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WHY SO SERIOUS?



*Relato para Halloween 2015*



Nailon pegado a la piel. Líneas paralelas, entrecruzadas, formas geométricas, rombos, rombos, rombos... Funciones. Curvas. Para que luego digan que las matemáticas no son interesantes. Ah, y además de interesantes, hermosas.
La chica mostraba las piernas blanquecinas enfundadas en unas medias de rejilla. No era ni delgada, ni gorda, y aunque las tuviera un poco torcidas llamaban la atención porque tenían una forma de plantarse en el suelo que muchas ya quisieran.
Esta vez, sus pies estaban deslizados en unos botines negros de tacón. Si subías la mirada, te encontrabas con unas redondas posaderas que apenas eran cubiertas por un pantalón corto de color negro, y que eran las causantes de que el hombre que en ese momento paseaba por la calle, se detuviese en seco y decidiera acercarse a ella, relamiéndose.
Líneas, rombos, nailon, piel...
Su vista se detuvo en su sudadera roja y blanca; del cabello rubio solo podía apreciarse que lo llevaba recogido en dos coletas altas, viéndosele solo de espaldas.
¿Qué hacía que se inclinase de esa manera tan provocativa delante del escaparate sin que le importase lo que pensasen los demás?
Todo hay que decir que el encuentro se estaba llevando a cabo de madrugada y que las calles estaban prácticamente desiertas. Además, la mujer parecía completamente ajena a la presencia del hombre, hasta que él por fin llegó a su altura y, ni corto ni perezoso, deslizó su mano izquierda entre sus nalgas mientras le susurraba melosamente al oído:
—Hola, preciosa… ¿Has perdido algo?
De lo primero que se percató fue de aquello que respondía a su pregunta: la mujer estaba utilizando el reflejo del escaparate para pintarse los labios. Lo segundo: que su maquillaje no era normal y corriente.
Tenía el rostro pintado completamente de blanco, la sombra de ojos corrida por las mejillas como si fueran lágrimas negras y los labios resaltaban de color rojo oscuro, el carmín restregado a lo largo de las comisuras en una inquietante sonrisa, aunque su boca no estuviese sonriendo.
—¡¿Cómo te atreves a tocarle el culo a mi novia?! —Bramó una voz masculina tras él, que no permitió que se recuperase de la impactante imagen.
Seguidamente, unas fuertes manos lo separaron de ella, estampándolo contra la pared de ladrillo más cercana al escaparate.
—¡¿Acaso piensas que se le puede tratar así a una señorita?!
El hombre, aún más en shock todavía, comenzó a balbucear.
—Yo-yo... No tenía ni idea de quién era... Pensaba que se trataba de otra persona... Lo juro...
El nuevo personaje iba maquillado de igual manera que la joven. Tenía el pelo rubio alborotado, el rostro también pintado de blanco, los ojos verdes inyectados en sangre y hundidos en dos manchas negras que parecían gotear en su rostro como agua.
—¿Cómo que no sabías de quién se trataba? —le preguntó bajando la voz, amenazante; a medida que decía las palabras, parecía estar mordiéndose el interior de las mejillas—. Si no lo sabías... ¿Dónde están tus modales?
Había sacado una navaja y le apuntaba directamente a la cara. Sin embargo, no parecía realmente enfadado, pues una amplia sonrisa, también coloreada de rojo, distorsionaba su rostro.
—Yo...yo... Por favor... No me mates... —El otro había empezado a temblar de puro terror.
—Como sigas así, J, conseguirás que se cague en los pantalones —habló por primera vez la chica, que había terminado de retocarse—. Y eso, no sería divertido —añadió en tono de fastidio, mientras se guardaba el pintalabios en el escote y se volvía hacia ellos.
Su novio chasqueó la lengua.
—Tienes razón, bizcochito mío —separó lentamente el arma del aterrorizado hombre—. Pero alguien debería explicarle modales, ¿no crees?
La joven alcanzó un bate de beisbol que hasta entonces había pasado desapercibido y caminó alrededor de ellos, calibrando la situación. Sus tacones repiqueteaban en la noche y mantenía el bate descansando sobre su hombro derecho. De frente, su camiseta dictaba: "You never asked me, so I never told you", en letras rojas y negras salpicadas de... ¿sangre? Ella, al contrario que su pareja, tenía los ojos azul encendido.
—De acuerdo —acabó accediendo, encogiéndose de hombros— cuéntale la historia.
Se colocó en mitad de la calle y se dispuso a practicar golpes a pelotas imaginarias, cediéndole por completo la palabra. J amplió, si eso podía ser posible, la sonrisa, y se volvió de nuevo a su víctima.
—Dime, ¿cómo te llamas? —le preguntó con una voz cantarina que pretendía ser amable, pero que en vez de tranquilizarle, le puso los pelos de punta.
—Br-Br-Bruce.
—¡Ooohhh, Bruce! Mi nombre es J, y el de esa preciosidad a la que te has tomado la libertad de tocar, es Harley —Harley se volvió un momento y les mandó un beso con la mano y un guiño, para luego retomar su entrenamiento—. Te ha gustado, ¿verdad?
El hombre no sabía si decir sí o no, pues el filo del arma continuaba demasiado cerca para su gusto.
—¡Vamos, hombre! Sé lo que has pensado al verla... Yo también lo pensé cuando la vi por primera vez —bajó la voz en tono cómplice, de manera que el otro hombre pareció relajarse un poco ante sus palabras, aliviado de que él comprendiera lo que él no se atrevía a decir en voz alta—. Sin embargo, mi padre me enseñó desde que me empezaron a interesar las mujeres, que hay formas y formas de conquistarlas. Se las debe dejar pasar primero, sostenerles la puerta, cuando se habla con ellas se las mira a los ojos... Pero, sobre todo, me enseñó que si querías robarle el corazón a una dama, debías dedicarle una sola cosa... ¿Lo adivinas?




