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Proyecto Kinky: Capítulo 4

 
 
 

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Título: Eric, con ilustraciones de alas en los laterales

Capítulo 4. Esclavo

—¿Has conocido a alguien, verdad?
Georgina era alta, delgada y rubia, con el pelo largo y rizado como una leona. También había heredado los ojos verdes de la familia, y cuando te miraba daba la sensación de que podía leerte el pensamiento.
—Sí. —Era imposible mentirle y tampoco le gustaban los rodeos en las conversaciones—. Se llama Angy. La conocí el martes por la noche y ayer tuvimos nuestra primera cita.
Estábamos en el porche tomando café mientras vigilábamos a los niños, que estaban jugando en el jardín. Nuestros padres y su mujer seguían en el salón, así que estaba claro que quería aprovechar este rato a solas para cotillear.
—Pasasteis la noche juntos, ¿verdad? —Me sonrió con una mueca felina—. Se te notaba diferente cuando me respondiste al teléfono, hermanito.
—Ya... Tu llamada fue tan oportuna como siempre, Gina.
Enarcó una ceja mientras alzaba su taza.
—Te llamé a las once de la mañana, Eric.
—¡Es sábado! Y te recuerdo que se puede tener sexo a cualquier hora del día.
—No cuando tienes a dos diablillos correteando por casa.
Resoplé. Los diablillos estaban jugando en la arboleda, riéndose y gritando: “¡Voy a convertirme en el Rey de los Piratas!”
—Bueno, vosotras elegisteis ser madres —apunté.
—Hablando de elecciones... ¿Cuándo tienes la prueba médica?
Oh, Gina era experta en darle la vuelta a las conversaciones.
—El mes que viene —respondí escuetamente.
—Y Angy... ¿Es una mujer cis?
Intuía por dónde iban los tiros.
—Sí, por lo que tengo entendido es una mujer cis. Y antes de que preguntes: no, aún no se lo he comentado. ¡Nos acabamos de conocer!
Levantó las manos en gesto apaciguador.
—A ver, yo también pienso que aún es pronto para sacar el tema. Pero es un tema bastante serio. Tanto, que puede ser determinante a la hora de que ella decida mantener una relación contigo.
—Soy consciente de ello. —Entrecerré los ojos—. Pero si yo no puedo darle lo que ella desea, simplemente tomaremos caminos separados, al igual que pasó con Sophie y con Joel.
—¡Entonces sí te planteas la posibilidad de tener una relación estable con ella!
Su entusiasmo me sacó una carcajada.
—A ver, no fue solo un rollo de una noche para liberar tensión... Creo que desde el primer momento conectamos, ¿entiendes?
—O sea que ya tuvisteis sexo el martes. —Volvió a enarcar una ceja.
Vigilando que los niños estuvieran lo suficientemente lejos como para no escuchar nuestra conversación, le conté por encima nuestro primer encuentro.
—¡Joder, hermanito, cómo te lo montas! —Silbó—. La verdad es que mí me daría miedo subirme contigo en ese cacharro verde.
—Eh, eh, no insultes a mi preciosa Kawasaki.
—¿Y cuándo habéis quedado de nuevo?
Por un momento mis ojos se posaron en mi móvil, que había dejado bocarriba sobre la mesa para estar pendiente de las notificaciones. Sin embargo, Angy aún no me había escrito.
—Esta noche, inicialmente.
—¿Quedar con quién?
Musa se sentó al lado de su mujer y posó un beso en sus labios. Al contrario que mi hermana, era bajita, robusta y tenía el pelo corto moreno. Su piel y sus ojos eran oscuros, de modo que cuando sonreía sus dientes parecían perlas.
—Con Angy, una chica que ha conocido esta semana —respondió mi hermana.
—¡Gina!
—¿Qué? Ya sabes que no me gustan los secretos.
Cuando empleaba ese tono parecía volver a tener quince años, en vez de treinta y dos.
—No es ningún secreto, pero tampoco te correspondía decirlo.
Musa nos miraba discutir con aire divertido.
—Tiene nombre de canción —comentó entonces, desconcertándonos—. Angie —matizó—, la canción de los Rolling Stones.
—No la conozco —admití.
