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MICRORRELATO PARA SAN VALENTÍN





…una mota de polvo.
Volaba de un lado a otro, errante, dejándose llevar por el viento.
De vez en cuando se posaba en la estantería de alguna casa y formaba, aunque fuera por unos días, parte de la vida cotidiana de una familia. Luego, cuando esa familia decidía limpiar, volvía a suspenderse en el aire y se escapaba por la ventana más cercana en busca de nuevas aventuras.
Viajó de un continente a  otro.
Se posó en la maleta de un mercenario y llegó a África. De África se posó en la chaqueta de un turista y trabó amistad con una pelusilla de algodón. Cuando el turista volvió a su país, América del Sur, la mota de polvo fue arrastrada hacia el norte junto con la pelusilla. Ambas jugaron a cazar huracanes en Texas y a ser arrastradas por los tornados; juntas recorrieron los monzones de Asia, atravesaron brisas marinas y brisas de montaña hasta llegar a Europa.
Un día la mota de polvo quedó atrapada en la respiración de un humano durante unos minutos que a la pelusilla se le hicieron interminables y luego volvió a salir. Con semejante susto, la mota y la pelusilla se dieron cuenta de que estaban enamoradas, y tuvieron la sensación de estar suspendidas en un rayo de sol; su amor era insignificante, pero también hermoso.
Guiadas por esa luz, comenzaron a ascender, ascender y ascender. Sin embargo, la pelusilla pesaba demasiado y no consiguió pasar al otro lado de la atmósfera, así que con mucho dolor, tuvieron que separarse. La mota llegó al espacio y conoció extrañas motas de polvo procedentes de nebulosas y cuerpos interestelares. La pelusilla volvió a caer y terminó en la chaqueta de una niña de once años y se enamoró de otra pelusilla.
Con el paso del tiempo la pelusilla susurró al oído de la niña su historia, y la niña decidió escribirla para que no cayera nunca en el olvido.





La niña comprendió de que al fin y al cabo todos somos motas de polvo y pelusillas.


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