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Capítulo 16: ¿Feliz? Año Nuevo



Los siguientes días en el complejo fueron tristes, tanto como unas Navidades sin nieve —típicas Australianas, ¡qué se le iba a hacer!— y tan llenos de preocupación como unas Navidades Australianas en las que nevase.
¿Cómo se podía celebrar la Navidad con tanta Muerte alrededor?
Para mí esa época solía ser feliz, aun dentro de esas riñas que siempre se despiertan con las reuniones familiares. Por regla general solíamos viajar a España para reunirnos, allá en mi ciudad natal, esa en la que hace tanto viento que en invierno la sensación térmica es de -40ºC y en verano llegamos a los 40ºC… ¡y el viento sigue sin parar!, como traído directamente del Sahara. De todas formas es una ciudad bastante tranquila, ni muy grande ni muy pequeña. Un poco seca, aunque tenga río, pero te acostumbras.
Las festividades siempre se viven a lo grande; las alegres charangas colorean las calles, cientos de personas se agolpan en las aceras para ver las procesiones, y cuando hay conciertos tiembla el mismo suelo.
Las de Navidades significan chiringuitos que venden churros, gofres, algodones de azúcar, golosinas y chocolate caliente, situados en la plaza más famosa, aquella en la que se halla la catedral que lleva su nombre. También implican la pista de patinaje que ahí mismo improvisan y el Belén a escala natural. ¡Casi puedo oler a regaliz, humo, frío e incienso! Por supuesto, son imprescindibles el gorro de lana, las bufandas y los guantes, aunque provengas de la helada Rusia; todos mis amigos de Europa del Este siempre han dicho que preferían el frío de allí, pues al menos no hacía tanto viento.
Tampoco faltaban las comidas con unos y otros abuelos, la llegada de mi primo y mi tía que vivían en la otra punta de España. Un par de años atrás, por ejemplo, viajaron con nosotros Mayrah y Eithan. Tuvimos que dejarles ropa de abrigo porque ellos no tenían ni una sola prenda, y la verdad es que fue muy divertido verlos tan tapados. Les enseñamos lo que era el frío de verdad, y un 26 de diciembre exactamente May y yo inventamos una nueva forma de pedir deseos: escribimos en unos papeles aquello que queríamos que se hiciera realidad, los quemamos en una cajita con un mechero y nos subimos a uno de los puentes más bonitos para, juntas, abrir la caja y que las cenizas se las llevara el cierzo.
Sin embargo también había algún año en el que nos quedábamos en Bayron Bay, y claro, entonces los planes se veían modificados ligeramente.











—“Guisantes súper finos”… ¡Esto valdrá! —Noa tiró la bolsa sobre la encimera, sin pensar en el golpetazo que les acababa de propinar a las pobres legumbres.
Era Noche Vieja en casa de los García Díaz, así que para nuestros padres implicaba encerrarse a cal y canto en su despacho conjunto para escribir como si fuera un día normal, dejándonos a mi hermana y a mí a cargo de la cena.
Como yo seguía dibujando, me gritó:
—¡Tú, niña extraña! ¿Me quieres decir cuántos guisantes pongo?
—Toca a un guisante por persona... —contesté vagamente. Llevaba semanas con una idea luminosa rondándome, y cuando eso me pasaba no podía quitármela de la cabeza hasta que no la plasmase en un boceto o, si podía ser, en la obra final.
—¡Será un guisante detrás de otro!
Como no contesté, oí sus pasos acercándose. Lo que no me esperaba es el golpetazo que me dio con una paleta en la cabeza.
—¡AU!            
—¿Me vas a ayudar o qué? Y deja de dibujarme o me vas a gastar —entonces reparó en que no se trataba de un dibujo de modelaje en vivo y en directo, sino en uno basado en una fotografía—. Oissssshhh, qué cuca era de pequeña… ¿para qué es este dibujo?
—Para Melodías Lunares.
—¡Tú también no! —Abrió mucho los ojos verdes, agitando sus tirabuzones rubios oscuros—. Ma’ y pa’ están escribiendo la historia, tú estás con la portada… ¡y yo estoy con unos tristes guisantes congelados!
Señaló la bolsa tirada de cualquier manera en la encimera.
—¿En serio vamos a cenar guisantes el último día del año? —Por fin me levanté, y Noa se adelantó para mostrarme el frigorífico—. Ah, vaya, tenemos… piña, queso, lomo, una manzana, media cebolla, jamón que nos enviaron de España, leche, dos hojas de lechuga… bueno, y los guisantes.