Mi hermana negó con la cabeza, como si estuviera decepcionada. Fue a decir algo, seguramente una de sus mejores pullas, pero justo en ese momento la pantalla del móvil se iluminó y aparecieron varios mensajes. Atrapé el aparato antes de que Gina o Musa pudieran leerlos por encima. ¡Y menos mal que lo hice! Pues Angy me describía la fantasía que quería cumplir aquella noche.
«Perfecto», respondí.
—Uy, uy, uy, vaya sonrisa te han sacado esos mensajes... La noche promete.
—¡Tío Eric! ¡Tío Eric! ¡Deja el móvil y ven a jugar!
—¡El deber me llama! —Exclamé para mi hermana y mi cuñada, dejándolas con las ganas de continuar la conversación.
Apuré el café que quedaba en mi taza, guardé el móvil en el bolsillo y, apenas unos segundos después, me convertí en pirata junto con mi tripulación favorita.
***
Skeleton Moon tenía ese ambiente febril tan característico de sábado por la noche. Una marea de cuerpos bailaba al son de música dark disco, tan pegados unos con otros que costaba distinguir dónde acababa uno y dónde empezaba otro. Busqué a Angy mientras me movía contra las paredes de la sala...
—Hey, guapo. ¿Te apetece bailar?
Por un momento pensé que me había interceptado una elfa oscura, pues se trataba de una chica tan alta como yo, delgada, con la piel casi negra y orejas ligeramente puntiagudas.
—No, gracias, estoy buscando a alguien —le contesté con suavidad e intenté seguir mi camino.
Sin embargo, ella me volvió a interceptar.
—Desde aquí no vas a ver nada, guapo. —Llevaba lentillas de color, de modo que sus ojos refulgían plateados—. ¿Y si te vienes conmigo a la pista de baile? Quizás ahí la encuentres antes.
Dudé.
—Venga, solo una canción —insistió.
Miré de nuevo hacia la marea de cuerpos.
—De acuerdo —accedí.
Sonrió. Sus dientes eran puntiagudos, como si se los hubiera afilado para que tuvieran un aspecto sobrenatural. La seguí y comenzamos a bailar al ritmo de Re (Visit) de Fee Lion.
Estaba claro que se estaba esforzando en robar toda mi atención con sus movimientos, pero mis ojos buscaban sin descanso a Angy; cuando la encontré, fue como si mi corazón fallase un latido y el aire se me escapó de golpe de los pulmones.
Su pelo caía perfectamente liso a cada lado de su cabeza, de modo que los mechones blancos enmarcaban su rostro. Sus ojos azules estaban delineados con una raya gatuna, se había colocado un aro completo en el septum y sus labios eran del color de la sangre. Alrededor de su cuello mostraba un collar de perro y su ropa consistía en un corsé, unos pantalones ajustados y unas botas de tacón de aguja y caña alta hasta la rodilla. Estaba... Era impresionante.
Angy también me había encontrado y sus pupilas se clavaban alternativamente en mi compañera de baile y en mí. «Ojalá no sea celosa», pensé. Decidí provocarla un poco para estudiar su reacción: agarré a la elfa de la cintura y la empujé contra mis caderas mientras me movía al son de la música. A esta pareció gustarle mi cambio repentino de actitud y deslizó sus dedos terminados en uñas larguísimas por mi pecho; mi camiseta estaba fabricada con el mismo material que un leotardo de malla, así que se trasparentaban mis tatuajes.
—¡Vaya escaparate! —Exclamó, mordiéndose el labio inferior con sus puntiagudos dientes.
Continuamos bailando, intercambiando sensuales movimientos hasta que terminó la canción.
—¿Estás seguro de que no quieres bailar más conmigo?
Asentí con la cabeza.
—Ya he encontrado a la persona que estaba buscando.
Sus ojos plateados siguieron la línea de los míos.
—Fiuuuuu —silbó—. Sí que es guapa, sí. Pasadlo bien. Y si cambias de opinión, estaré por aquí.
Me dedicó un guiño y se perdió de nuevo en la pista de baile. Dejé escapar una carcajada y me dirigí hacia donde se encontraba sentada Angy, en el mismo banco en el que nos habíamos estado enrollando la primera noche.
