Despedidas.
Nunca son tal y como lo planeas. Escribiría unas instrucciones, igual que hice
con “Instrucciones para saber cuándo estás enamorada”, pero en este caso no
servirían para nada.
Nos
“enamoramos” de lugares, películas, canciones,… de personas diferentes, en
diferentes contextos y etapas de nuestra vida, y aunque hay grados de amor,
todos tenemos un sentimiento similar.
Buscamos
el amor, no las despedidas, aunque a veces amar signifique decir adiós.
Las
despedidas son inevitables.
Las
personas entran en tu vida, las quieres más o menos, y tarde o temprano se van.
Pero no del todo, pues durante el tiempo que has vivido junto a esa persona,
ésta ha escrito una parte del libro de tu vida. Te puedes preguntar: ¿Qué
hubiera pasado si no la hubieras conocido? Te encuentras con esa persona e
instantáneamente se activa un reloj que va marcha atrás, aunque la mayor parte
de las veces se ignora cuál es el tiempo que te queda hasta la despedida.
En
este caso, ambos lo sabíamos: 10 días.
El
reloj se activa, te tranquilizas pensando que aún tienes tiempo,
que no hay que preocuparse, y el capítulo se empieza a escribir con la mano
invisible del destino… y de tus propias decisiones. Ese capítulo está lleno de
conversaciones, miradas, risas, y mucho más. Amistad. Pero llega el quinto día
y te empiezas a agobiar. Quieres detenerte, o al menos deseas que el reloj vaya
más despacio, pero el tiempo siempre transcurre hacia delante; Siempre.
Y en un abrir y cerrar de ojos llega la despedida.
Os
habéis hecho fotos, intercambiado los Whatsapp, pero no es suficiente.
No.
No es suficiente cuando ya tienes las maletas abajo y estás esperando al taxi
para ir a la estación. Piensas en hacer y decir un millón de cosas, pero ambos
estáis paralizados.
En
la espera intercambiáis palabras sin sentido. Algo tira de vosotros para un
abrazo, un beso, algo, ¡cualquier cosa!
Llega
el taxi, con él, las últimas palabras:
—A
ver si nos volvemos a ver… —dice. (...¿Creerá en una segunda oportunidad?)
—Adiós…
Te
metes en el automóvil y te pegas en la ventanilla para captar una última
imagen. Ves que mueve la mano. El conductor pone el motor en marcha y empezáis
a alejaros. Cuanta más distancia hay, más pesa, y eso que al principio no
creíste que fuera a afectarte tanto. Quieres parar el taxi y echar a correr
hacia esa persona para despedirte de verdad, pero eso solo ocurre en las
películas.
Le
das vueltas a la cabeza durante todo el trayecto.
Llegas
a la estación.
Coges
el tren.
Éste
se pone en marcha y la realidad te golpea, aclarándote las ideas:
¿Sabéis?: cambio
el Adiós por un Hasta luego,… Quizá con suerte nos volvamos a ver…