Se señaló las comisuras, por las que se extendía una sonrisa de Glasgow ya cicatrizada, y el hombre volvió a temblar y a balbucear palabras sin sentido. J subió de nuevo el cuchillo, apuntándole directamente a la boca.
—Es por eso por lo que una tarde, mi padre alcanzó esta misma navaja, la apretó contra mis labios y me abrió las mejillas. ¡Para que tuviera siempre una sonrisa! —comenzó a reírse histéricamente—. ¿Y sabes qué? ¡Hoy es tu noche de suerte! Porque te voy a regalar una como la mía... ¡y gratis!
Le agarró violentamente de la mandíbula con una mano mientras internaba la cuchilla en su carne, rasgándole ambas comisuras entre chillidos de agonía. Después simplemente se apartó, sin dejar ni un momento de reírse, dejando que el hombre echase a correr, tapándose la boca aterrorizado. No llegó muy lejos. Harley estaba preparada para su enésimo bateo, y el golpe impactó certeramente en su cabeza, destrozándole la parte anterior del cráneo. Ambos vieron la sangre y los sesos volando por los aires como confeti, antes de que el cuerpo quedase desplomado en la acera sobre un enorme charco carmesí.
HOME RUN! —aplaudió J, como un niño en su primer partido de beisbol.
Harley sonrió e hizo varias reverencias, moviendo habilidosamente su arma, y después se dispuso a observar su obra de arte durante unos minutos.
Sangre... Muerte... Justicia. Amaban la anarquía, y aunque entendían perfectamente que para tener ideales de ese tipo no tenían por qué ser fieles a la violencia, sino simplemente seguir sus propias reglas, les encantaba ese chute de adrenalina cuando cortaban, mutilaban, golpeaban y eran salpicados por los fluidos de sus víctimas. Aquella era una forma de focalizar toda su ira y descargarla para hacer el bien, porque, en efecto, ellos limpiaban las calles de aquellos que tenían pensamientos impuros, de los violadores, atracadores y malhechores de la ciudad. Harley solía ser el señuelo. Los honrados nunca caían en la tentación, pero los que osaban tocarla o aprovecharse de alguna manera de ella, siempre corrían la misma suerte, y J les contaba una historia, la que improvisase en ese momento, les cortaba un poquito y, cuando creían que podían salvarse, ¡ilusos de ellos!, ¡ZAS! La mitad de su cerebro quedaba esparcido en el suelo. Uno menos.
Ellos no eran los malos, sino los héroes.
Su novio se aproximó a ella, le colocó una mano en el culo igual que había hecho el otro y le susurró al oído:
—Esto es mío.
Harley lo separó con dulzura, enredando sus dedos enguantados con los de él, y juntos comenzaron a alejarse de la escena del crimen.
—No te pases de listo, amor. Bien que te lo presto de vez en cuando, pero es mío.
J se encogió de hombros. Atravesaban callejuelas sin fijarse realmente por dónde andaban, sin importarles si era basura lo que les obstaculizaba el camino o el ego que se notaba en las casas de los ricos.
—Yo soy todo tuyo y me da igual admitirlo, mi vida; no quiero ser de ninguna otra. Y el hecho de que sea tuyo no significa que sea un objeto —apuntó—. Te quiero. Y mientras eso sea así, ese sentimiento te pertenecerá, y tú serás la guardiana de mi corazón... y de mi sonrisa.
Harley le dio un apretón de mano.
—Yo también te quiero, J.
J comenzó de nuevo a reírse, alegre por escuchar esas palabras, y sin que pudiera preverlo, le dio la vuelta, la agarró de la cintura y la besó apasionadamente, levantándola en el aire.
—Por eso tú también eres mía —susurró en cuanto separó sus labios de los de ella, que seguían buscando su contacto— porque ese sentimiento va dirigido a mí, y eso será así hasta que dejes de quererme. Cuando dejes de amarme, dejarás de ser mía.