—Buenas noches —saludé, tanteándola.
Las comisuras de sus labios estaban ligeramente elevadas hacia arriba.
—Buenas noches, Eric —respondió sin levantarse—. ¿Era una amiga?
Oh, iba directa al grano. Una lucecita de “¡Peligro!” se encendió en mi cerebro.
—No, la acabo de conocer.
—Ah. ¿Estabas intentando ponerme celosa? —Entornó los ojos.
Pillado.
Me agaché doblando las rodillas de modo que quedásemos más o menos a la misma altura.
—Puede ser. ¿Te has puesto celosa?
—¿Por qué iba a estarlo? Primero, no eres nada mío ni yo soy nada tuya.
—Todavía —me atreví a añadir. ¿Estaba enfadada? Su mirada ardía, azul.
—Todavía —convino, y las comisuras de sus labios se elevaron un poco más—. Segundo, no me gustan los celos.
—A mí tampoco.
—Y tampoco me gusta que me pongan a prueba. —Mi sonrisa quedó congelada—. No lo vuelvas a hacer, Eric. Me gustan los juegos, no que jueguen conmigo.
Tenía toda la razón y me sentí como un gilipollas por haberla provocado de esa manera.
—Lo siento. No volverá a pasar, Angy —le prometí sinceramente.
Su expresión se relajó.
—Además, ¿por qué habéis parado? Me gustaba el espectáculo.
—Porque ya tenemos planes preparados, tú y yo. —Atrapé su mano derecha para besarle el dorso con suavidad—. Pero, si quieres, otra noche podemos invitar a una tercera persona.
Angy se rió, y por un momento su risa cantarina eclipsó cualquier otro ruido del local.
—Mejor centrémonos en esta noche —replicó, retirando su mano. Seguidamente se desabrochó el collar y me ordenó—: Acércate un poco más.
Cuando quedé a su alcance, me abrochó el collar justo debajo de la manzana de Adán. Tragué saliva. Después se inclinó hacia delante hasta que su boca quedó a la altura de mi oreja izquierda; su pelo me hizo cosquillas en la mandíbula y mis ojos se perdieron en su escote.
—Esta noche vas a ser mi esclavo —susurró—. Y, por supuesto, yo voy a ser tu Ama. Cada vez te dirijas a mí, me llamarás de esa forma. ¿Lo has entendido?
No me costaba en absoluto emplear ese término; al revés, lo deseaba con toda mi alma.
—Sí, Ama.
Cambió de oreja, provocándome escalofríos.
—Buen chico.
Llevaba toda la tarde muriéndome de ganas por descubrir cómo era Angy como femdom. Ahora, estaba a punto de vivirlo.
—Levántate. Vamos a bailar.
Cuando Angy bailaba el resto del mundo simplemente desaparecía.
Se colocó de espaldas a mí, subiendo los brazos por encima de su cabeza y moviendo su culo contra mi entrepierna. Su espalda se arqueaba de modo que parecía un puente entre nuestros cuerpos. Fui a acariciarla por encima del corsé, pero ella negó con la cabeza.
—No te he dado permiso para tocarme, esclavo —murmuró, pero yo la oí clara como el agua.
Retiré las manos, convirtiéndolas en puños, y las coloqué detrás de mi espalda para auto-controlarme.
—Perdóname, Ama.
—Hmmm... Y no apartes las caderas. Quiero notar en todo momento lo perro que te pongo.
Mi cabeza quedaba a suficiente altura como para ver desde arriba la parte superior de su torso. El sudor perlaba su piel; las gotitas se deslizaban por su cuello desnudo, bordeando la curva de sus clavículas, perdiéndose en su escote... Me imaginé atrapándolas una a una con mi lengua, y mi erección palpitó contra su culo.
Estuvimos bailando aproximadamente media hora. Entonces ella chasqueó los dedos y me indicó que saliéramos de la pista de baile.
—¿Tienes sed?
—Sí, Ama.
Nadie parecía estar al tanto de nuestra dinámica. Y, si acaso alguien lo estaba, lo pasaba por alto.
—Ve a por una botella de agua.
Me dirigí a la barra para cumplir la orden lo más rápido posible.