—¿Alguna idea, listilla?
—Saquear un supermercado —cerré de nuevo la puerta para que no se escapase el frío, aunque con el calor que hacía fuera daban más bien ganas de meterse dentro—. ¿Qué?
Enarcaba las cejas, dirigiéndome una mirada de condescendencia perfectamente natural.
—Está todo cerrado.
—Por eso dije “saquear”.
—¡Esto es serio, Cris! ¿Qué vamos a hacer de cenar?
—A ver, déjame pensar…
Al final concluimos que lo mejor era aprovechar todo lo que teníamos: cortar la cebolla y un poco de jamón para dorarlos a fuego lento y, en la misma sartén, añadir los guisantes, y de segundo podíamos hacer lomo con queso, piña y jamón al horno tal y como hacía nuestra abuela. No sería una cena digna de reyes, pero era mejor que nada.
Como a Noa le gustaban los cuchillos, ella se encargó de cortar todos los ingredientes; mientras, dejamos que el horno empezase a calentarse.
—Yo en mi tiempo libre cuento lomos —aseguró Noa mientras contaba los filetes, pero como las cuentas no le cuadraban al final exclamó—: ¡Bah! Yo ya no quiero lomos… ¡¡¡QUIERO SALCHICASSS!!!
Empecé a reírme a carcajada limpia.
—Huy, eso no suena muy bien fuera de contexto…
Noa me tiró el trapo.
—¡MALPENSADA! Pues es una pena que no tengamos… Ohhhh, me encanta esta canción: Two trailer park girls go round me outside, round the outside, round the outside…
Empezó a rapear y a bailar al son de Eminem.
¿Y yo qué? Pues me uní a ella, ¡qué si no!
Una vez caliente el horno, metimos la bandeja con el lomo-queso-jamón-piña en lonchas alternas sujetas unas a otras gracias a una cuerdecilla y nos pusimos con los guisantes. A medida que dejábamos de utilizar unos y otros utensilios los iba limpiando. ¡De ahí a Masterchef había un paso!
—Crystal, pon bien los paños —me riñó nada más verme poner una pila perfectamente doblada de paños en su lugar correspondiente.
—¡Pero si están bien!
Noa se acercó al armario para comprobarlo, abrió la puerta y puso cara susto. La cerró rápidamente y se giró, furibunda. Anticipando su reprimenda y quitándole importancia al asunto, puse un dedo sobre mis labios, mantuve una expresión lo más seria posible y dije al estilo de I am Batman:
—Shhhh, será nuestro secreto.
Mi hermana no pudo hacer nada más que reírse.
—Bueno, creo que ya hemos terminado… ¡ya solo queda esperar! —Alcanzó el móvil y yo me volví a sentar para continuar con el dibujo—. Jo, tengo que meterme canciones nuevas en el móvil.
—¡Pero si tienes tropecientasmil, Noa! —exclamé sin mirarla. Justo en ese momento estaba sonando una que no me sonaba para nada.
—Sólo son 208…
—Pues eso: tropecientasmil.
Pasó el tiempo, cada una en nuestras cosas, hasta que olimos cómo la carne empezaba a chamuscarse y decidimos sacarla del horno. Los guisantes también estaban ya hechos, así que lo único que faltaba era preparar la mesa y servir.
—¡Mamaaaaa! ¡Papaaaaa! ¡Ya está todo listo! —mi hermana abrió la puerta de su despacho.
—¡Noa, acabo de perder el hilo de una escena muy importante!
Pero ella, lejos de apenarse, exclamó:
—¡Perfecto! Lo encontrarás después… AHORA A CENAR.
Se los quedó mirando de forma displicente. Aguanté la risa cuando mis padres se miraron y decidieron levantarse, por fin, para reunirse con nosotras.
—Huum, menudo banquete nos habéis preparado —sonrió mi padre, en absoluto irónico—. ¿Habéis copiado la receta de la abuela?
—La hemos improvisado.
—La hemos mejorado.
Dijimos nosotras al mismo tiempo, por lo que mis padres comenzaron a reírse. Nos sentamos a la mesa y empezamos la cena.
—Este tipo de diálogos son los que me fastidian.
—¿A qbe te refbieres, ma’? —pregunté con la boca llena de guisantes, intrigada.
—A que en la vida real, en las series, en las películas, ya me entendéis, las personas pueden hablar todas al mismo tiempo. Pero a la hora de escribir, tienes que hacerlo en renglones separados y no se consigue a la perfección esa sensación de palabras mezcladas.
