Cap 1. VEO FUEGO
Allí estaba ella. Tan hermosa
como siempre, sonriéndome con sus ojos azules y saludándome con su cabello
rubio, largo hasta la cintura, que ondeaba con el viento; los mechones parecían
decir ¡Hola, hola! con cada latigazo. Le envié una sonrisa de labios que no
tardó en recibir una respuesta, y me sentí el ser humano más feliz del planeta.
Quise acercarme, pero el grupo de estudiantes nos arrastraba hacia el campo de
tiro y la marea de personas nos engulló antes de dar ningún paso el uno hacia
el otro.
Me abrí un poco la cremallera de
la cazadora, un poco asfixiado por la multitud y el incipiente cambio de
estación. El invierno estaba retirándose, por lo que los profesores habían
decidido hacer una excursión al Club de Tiro en vista de los “Juegos Olímpicos”
en los que íbamos a participar todos los institutos de la ciudad. Era la
primera vez que se realizaba algo como aquello, y cada uno de los centros debía
encontrar un grupo de atletas de distintas modalidades, tanto de chicas como de
chicos, para contribuir a la causa, pues el dinero de las entradas estaría destinado
a una organización benéfica para luchar contra el cáncer de mama. Por supuesto,
no era obligatorio realizar las pruebas para descubrir si eras o no una de las
estrellas del evento, pero a todos los estudiantes nos gusta perdernos clase de
vez en cuando.
¡Así que allí estábamos! En
cuanto llegamos a la zona de tiro, nos separaron en varios grupos para poder
examinar con mayor facilidad nuestro potencial. Por un instante me dio un
vuelco al corazón al pensar que no me había tocado con ella, pero entonces…
—¡Hey, Ed Sheeran!
Lo primero que vi fue sus
converse lilas y azules tuneadas con calaveras, barcos y mares estrellados,
después unas piernas largas enfundadas en unas mallas negras y luego una
cazadora en cuyos bolsillos guardaba las manos.
—¡Oh! Pensé que te tocaba en otro
equipo Duff…
Seguimos al grupo, caminando el
uno al lado del otro.
—Hombre, ¿si no haces más que
mirar al suelo cómo me vas a ver? —me dio un empujón amistoso que me hizo
trastabillar, y comenzó a reírse con su voz cantarina.
—¡Bah! El suelo es muy
interesante… Además, ¿cuántas veces tengo que decirte que no me llames así? —me
quejé, devolviéndole el empujón, por lo que tuvo que agarrarse a mi brazo para
no caerse.
—¡¡¡Shhhhhhhhh!!!
Tuvimos que aplazar nuestra
conversación porque habíamos llegado a nuestra zona de entrenamiento y debíamos
escuchar las instrucciones de nuestro monitor, equiparnos y situarnos
“ordenadamente” frente a nuestras respectivas dianas.
Tres cuartos de hora después, la
vasta extensión de hierba comenzaba a recibir las primeras saetas de prueba. El
ejercicio consistía en tratar de acertar el mayor número de flechas posibles en
la diana a 30 metros
en la primera ronda. Entonces, se eliminarían a aquellos que menos flechas hubieran
acertado, mientras que el resto pasaría a la ronda de los 50 metros y así
sucesivamente hasta llegar a los 90 (si es que alguien lo conseguía).
—Lo que te estaba diciendo… Que
no me llames Ed Sheeran… ¡No me gusta!
Duff puso los ojos en blanco.
—Es que pareces su hermano
pequeño, E-R-O-S —dijo deletreando mi verdadero nombre.
—¿Lo de "pequeño" va
con segundas? —Me hice el ofendido, mientras preparaba mi primera flecha; aquella
era la primera vez que sostenía un arco, pero me sentía poderoso.
—¡Por supuesto que sí! Pero yo no
tengo la culpa de que seas una cabeza más bajito que la media —exclamó,
riéndose de nuevo y disparando por primera vez; la flecha silbó en el aire,
pasando la diana, y se clavó varios metros más adelante.
—¡Mira que eres "mala"!
Y mala disparando, también...
―¿Y tú qué sabes a dónde estaba
apuntando? ―se retiró el pelo del hombro, orgullosa―. Una hormiga me molestaba
el paisaje.
―Anda, aprende del maestro…
―Levanté el arco, tensé la cuerda, llevándomela a la altura de la boca, tal y
como nos habían enseñado, y disparé:
La saeta se clavó justo en el
centro de la diana.
Al ver que mi amiga se quedaba
boquiabierta, me dispuse a preparar el segundo disparo; no quería que pensase
que había sido la suerte del principiante. Llevé una mano a mi aljaba y…
—¡Eh, pelo zanahoria! ¿No eres
demasiado pequeño para jugar con cosas de mayores? —La voz provenía de la fila
de al lado—. ¡Te has equivocado de lugar, canijo! ¡Deja a los hombres de verdad
disputar la prueba entre nosotros y quítate de en medio!