Angy abrió la botella y dio largos tragos, saciando su sed. Yo esperé mi turno pacientemente. Cuando ya se había bebido la mitad, me hizo un gesto para que me acercase.
—Siéntate en el banco y abre la boca, esclavo.
Acaso iba... Oh, sí. Angy dio otro sorbo a la botella, pero en vez de tragar, aguantó el agua en su boca y luego la escupió en la mía. Mi erección palpitó.
—¿Quieres más?
—Por favor, Ama —rogué.
Me dio de beber de esa manera dos veces más. Luego regresamos a la pista de baile, colocándonos de la misma manera que antes. Para ese momento estaba tan duro que me dolía, y el roce de nuestros pantalones incrementaba la sensación. Placer y dolor. Dolor y placer. Además, no poder tocarla se había convertido en otro tipo de tortura.
Unas pocas canciones después comencé a gemir inevitablemente contra su oído.
—Ama, necesito...
—Oh, ¿los esclavos tienen necesidades? —Estaba cumpliendo tan bien su rol que su tono sonó cruel e insensible—. La única necesidad de un esclavo es complacer a su Ama.
—No podré complacerte con tanta ropa de por medio...
Angy se dio la vuelta, cortando todo contacto.
—¡Oh, qué insolente! Como si tu polla fuera lo único que pudiera complacerme.
Me miró como si fuera una criatura insignificante.
Temblé ante esa mirada.
—Primero intentas ponerme celosa, luego me tocas sin mi permiso, después te intentas apartar y ahora me respondes con insolencias. Lo que realmente necesitas es que alguien te ponga en tu lugar. —A pesar de la diferencia de altura, con aquella pose me resultaba imponente—. Hemos terminado de bailar.
Sin más dilación, nos dirigimos al guarda-ropa a por nuestras cosas.
Subimos los escalones del local, yo convertido en su sombra, y el esqueleto que bebía en la Luna nos vigiló hasta que alcanzamos mi Kawasaki. Angy se puso el casco y se acomodó en el sillín, mientras yo me pegaba contra el tanque y arrancaba.
—Esta vez ahórrate el paseo. Quiero que llegues a mi casa en menos de cinco minutos. —Vi por el rabillo del ojo la luz de su móvil—. Si no, el castigo será aún mayor.
¡Cinco minutos! En la ciudad me tendría que saltar todos los semáforos y el límite de velocidad para conseguirlo. Y si saliera a la circunvalación...
—Lo intentaré, Ama.
Durante el trayecto me centré en la moto y en la carretera. Habían pasado cuatro minutos cuando llegamos al Sector 7 y ya paladeaba mi victoria, cuando un camión se cruzó con nosotros y se detuvo en un semáforo, impidiéndonos el paso.
—¡Mierda! —exclamé entre dientes. Angy apretó su agarre contra mi estómago.
Esperé impaciente a que se moviera de nuevo. Cuando aparqué frente al portal nº 96, Angy anunció:
—Seis minutos y treinta y dos segundos.
Su tono era una mezcla contradictoria de decepción y regocijo; admito que yo me sentía igual.
Cuando entramos en el portal y subimos en el ascensor, no nos tocamos. Nos mantuvimos cada uno en una esquina, dejándonos envolver por un silencio expectante. Luego Angy me abrió camino por su apartamento y me condujo de nuevo hasta su dormitorio. Me fijé que sobre la cama reposaba una máscara de cuero y un bozal de metal...
—La máscara es para mí. El bozal, para ti. —Angy cerró la puerta—. Y esto es para ambos.
Me giré.
En la parte interna de la puerta Angy había montado una Cruz de San Andrés con un set de tiras de poliéster; cuatro tiras se cruzaban contra la madera, dos diagonales y otras dos horizontales arriba y abajo para evitar su deslizamiento lateral, de modo que en las esquinas se creaban cuatro puntos de seguridad en forma de L. Cada una de estas esquinas disponía de piquetas con argollas enganchadas a unas esposas a juego.
—¿Te gusta la cruz, esclavo?
Era realmente espectacular. ¿Por qué no se me había ocurrido comprar una de esas antes?
—Mucho, Ama.
Angy sonrió.
—Sé un buen chico y pídemelo.