—¡Puedes poner una línea sobre otra! —propuso Noa—. No me miréis así… Es una buena idea.
—Sí que lo es, sí —asintió mi padre, pensativo—. Podemos probarlo en el nuevo libro y planteárselo a la editorial.
—¿Cómo?
—¡Yo os puedo hacer un boceto! —Mi hermana estaba cada vez más alegre por poder contribuir en una de sus novelas de forma directa y no sólo como inspiración para sus personajes—. Eso sí, querré derechos de autora.
—¡Pero si tienes trece años!
Noa adelantó la barbilla, haciéndose la ofendida.
—El mes que viene cumpliré catorce. Además, Crystal tiene quince y a ella la dejáis diseñar la portada y tener derechos de autora, no es justo…
Mi padre suspiró.
—Veremos lo que se puede hacer.
Noa dio palmadas de alegría y mi madre le atravesó con la mirada, furibunda, pero él se limitó a sonreír y seguir comiendo; yo había heredado su misma sonrisa.
Cuando terminamos la cena, mis padres volvieron a su despacho, con la condición de que media hora antes debíamos avisarlos para las campanadas. Haciendo tiempo, Noa y yo nos dispusimos a ver una película.
—¿Qué peli vamos a ver, Noa?
—La de “Como matar a tu hermana 2” —replicó, buscando una película en concreto en el disco duro.
—¡Vaya! El año pasado debí de perderme la primera.
Me empujó y caí entre carcajadas sobre el sofá. Por fin Noa se decidió y la película empezó.
—¿Soul Surfer?
—Sí, ya tocaba, ¿no crees?
Me encogí de hombros y nos dispusimos a verla.
Me sorprendió que estuviera basado en una historia real: Bethany Hamilton perdió su brazo izquierdo a los trece años en un ataque de tiburón, pero aquello no la detuvo en su carrera como surfista profesional. La película trataba dicho antes y después, AnnaSophia Robb poniéndose en la piel de la protagonista, mientras que Dennis Quaid y Helen Hunt interpretaban a sus padres. Me encantaron las escenas de surf, y la escena final… ay, fue preciosa.
—Te estás perdiendo un montón de pelis por salir con tus amigos —me reprochó Noa mientras cambiaba de nuevo a un canal de la tele.
Suspiré.
—Ayer echaban La Lista de Schindler y no la quisiste ver.
—Es que era en blanco y negro y me costaba mucho imaginármela en color.
Volví a suspirar.
—Vamos a avisar ya a mamá y a papá…
De España manteníamos las tradición de tomar las uvas con cada campanada; eso sí, en mi familia con la variación de que en vez de uvas tomábamos pasas. Esto se debía a que el año en el que mi madre estaba embarazada de mí, se olvidaron de comprar uvas y fueron los frutos secos los que las sustituyeron.
—¡Ay va! La cuenta atrás del fin de año va de derecha a izquierda del mapa, por eso los primeros somos nosotros en Australia y los últimos son Hawaii —cayó en la cuenta Noa justo cuando daban los cuartos.
—¡NOA, ATENTA!
—¡YA, YA!
—Cuidado, no os atragantéis…
—¡6!
—¡12!
—¡FELIZ AÑO NUEVO!








Noche buena, Navidad, Noche Vieja, Año Nuevo... ¡Miles y miles de recuerdos! Y aún recuerdo perfectamente cuando tenía 7 años y mis padres me contaron el secreto de los Reyes Magos, lo cual me dejó pensativa y me hizo desbaratar otras figuras mitológicas como el pajarito pinzón o el Ratoncito Pérez. Por supuesto debía mantener lo que sabía en secreto durante unos años más porque Noa aún era pequeña; cuando por fin le tocó descubrir el secreto, lo primero que hizo fue fruncir el ceño y preguntar si aun así iba a seguir habiendo regalos los próximos años.
Este año mi lista habría sido simplemente estar con mi familia.

Aquella noche parecía una excepción a la férrea norma de Ada sobre la bebida.
—¡Ciaran, que ronde esssssa botella!
El pelirrojo trataba de abrirse paso entre los reunidos con una botella bailando en la mano derecha. Estábamos los de siempre en el sitio de siempre, y me apuesto lo que queráis a que adivinasteis quién había gritado.
—No se podrá beber directamente de la botella, ehhh. Que a saber dónde han estado esas lenguas… sobre todo la tuya.
