correr los 30km en 2 horas y media, con el arrojo de quien no está dispuesto a que le devoren los monstruos y de vez en cuando una paradita para tomar aire. Voto que sí.
—A mí me tendrá que demostrar que tiene esa sesera de la que según Zoon nosotros carecemos —volvió a hablar Vito tras la máscara.
Ángela, sin embargo, exclamó un rotundo NO.
—NO.
—Ángela, tienes que explicar tus razones.
—PORQUE NO.
Vi cómo Ciaran ponía los ojos en blanco, y Max continuaba dándole a la pierna y poniéndome a mí más nerviosa de lo que ya estaba; seguía sosteniendo la mano de Mia tras la silla.
—Ángela…
—A mí me parece una niña respondona y desobediente que podría poneros en verdadero peligro allá fuera y mataros. Así que NO.
Ada resopló.
—Max, ya sabemos tu opinión… Igual que la tuya, Zoon… ¿Randall?
Randall asintió con la cabeza y dio parcas explicaciones. François también opinó que se me debía dar una oportunidad para encontrar mi lugar y Alfie apoyó las palabras de David sobre que quizás era muy precipitado. Y así ya doce habían hablado —supuse que ni Mia ni Ben tenían voz ni voto porque no pertenecían a la mesa—. Faltaba Adelaida.
—Estoy dispuesta a probarte —dijo, al fin—. Cuando Athan te atacó, fuiste bastante rápida corriendo. Lo vi. Claro que él, lo fue más —hizo un movimiento con la cabeza, como si lo que acababa de decir fuera obvio—. Te retorciste hasta el último momento, cobrándole heridas que habrían permitido tu libertad si se hubiera tratado de cualquier otro. Al final, fui yo la que te salvé —hizo una pausa—. Tienes que tener en cuenta unas reglas muy claras antes de salir al exterior con nosotros… Nuestras reglas. Primero: somos un grupo. Si te separas de él, aunque sea para mear, estás muerta. Segundo: si haces cualquier estupidez que ponga en peligro a los demás, mueres tú y morimos todos, aunque me encargaré de buscarte en lo que sea que haya después de la muerte y te volveré a matar yo misma por tus estupideces. Tercero… Bueno, las siguientes normas las puedes aprender sobre la marcha. Tengo en cuenta la opinión de los que estáis en contra, pero de verdad creo que ella necesita salir. Está demostrando poseer un arrojo innato para salir de los problemas…
—O crearlos —refunfuñó Ángela.
—En cualquier caso —Ada pasó por alto su comentario—, no te quitaré los ojos de encima. Empezamos mañana. ¿Estáis de acuerdo?
Todos asintieron, hasta Ángela.
—Entonces, ¡se levanta la sesión! Hay que retomar las tareas y empezar a planificar el día de mañana…
Todos empezamos a levantarnos de nuestros asientos. Miré mi reloj de muñeca, que marcaba las 10:23 e hice una mueca; a las 11h empezaba mi turno de limpiar los baños… ¡qué alegría!
Oí que Ada suspiraba:
—¡Ya me he hartado de tener que alimentar a ese salvaje! No debería haberle permitido ni siquiera eso —sacudió la cabeza.
—Eso es porque tienes un buen corazón, Ada —dijo Ángela, dándole jabón, like always.
—Los buenos corazones no ganan la guerra —replicó la mujer, con frialdad.
—Si utilizas “bueno” como sinónimo de “imbécil”, por supuesto que no —intervino Max—, pero si utilizas bueno como sentido de justo, ganarás la guerra.
—Aún tienes mucho que aprender, Maximillian… Anda, ve a hacer tus tareas. —Reparó en la mano entrelazada del muchacho con Mia y descubrí un leve tic bajo su ojo derecho—. Tú, Mia, ve a tu cuarto a descansar. Tómate el día libre.
No trató de ocultar su animadversión por su relación y, tras asegurarse de que cada uno se dirigía por un pasillo —Max y yo tomamos el de la izquierda, visto en el mapa, mientras que Mia tomaba el de la derecha—, ella también se fue.
—A ti te trata diferente que al resto de sus subordinados —inicié de nuevo la conversación.
No sabía qué tenía ese chico —hombre— que sus conversaciones me mantenían en una salud mental aceptable.