Suspiré.
—Por favor, átame, Ama.
Me atrevería a decir que todas las personas tenían algún tipo de kink, y que a la mayoría de las parejas les gustaba probar cosas nuevas. Ataduras, juegos con frío y calor o dirty talking, por ejemplo. Pero, en mi opinión, mantener una dinámica de D/s estaba completamente a otro nivel. El juego mental, la entrega de la persona sumisa a la persona dominante y lo que recibe con esa entrega, la tensión sexual, la paciencia, el ansia... Aquello no se conseguía ni con cualquier persona, ni de cualquier manera.
Confieso que tenía un poco de miedo de que Angy no consiguiera mantener la tensión como femdom. Ella misma me había explicado que había tenido pocas oportunidades de desarrollar esa faceta. Sin embargo, en aquellos momentos de la noche no tenía ninguna duda de que la experiencia iba a ser maravillosa y que pronto querríamos repetir.
—Quítate toda la ropa excepto el collar.
Le obedecí.
—Ahora, ponte a cuatro patas en el suelo.
Lo hice. Angy me colocó el bozal y observó el resultado desde arriba. Su rostro reflejaba la felicidad más absoluta y noté un calor muy agradable extendiéndose por mi pecho. Me acarició la cabeza con una mano.
—Tu pelo rapado es tan suave como el terciopelo. Me encanta su tacto... Pero, por otro lado, es una pena que sea tan corto. No puedo enredar mis dedos en él.
Me rascó suavemente en la nuca y detrás de las orejas. Se sentía tan bien que por un instante me olvidé que era un humano y gruñí cuando se detuvo.
—Levántate para que te ate a la cruz, esclavo. Es hora de tu castigo.
Había dos lobos en mi interior. Uno deseaba revelarse, agarrarle de las piernas, hacer que cayera y follarle contra el suelo para liberar la tensión. El otro deseaba entregarse y recibir el castigo porque sabía que después iba ser recompensado. ¿Cuál de los dos lobos ganaría?
Me dejé atar cara a la puerta, de modo que me vi obligado a girar la cabeza por el voluminoso bozal y mi polla quedó presionada contra la madera. Las cintas apretaron deliciosamente mis muñecas y mis tobillos, los brazos y las piernas extendidas, convirtiéndome en una versión del Hombre de Vitruvio a cuyo dibujante le gustaba el BDSM.
Vi por el rabillo del ojo cómo Angy se ponía la máscara de cuero y extraía de debajo de la almohada un objeto, negro y alargado.
—Cuando nos conocimos me preguntaste si era un ángel o un demonio. Después de esta noche probablemente llegues a una conclusión.
Con cada palabra golpeó contra su mano lo que ya no me quedaba ninguna duda de que se trataba de una fusta, y mi estómago dio un vuelco por la anticipación.
—Tu palabra de seguridad va a ser “manzana”. Repítelo.
Sentí una especie de dejà vu por la noche anterior.
—Mi palabra de seguridad es “manzana”.
—Te voy a azotar diez veces, ¿de acuerdo? —Se situó detrás de mí y se dedicó a acariciar mi piel con el extremo de cuero—. Cuatro por tus faltas, cinco por los minutos que debería haber durado el trayecto y una de regalo.
A pesar de su declaración de intenciones, aquella caricia era tan agradable que consiguió que me relajase de nuevo. Recorrió mis brazos, mi espalda...
—Tienes tatuado un uróboros... Aquí. —Situó la fusta entre mis omóplatos—. La serpiente que se muerde la cola, que representa el ciclo sin fin, la dicotomía entre el bien y el mal...
Recorrió el resto de mis tatuajes, bajando por mi espalda, mi culo, mis piernas... Me tensé cuando volvió a subir y presionó la fusta contra mis testículos. Instintivamente intenté cerrar las piernas, pero las argollas me lo impidieron.
 —Me encanta esta imagen.
Aguanté la respiración.
—Oh —exclamó, sorprendida—, me gusta que no tengas tatuajes en el culo. Mejor, así se verán los azotes.
Volvió a subir la fusta, delineando mis nalgas.
—Pero no nos demoremos con palabrería...
