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You are the wilderness

¡Muy buenas, bloggeros!

¿Qué estáis escuchando en estos momentos?

No sé vosotros, pero yo casi siempre ando con música; cuando estudio, mientras dibujo, mientras escribo, cuando hago deporte, la mayor parte de las veces que bailo sí, porque hay veces en las que bailo sin música, cuando realizo las tareas de casa... En conclusión: soy un tanto melómana.


 
No es que antes ignorase ese hecho, pero de lo que no me había dado cuenta es que en la mayoría de las entradas del blog como mínimo suelo nombrar una canción o un grupo de música, de la misma manera que en las escenas que escribo suelo introducir melodías de fondo o mis personajes hablan de sus artistas favoritos (véase el Capítulo 3 de Alter Ego, por ejemplo). Además, casi todos los relatos han sido escritos mientras escuchaba ciertas canciones, así que he decidido plantear una nueva sección en la que podréis escuchar las melodías que me inspiraron.

¿Qué os parece?

Como inauguración, os presento la canción con la que me ayudó a darle los últimos retoques al relato que, a su vez, fue el primero que colgué en el blog: 



Artista: Voxhaul Broadcast
Título: You are the wilderness
Escuchada por primera vez: Episodio "Prey" de la serie The Walking Dead (T3)


EL LOBO

¡Hey! He estado dándole muchas vueltas al primer relato que colgaría, y al final me he decantado por este, titulado: EL LOBO.
Lo he elegido porque la primera vez que me presenté al concurso literario de mi instituto lo hice con este y con otro (que es probable que cuelgue más adelante)
Por entonces cursaba 3º de ESO (curso 2012-13). Recuerdo que presenté ambos relatos en abril y que el voto del jurado se supo en mayo. Sin embargo, he de decir que la historia de EL LOBO la llevaba rumiando desde el verano del '12, cuando empecé a escribirla. Pulí y pulí muchos detalles antes de presentarlo, y no fue hasta el último momento (y tras saber que podía presentar más de dos relatos) cuando me decidí.
¡Con EL LOBO gané el primer premio de mi categoría (que incluía en ese momento 1º, 2º y 3º de ESO)!
Así que esa es la razón por la que es tan especial para mí, y espero que a vosotros también os guste.
Con un beso y un abrazo, os dejo con la lectura:


EL LOBO

Siempre recordaré la noche que te conocí...

-¡Hasta la semana que viene, abuela! -Me despedí, abriendo la puerta.
-Ten cuidado al volver… ¡Y agradécele a tu madre las pastas que ha preparado!
-¡Vale! Nos vemos, Olivia…
La mujer que cuida a mi abuela me sonrió desde la cocina. Hice un último gesto con la mano y cerré la puerta. Las luces del recibidor parpadearon, y me  coloqué la bufanda y el gorro mientras esperaba al ascensor. Mientras los números de la máquina indicaban cómo ésta iba subiendo, pensé en el examen de economía de mañana que ya me había preparado pero que sin embargo me vendría bien repasar.
El ascensor se abrió al llegar al número 5, la planta en la que me encontraba, y  cuando entré, enseguida accioné el botón de “Planta Baja”, en la parte inferior de la placa de metal empotrada contra la pared. Me miré al espejo durante el descenso. No me parecía a mi abuela. Ella había sido morena de joven, con los rasgos finos y los ojos marrones almendrados. Sin embargo yo era rubia, tenía los labios gruesos y los ojos azules de la familia de mi madre, que siempre causaban sorpresa cuando le decía a la gente que tanto mis padres como yo éramos españoles.
Cuando salí del portal, la oscuridad y el frío del invierno me dieron la bienvenida. Hacía tiempo que había caído la noche en Zaragoza, y el cielo se había cubierto de densos nubarrones que impedían ver el ojo de la luna. No había ni un alma y me sentía incómoda, observada…
Recorrí las calles desiertas evitando detenerme. Estoy acostumbrada a ir y volver de casa de mis abuelos andando, de modo que aquella noche no fue una excepción. Pronto llegué a la entrada del parque. Me asomé al andador,… y  entonces dudé.
Miré mi reloj, nerviosa. Las nueve y media. Sentí que el alma se me caía a los pies al percatarme de lo tarde que era; sabía que el camino a través del parque era el más rápido, pero también el más peligroso. El viento empujó mi espalda, como una señal. Pensé que ninguna de las veces que había vuelto por ahí me había pasado nada.
-Mamá, me vas a matar… -Susurré para mi misma, acordándome del rostro de mi madre, y haciendo acopio de valor, di un paso.
A mi izquierda quedaban edificios y tiendas que habían cerrado hace rato. A mi  derecha había bancos de hormigón, árboles, una de las zonas infantiles y más árboles; el chirrido de los columpios me provocó un escalofrío.
Comencé a andar más deprisa, ignorando que tus ojos devoraban cada uno de mis movimientos en la distancia.
Di una vuelta más a mi bufanda, sin detenerme, pues cuanto antes saliera del parque, mejor. Los árboles comenzaron a abrazar el andador a medida que me  acercaba a la primera bifurcación de caminos… Ahí fue cuando te oí.
Apenas fue un susurro de respiraciones que se sumaron a la mía, y supe que querías hacerme ver que no estaba sola. En ese momento solo pensé en correr.
Mi cuerpo se puso en movimiento instintivamente y me introduje entre los árboles en un abrir y cerrar de ojos; sentía tu presencia como el aliento de un animal sobre mi garganta. Me desabroché los botones del abrigo para obtener más ligereza. Mis botas crujían por culpa de las ramas y la arena del suelo y mi bufanda aleteaba entorno a mi cuello. Oía tu respiración, me imaginaba tu cuerpo acechándome en la negrura, y entonces me vi en el sprint de una carrera a muerte. El sudor frío descendía por mis sienes y una ráfaga de aire me arrancó el gorro de la cabeza. Mamá, me vas a matar… ¡Y tanto que me iba a matar cuando se enterase de tu persecución!
Tenía las piernas doloridas por el esfuerzo y el corazón me amenazaba con salírseme del pecho. Todo lo veía borroso…
Y entonces llegué a un callejón sin salida. A mi derecha quedaba una farola. En frente, una serie de árboles que hacían del camino infranqueable. Mierda, pensé, ya que con mis quince años tenía que conocer este parque como la palma de mi mano.
-¿Has perdido algo, Caperucita?
Tu voz sonó a mis espaldas, dulce y fiera; fue como si me susurrases las palabras al oído. Con la sensación del puño en el estómago, di media vuelta.
Estabas recostado contra el tronco de un árbol, inclinado levemente hacia delante y con mi gorro rojo entre las manos; una gota de color en un mar de sombras. Tú pelo, negro y corto, apuntaba mil direcciones diferentes sobre tus orejas, y tus labios eran simplemente perfectos.
-¿A dónde vas, Caperucita?