Zoon sonrió mientras se relamía.
—Pregúntasssselo a Taylor.
Todos estallamos en carcajadas cuando Tay le propinó un puñetazo al hombre lagarto, pero no lo desdijo.
—Venga, va, descórchala, que ya hay ganas de emborracharse. ¿Tú tienes más de catorce, no?
Me hice la ofendida.
—En cinco meses cumpliré diecisiete. Pero descuida, no bebo.
—¡Claro que sí! —me contradijo Ciaran, descorchándola con una navaja y produciendo ese PLOP tan característico que provocó que diéramos un bote en el sitio tanto nosotros como los de grupos adyacentes.
—Venga, un traguito no hace daño a nadie. ¡Al revés! Te calentará el corazón.
No iba a negar que necesitaba algo que lo hiciera.
Aquella noche en la Mesa de los Trece estaban todos los asientos vacíos, pues la habían llenado hasta arriba de regalos para un amigo invisible que habían organizado hacía unos días; yo no había participado, pues no conocía lo suficiente a nadie ni nadie me conocía lo suficiente a mí. De esta manera los Trece se habían repartido entre los grupos, y por ejemplo Max estaba en el nuestro junto con Mia, al igual que Ángela, aunque pareciera extraño ver a Ada y a su sombra separadas… que por cierto… ¿dónde se había metido la jefa?
—¡Vamos! ¡Alzad esas copas! Tú también, hermanita… y tú, preciosa —Ciaran me guiñó un ojo mientras me llenaba la copa hasta arriba de Champagne.
Di un trago; el líquido burbujeó en mi boca y no pude evitar acordarme del anuncio con las bailarinas de gimnasia rítmica.
—¿De dónde lo habéis sacado?
—Saqueando, cómo no. Siempre aparecen objetos nuevos reflejo del Otro Lado y ahora que es Navidad aún mejor para encontrar alcohol. El problema es encontrar comida en buen estado… ¡Pero esta vez hemos tenido suerte! Será por tu llegada, Crystal.
—Ya os dije que necesitabais nuevos saqueadoressss.
—Eh, que ella no fue al saqueo del alcohol, ese fui yo —aclaró Max, mientras bebía de su copa con una inusitada alegría.
—Y desde que ella ha llegado ha habido muchas más bajas, así que no sé dónde le ves la suerte. —Ángela también bebió, y puso cara de asco mientras se secaba el lunar, que había quedado manchado de champagne—. Anda, sírveme más.
Zoon puso los ojos en blanco pero no rechistó.
—Podríamos intentar no dissscutir.
—Haré lo que pueda.
La verdad es que en el tiempo que llevaba con aquellas personas, nunca las había visto tan alegres: las risas reverberaban por toda la sala y su felicidad habría sido contagiosa de no ser porque estaba sumida en mis propios pensamientos. De vez en cuando notaba el sonido como ruido a mi alrededor, y las únicas que apenas nos movíamos de nuestro sitio éramos Ángela y yo. Bebía de mi copa sin darme cuenta de que lo hacía, y de la misma manera Ciaran o Zoon la iban rellenando, así que pronto el alcohol se me subió a la cabeza, poco acostumbrada que estaba a beberlo. En un momento dado noté mojado mi rostro, y al llevarme las manos a las mejillas me percaté de que estaba llorando. Poco a poco Ángela se me había acercado y me susurró para que solamente yo la oyese:
—No seas llorica, niña… Hay cosas peores que las que has vivido.
Me levanté para irme a mi cuarto, pero ella me siguió y ¡menos mal que lo hizo! porque en el estado que estaba mi orientación se había anulado completamente y no lograba orientarme entre los sinuosos pasadizos, ni siquiera con ayuda del mapa.
—¡Déjame! —le imploré, una vez estuvimos completamente solas.
—¡¿Por qué?! ¿Acaso crees que eres la única que ha viajado desde el Otro Lado?
—¡Nooo, claro que no! ¿Pero acaso no puedo echar de menos a mi familia?
De repente me di cuenta de que había entrado en un pasadizo sin salida y no me quedó otra que darme la vuelta y enfrentarla. Ángela me recibió con los brazos cruzados bajo el pecho.
—Tienes mucho más de lo que yo tuve cuando llegué —se limitó a decir, con su mueca de asco cosida al rostro.
—¿Como qué? —mis lágrimas parecían no tener fin.