—Ella es mi madre —respondió, y temí que fuera a dedicarme una de sus parcas contestaciones cuando añadió—: y aunque sea la jefa de todo el cotarro, siempre seguirá siéndolo. ¿Que eso me condiciona y me sitúa en un cierto estatus? Puede. ¿Qué esperabas? Mi madre me ha criado como mejor a sabido y eso me ha convertido en uno de los más aptos para sobrevivir, pues ella es una superviviente nata. Eso sí, en lo que respecta a los derecho siempre me ha tratado igual que a los demás y con la misma justicia. Si dos personas hacían algo mal, sobre ambas recaía la reprimenda y el castigo. ¿Que se sentirá más decepcionada por mi fallo que por el de la otra persona? Seguramente. Los sentimientos maternales le siguen influyendo, naturalmente. ¿Y que antes de salvar una vida ajena salvará la de su hijo? Es obvio. La sangre llama a la sangre y los lazos familiares mandan. Tú misma lo dijiste con respecto a tu hermana y es lo que se espera de cualquier ser vivo para que perpetúe su código genético; la herencia es una de nuestras misiones más importantes.
—Pero siendo la jefa no debería…
—No. Está en igualdad de condiciones que todos los demás. El resto antepondrá la vida de sus seres más queridos a la de los demás, y es justo que ella haga lo mismo. Precisamente el cargo de jefa se lo ha ganado tras tomar muchas decisiones, realmente duras y complejas. Por esa razón ella es la que tiene la última palabra después de escuchar y discutir las ideas de los que hacemos de consejo en la Mesa de los Trece. Esto no es una dictadura y tampoco una democracia, pues no se elige lo que opina la mayoría, pues la mayoría se puede equivocar. Esto es una democracia asamblearia con la que se toman las decisiones mediante el consenso, a veces cediendo un poco (pues no se puede estar de acuerdo siempre) y con muchas dosis de conversación. Eso es lo importante: la conversación. No una cruz en un cuadrado que señale voto a favor o voto en contra sin llegar a matizaciones y mejoras.
Me quedé muda por su monólogo.
—Max —hice una pausa; andábamos a través de los pasillos y nos adentrábamos en los pasadizos sin apenas darnos cuenta de adónde nos dirigíamos, o al menos eso me estaba sucediendo a mí—, ¿cómo es posible que en este lugar, tan cruento y malvado que pintáis, exista antes una sociedad humana y prácticamente perfecta, que en el lado del que provengo?
Max se encogió de hombros.
—Quizás es porque las situaciones extremas suponen medidas extremas y aquí te encuentras con lo mejor y, al mismo tiempo, con lo peor que la mente humana puede llegar a imaginar —se detuvo ante una puerta—. Bueno, Crystal, Mia debe de estar esperándome… Ya hablaremos.
Me di cuenta de que estábamos en la sección de habitaciones sur, entre las que se encontraba la mía, e intenté hacerme la idea de la semejante vuelta que debíamos haber dado en el complejo para llegar hasta allí evitando a Ada.
—¡Hey! Pero ella te ha prohibido verla —le detuve.
Max sonrió.
¿Alguno ha visto Death Note? Porque la sonrisa que Max me dedicó ese momento fue como la de L, que sin duda debía ser su Alter Ego en mi mundo, una sonrisa breve pero de inmensa felicidad, una sonrisa que nos arrancó otra a los espectadores.
—Es mi madre —replicó, como si eso lo explicase todo—. Es mi deber como hijo desobedecerla de vez en cuando.








¡Hola a todos!
¿Qué tal habéis pasado el verano? Creo que nunca llegaré a entender lo parado que se queda Blogger en vacaciones… ¡Son los momentos en lo que los estudiantes tenemos más tiempo! Ahora, sin embargo, toca hincar los codos y sacar muy buenas notas para preparar la Selectividad y entrar en la Uni.




A falta de un dibujo que acompañe el relato, aquí os dejo la sonrisa de L






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