Ella lo miró a los ojos con pasión e... ¿ira?
—Es decir: nunca.
—Y aun así, nunca se hace demasiado corto —se quejó, mientras la dejaba en el suelo de nuevo. Harley trastabilló un par de veces hasta que por fin recuperó el equilibrio y volvieron a retomar la marcha—. ¿A dónde quieres ir ahora, preciosa?
Al banco —una sonrisa maliciosa asomó en su semblante—. Han desahuciado a nuestra vecina, ¿recuerdas? La adorable ancianita de 80 años que vivía con siete gatos y que no ha hecho nada. Estos imbéciles roban a los pobres, que son los más necesitados, en vez de repartir lo de los ricos.
—Todos los de arriba están podridos —siseó J, pasando la lengua por sus cicatrices con más apremio, furioso.
—Es hora de hacer de Robin Hood —sentenció la mujer. 
Nada más llegar a la puerta del banco, J vigiló que no hubiera moros en la costa, y Harley destrozó las cámaras de seguridad más cercanas con certeros golpes de su bate, inutilizándolas por completo. Después dedicó todas sus fuerzas en hacer estallar la primera barrera de cristales, que cayó sobre ellos como una lluvia. Las alarmas comenzaron a sonar, uno, dos, tres segundos, pues durante el cuarto la mujer las acalló rápidamente.
—Que hermosa eres —J se dispuso a quitarle con ternura los cristales que habían quedado enredados en su pelo, y le indicó que pasase primero a través del agujero.
—Tú también lo eres —le respondió, y era verdad, a ella le daba igual la cicatriz que desfiguraba su rostro... ¡cualquiera de sus cicatrices! Visibles o no, le quería tal y como era.
—Exageras... —sin embargo, seguía sonriendo—. ¿Quieres bailar?
No se lo tuvo que decir dos veces, y juntos, comenzaron a destrozar todo cuanto veían. Ordenadores, papeles, sillas, escritorios, cristaleras, plantas... Fueron subiendo pisos, adentrándose en cuartos acorazados que para J no supusieron ningún esfuerzo violar y arramblar con todo lo que contuviesen. Robaron todo el dinero que pudieron....
—¡Esto para la ancianita! ¡Esto para su gato atigrado! ¡Esto para su gato blanco! ¡Esto para su gato negro...! ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, Shasha! Y esto... ¡Para nosotros!
—¡Te compraré un anillo con este dinero! —gritó J, metiéndose todos los billetes que podía en el abrigo, en los bolsillos de sus pantalones y por las mangas de su camisa a rayas grises y negras—. ¡Y celebraremos la boda más bonita de todas!
Harley se rió, risueña.
—¿Escuchas ya ese vals?
Comenzó a tararear su melodía preferida, el mejor acompañamiento para crear caos y destrucción.
Under the sky of Paris —respondió él, acudiendo a su encuentro. La agarró de la mano y de la cintura y comenzaron a moverse en círculos sobre la alfombra de destrozos—. Y nos iremos a Paris como luna de miel, a hacer el amor durante todo el día y la noche...
Y continuaron bailando, destruyendo, robando, hasta que la enésima alarma comenzó a sonar y decidieron salir del edificio, en busca del sitio perfecto para observar el espectáculo.
Corrieron entre las calles entrecruzadas, tan laberínticas como sus medias de rejilla, pero J se las conocía perfectamente. Llegaron a un edificio cercano y subieron a la azotea lo más rápido posible. El viento les saludó cuando llegaron a las alturas, y vieron cómo la ciudad dormía momentáneamente a sus pies. El cielo los envolvía en tonos azules, violetas, cobaltos, añiles, zafiros, cianes, como la paleta de un pintor. Las farolas continuaban iluminando las calles, y pronto se les sumaron las lucecitas intermitentes de los coches de policía. Las sirenas se mezclaban unas con otras... La escena era memorable.
—Debí traerme la cámara de fotos —suspiró ella, asomándose.
J se colocó a su espalda y la rodeó con los brazos.
—Pienso igual... Siempre tengo la sensación de que tengo pocas fotos tuyas.
—Ya sabes que me refería a fotografiar a...
—Sí, lo sé —la interrumpió—. Y tú ya sabes a qué me refiero yo —Harley notó su sonrisa detrás de su cuello, el calor de su cuerpo, y los angulosos bordes de los tacos de billetes que había guardado bajo su ropa.