—Juventud, fuerza, salud… —La miré, sin comprender, y ella se limitó a sentarse contra la pared con dificultad, bebiendo sorbitos de su copa—. Cuando tenía diez años me diagnosticaron cáncer linfático. En el colegio siempre había sido de las mejores estudiantes, una líder nata, así que cuando ingresé, lo que más odiaba era el sentimiento de pena. Una vez en el hospital oí a dos hombres decir: “Pobrecita, tan joven y con cáncer” mientras me miraban, de manera que repliqué: “Al menos lo mío tiene cura”. Y lo superé. ¡Ya lo creo que lo hice! Al año y pico volvía a estar en el colegio. Pasó el tiempo, con controles médicos rigurosísimos. No decaí, pero tampoco estaba al 100%. Y con veinte años perdí mi reflejo y, dos años después, crucé sin querer al Otro Lado.
La escuché en silencio. Por fin había dejado de llorar, y la miraba con los ojos abiertos como platos.
—Fue en un autobús. Era por la noche, volviendo de trabajar. Apenas había gente, pero el conductor seguía parando en todas las marquesinas por si acaso. Sin embargo, hubo una en la que paró y ya no volvió a arrancar. Pasaron los minutos, de repente me di cuenta de que las ventanillas sí que me reflejaban, así que entre extrañada y eufórica salí y me encontré con un autobús abandonado que era imposible conducir. Alrededor los edificios tenían el mismo aspecto, ¡todo devorado por la vegetación! Encontré a Adelaida de una forma parecida a cómo la encontraste tú. O a cómo te encontró ella, mejor dicho. Ya llevo cinco años en este mundo, y no creo que vaya a volver. Ni yo. Ni tú. Ni nadie. Tú al menos estás sana. Pero yo aquí no tengo control de mi enfermedad, al menos no en la superficie… Por eso me estoy planteando si ir a algún nivel inferior. Pero sé lo que ocurre allí y se me quitan de la cabeza las dudas… No voy a dejar a Ada.
Me senté a su lado, pensativa. No se me ocurría qué decir.
—Lo siento.
—No quiero tu pena. Y aunque te haya contado mi historia, sigues sin caerme bien.
Lo comprendí: el haber superado un cáncer no quitaba el hecho de que ella fuera una cabrona. «Pero ni siquiera los cabrones merecen sufrir una enfermedad como esa», concluí.
—¿Por qué me la has contado?
Se encogió de hombros.
—Quería que supieras con quién estás hablando.
—Gracias, eres la primera que me cuenta su historia.
Aquello pareció sorprenderla y noté cómo se relajaba.
—Tenemos que ser fuertes…
Justo en ese momento Adelaida pasó por delante del túnel, y oímos cómo reculaba cuando nos percibió dentro de él.
—¿Qué hacéis aquí?
Ángela se levantó rápidamente.
—La nueva está un poco borracha y tuve que asegurarme de que no se perdiera.
—Ah.
Los ojos zarcos de Ada se clavaron en mí sin piedad, y por un sexto sentido supe dónde se había metido durante ese tiempo.
—¿Seguís pensando en lo que hacer con Athan?
—¿Pensarlo? Ya está decidido. —Nos pusimos de nuevo en movimiento, volviendo a la sala común—. Lo vamos a matar. Es lo más seguro para todos.
Tragué saliva.
—¿Y lo de viajar a los niveles inferiores?
Recordé las palabras de Ángela hacía apenas unos minutos.
—Eso es elección de cada uno… por supuesto, siempre y cuando no comprometa la seguridad de los demás. Además, el viaje hasta la puerta más cercana cuesta una semana como mínimo. ¿Y quién dice que no puedan jugarnos una emboscada? Los cazadores también pierden en este juego si no mueven el culo más rápido que de costumbre, de modo que el movimiento más lógico para ellos es esperar a que alguien quiera cruzar la puerta libremente para cazarlo y convertirlo en su esclavo. Ni por asomo nosotros nos vamos a librar del yugo. Pero vosotros sabréis, es vuestra elección.
—¡Adelaida, por fin has llegado! —Exclamó la primera persona que la vio llegar, y acto seguido se giró a la multitud—. Bien, ahora que estamos todos juntos, ¡toca abrir los regalos!
Volví a mi grupo, donde sus integrantes me dirigían miradas inquisitivas, pero las calmé con una leve sonrisa. Entonces presenciamos cómo las 55 personas del complejo recibían sus respectivos regalos, que iban desde libros, ropa y diferentes objetos encontrados en los días de rastreo, hasta que sobre la mesa sólo quedó uno, el quincuagésimo sexto regalo.
—Y éste es para… ¡Crystal!
Todos se giraron para mirarme, y noté que mi rostro se teñía de rojo.
—¿Para… mi?
El hombre asintió con la cabeza y me tendió un paquete que, longitudinalmente, medía más que yo; supe en seguida de qué se trataba.
Rompí el envoltorio y saqué la tabla de surf con la que había llegado a ese lugar. Me sorprendió que la hubieran reparado, pintado y barnizado de nuevo, y se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas. También supe quién había sido.
Me giré hacia Max. Él, con las manos en los bolsillos, se encogió de hombros y me dedicó su característica media sonrisa. Mia nos miró con el ceño fruncido y le dediqué una sacudida de cabeza en señal de apaciguamiento.
—Es una tabla chulísima, Cris —Ciaran se puso a mi lado para apreciar los dibujos de cerca.
—Sí… Me la regalaron mis mejores amigos el día de mi cumpleaños.
—¿Cuándo es tu cumple?
—El 8 de mayo —respondió Max por mí.
—¡Oh, eres tauro! —exclamó Taylor—. Yo soy Capricornio.
—Y yo rompí el cascarón el 13 de abril… ¿Podemos pasar a otra cosa?
—Zoon, por muy reptiliano que seas, todos sabemos que naciste como nosotros.
—¿Y tú sabes cómo nací yo o cómo nacieron los demás? Odio las presuposicionesss.
—Habló el primero en presuponer.
—Pero nunca lo hago con condescendencia.
Y con aquella discusión que, afortunadamente, desvió el foco de atención, la gente volvió a internarse en sus propias conversaciones; ya quedaba menos tiempo para cambiar de año y debíamos prepararnos.
—¡Cuéntanos cosas sobre tus amigos y el surf, porfa! —me pidió Taylor, así que dediqué a los atentos oídos de ella, Zoon, Ciaran, Mia, Max y otras personas que poco a poco se fueron sumando, las mejores historias de surf que conocía, tanto basadas en mi propia experiencia como las que había oído sobre otras personas.
—… y ese día Billy volvió a surfear, venciendo su miedo a los tiburones. Sin embargo no puedo decir lo mismo de su hermano…
—¡Faltan cinco minutos!
Acabé rápidamente la historia y dejé que volvieran a llenar mi copa para el brindis. Reconozco que en ese momento me encontraba en paz conmigo misma y la situación en la que me encontraba, sentada sobre la tabla de surf re-regalada, y pensé que quizás no sería un año nuevo tan horrible, pese a todo lo ocurrido.
Las voces del complejo comenzaron a bramar al unísono las 12 “campanadas”. Todos parecían alegres, quizás por el alcohol, quizás por la idea de haber sobrevivido un año más, o puede que por una mezcla de ambos.
Sonreían, con los ojos brillantes.
Mientras, doce pensamientos cruzaban mi mente.
Uno. Mi familia.
Dos. Mayrah.
Tres. Eithan.
Cuatro. Burilda.
Cinco. Surf.
Seis. El Otro Lado.
Siete. Monstruos.
Ocho. Cazadores.
Nueve. Adelaida.
Diez. La gente del complejo.
Once. Athan.
Doce. Alter Ego.
Con esa última “campanada” todos volvimos a beber de nuestras copas y a vitorear. Nos abrazamos. Las parejas se besaron con pasión, Max y Mia enredándose y Taylor prácticamente se abalanzó sobre Zoon. Ángela y yo nos quedamos observando el fervor de nuestro alrededor hasta que Ciaran llegó a mi lado e hizo encontrar nuestros labios.
Oí nuevas exclamaciones, incluida la mía propia, y me sorprendió que en vez de apartarme decidiera dejarme llevar por aquel beso. Le rodeé el cuello con los brazos para pegarlo más a mí y entonces fue él quien dejó escapar una grata exclamación de sorpresa.
Hoy en día aún recuerdo su boca: fina y célebre, con sabor a bailarinas de gimnasia rítmica, con su lengua saliendo a jugar con la mía una vez constatado que aceptaba su beso.
Así que fui a su encuentro.







¡Hey! Hacía demasiado tiempo que no subía capítulo de Alter Ego, ¿no creéis? ¿Qué os ha parecido? Como podéis comprobar he hecho unos cambios en el diseño, que también se pueden apreciar en los anteriores capítulos. ¡Espero que los próximos no tarden tanto como éste!
Hasta la próxima entrada.


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