—Nunca nos pillarán —susurró ella, también sonriendo.
—Teniendo en cuenta que tenemos a Jimmy de nuestra parte... Él es de los pocos que comprenden que lo que hacemos está bien, el único que se sentaría con nosotros mientras vemos el mundo arder.
—¡Qué guasón eres! Si el mundo ardiera, tú arderías con él... Y yo. ¿De verdad quieres eso?
Se oyó cómo J se pasaba la lengua por enésima vez por los labios.
—¡Por supuesto que no! Yo quiero que nosotros ardamos en otras condiciones —Se rió, mientras la apretaba más contra su cuerpo.
—Ah, eso está mejor...
Las palabras huyeron de sus labios mientras veían cómo los agentes iban y venían alrededor del banco. El jefe de policía James Gordon... Jimmy, se encontraba allí, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina marrón y un cigarrillo entre los labios, que elevaba una nube de humo sobre su cabeza. Él ya sabía que ellos eran los culpables, por supuesto, y ahora debía tapar todas las pistas que les llevasen hasta ellos, tal y como había hecho con las anteriores. En la ciudad ya empezaba a oírse el rumor de que un justiciero que nadie conocía había comenzado a limpiar las calles de la peor calaña, pero a ellos no les interesaba la fama; solo buscaban salir de las tinieblas que se habían cernido sobre ellos cuando les pasó todo lo malo, y evitar que a otras personas les pasase lo mismo.
—Un mal día es todo lo que necesitas para reducir al hombre más cuerdo a la locura —solía decir J.
Y Harley estaba de acuerdo. Ella le decía cuando se pasaba con la ironía:
—Sonríes, sonríes, pero no es verdad.
—Tienes razón —respondía él—. Estoy tan profundamente lastimado que en lo único que me escudo es en una sonrisa. Todos me ven riendo, pero tú eres la única que me ves llorando. Por eso me enamoré de ti, Doctora Harleen Quinzel.
Ese título siempre le hacía reprimir una mueca.
—Va en contra de los principios de un doctor enamorarse de su paciente.
—Todos tenemos unos principios oportunistas.
No habían tenido un comienzo fácil. Se habían conocido porque él se había roto... O, mejor dicho: lo habían roto. Y ella lo curó lo mejor que pudo, ¡y se enamoró de él!, pero entonces a ella también la rompieron, y la baraja de cartas cayó sobre la mesa. Su perspectiva cambió, y decidieron verter todo su dolor en aquellos que les hicieron tanto daño.
—Por cierto... Tengo que comentarte algo.
Harley se removió entre sus brazos, volviendo a la realidad. Llevaba todo el día preguntándose cuál sería el mejor momento para contárselo...
—¿El qué? —se interesó él.
—Es importante...
—Cuéntamelo, mi vida —le dio la vuelta para quedar cara a cara, pero ella bajó la vista a sus botines y movió el bate con nerviosismo.
—Estoy embarazada.
Harley tuvo miedo de encontrar rechazo en su mirada. ¿Y si él no quería ser padre? Sin embargo, sus ojos verdes brillaban más que dos estelas, y la sonrisa que le cruzaba la cara era de verdadera felicidad y no su típica sonrisa egocéntrica.
—¿De-de verdad? —¡Hasta le temblaba la voz por la emoción!
—¡Sí! —Harley también sonrió—. Desde hace dos semanas...
—¡El asesinato de ese hombre que traficaba con mujeres del este! —Exclamó él, recordando nítidamente esa noche en el puente—. ¡Oh, Harley, soy tan feliz! —le sostuvo el rostro entre las manos, por el que comenzaban a deslizarse lágrimas de alegría, y le besó dulcemente los labios.
—Tendremos que hacer un descanso hasta que nazca el bebé —comentó ella cuando sus labios por fin se separaron. Le abrazó con fuerza, como si fuera su único pilar.
—Por supuesto —asintió él, mirándola con embeleso y fascinación—. Todo sea porque el pequeño o la pequeña esté a salvo.
Harley asintió.
—Lo estará. Vas a ser el mejor padre del mundo, Jack.
—Y tú la mejor madre... Le contaremos la verdadera historia de la sonrisa, ¿verdad? —se puso serio de repente.
Harley asintió, seria.
—Por supuesto.
J bajó el rostro para que sus ojos y sus labios quedasen a la misma altura.
—Te amo, Harley. Con locura.
—Yo también... Te amo con locura.


NOTA: Ni las fotos ni los gifs son de mi autoría. Gracias :)



6 comentarios:

  1. Tremendo relato , me despista un poco quien de verdad son los villanos , aunque no estuvo bien por la apariencia de ella el atrevimiento de él ... pero un poco exagerado el castigo , podría haberle valido con abrirle una sonrisa permanente ... pero tiene mucha carga el relato no te deja indiferente.
    Un abrazo.

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    1. ¡Hey, Campirela! Me alegro de que te hayas pasado a leer el relato. Precisamente buscaba esa confusión sobre: ¿quién es el villano? ¿y el héroe?
      Un besazo

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  2. ¡Hola! ¡Qué relato! La verdad es que nunca me hubiese imaginado semejante final con todo lo que venía pasando, el asesinato, el robo al banco ¿y un embarazo? Ha sido un giro argumental muy bueno., Me gustó que no se encasillaran ni como buenos, ni como malos. Aunque están locos, de eso no hay duda xD

    ¿Son el Jocker y Harley Quinn de 'El escuadrón suicida', no? Que los he visto muuy melositos XD

    ¡Un abrazo!

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    1. Ayyy, me alegro que te haya gustado *__*
      Es un relato que tiene ya un par de años (octubre de 2015, exactamente), y me encanta releerlo de vez en cuando por lo que significó para mí escribirlo. En verdad, cuando lo publiqué aun no se había estrenado la película de "El escuadrón suicida" jajaja Así que la mayoría de las referencias las pillé de las películas de "El Caballero Oscuro", fijándome sobre todo en Heath Ledger... aunque a todo le di mi toque ;)
      ¡Gracias por pasarte!
      Un besazo

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  3. Que mas te puedo decir, Dafne. El relato es verdaderamente escalofriante. Lo leí de un sopetón, me engancharon los personajes con sus diálogos. Me encanto la lección que le dieron al depravado. La fusión de lo bueno y lo malo en la narración te salio como guion de pelicula.
    Abrazo!

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    1. Qué ilusión al leer tu comentario, Yessy *///*
      Tenía cierta inspiración para darle vida a los personajes (aunque me basase en los de DC) y sus diálogos y escenas me salieron solos.
      ¡Un abrazo y gracias por leer y comentar!

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