El primer golpe cortó el aire y se estrelló en mi culo. Picó más que doler, pero se convirtió en un disparo de adrenalina en mis venas.
Con el segundo y tercer azote me di cuenta de que Angy estaba tanteando nuestros límites; por su parte, la dosis de dolor que era capaz de infligir, y por la mía, cuánto dolor era capaz de aguantar. Se dio cuenta de que yo era capaz de recibir mucho más, pues a partir del quinto golpe fue aumentando la intensidad hasta que empecé a retorcerme. Además, entre fustazo y fustazo daba golpecitos suaves sobre mi piel, haciéndola enrojecer. Mi polla se frotaba contra la madera, estimulándome, y el bozal apretado contra la mandíbula me ponía aún más. Gemía y gruñía, sin poder evitarlo. Mi culo escocía. El dolor era abrupto y directo. Y cuando me fustigó por última vez, no quería que parase.
—Perfecto. Ahora, la guinda del pastel...
Vi por el rabillo del ojo cómo se agachaba y aproximaba su boca a mi nalga derecha. Marcó mi piel castigada con un beso de carmín, rojo oscuro, y se incorporó de nuevo, no sin antes darme un último toquecito entre las piernas con la fusta. Ese detalle me puso a cien.
—Ahora, te voy a desatar para darte la vuelta y que quedes frente a mí.
Me dejé hacer, encantado de poder observar a Angy en todo su esplendor. Sus ojos azules brillaban detrás de la máscara, que cubría la parte superior de su cabeza y poseía un par de cuernos demoniacos. Dejó la fusta sobre la cama y alcanzó un bote de lubricante. Lo abrió con un clic y se untó generosamente la mano derecha; seguidamente sus dedos me agarraron del sexo y comenzó a masturbarme, despacio y tortuosamente.
—¿Cuánto mides y cuánto pesas?
—Mido un metro ochenta y siete... y peso noventa y dos kilos, Ama —jadeé.
—Me pone muchísimo ser capaz de hacer gemir como un cachorrito indefenso a un hombre de metro ochenta y siete y noventa y dos kilos de puro músculo.
Eso tenía un nombre: size kink. Quería decirlo en voz alta, pero lo único que escapó entre mis labios fue otro gemido. Ahora era mi culo dolorido el que rozaba contra la puerta con cada movimiento, y mis muñecas y tobillos comenzaban a quejarse por el forcejeo. Angy tenía los labios entreabiertos, concentrada en el rapto de mi polla entre sus dedos, dura y resbaladiza...
—Ama, tengo ganas...
Me sentía como si me encontrase en la cima de una montaña y lo único que desease fuera lanzarme al vacío.
Sin parar, Angy se inclinó hacia delante y me susurró al oído:
—¿Quién es mi esclavo?
—Yo, Ama.
—¿Mi siervo?
—Yo, Ama...
—¿Mi putita?
—¡Yo, Ama!
—¿Te vas a correr para mí?
—Sólo si me lo permites...
Por un momento pensé que iba a arruinar mi orgasmo; que dejaría de tocarme en el último momento y yo me vería limitado a correrme por un acto reflejo. Pero Angy no era tan cruel. Se arrodilló y terminó de follarme con la boca, volviéndome loco con su lengua. Me corrí con un aullido y tragó hasta la última de las gotas, relamiéndose.
—Buen chico. —Me acarició el cuerpo conforme me desataba definitivamente—. ¿Estás dispuesto a ser completamente mío esta noche, Eric?
—Por supuesto...
Se mordió el labio inferior.
—Entonces, sígueme.
Me condujo hasta el baño. Era bastante clásico; tenía el inodoro enfrentado al bidé, al lado el lavabo con el espejo, y contra la otra pared había una bañera. Las baldosas eran de color morado claro, combinando con el blanco de la porcelana.
—Métete en la bañera y arrodíllate.
Así lo hice, expectante. Angy se desvistió y también se metió en la bañera, quedándose de pie.
—¿Cómo marcan los perros su territorio, esclavo?
Recordé los mensajes que habíamos intercambiado durante el día.
—Con orina.
Mi polla palpitó entre mis piernas. Angy ya tenía mi consentimiento explícito respecto al pissing, pero aun así preguntó en voz baja:
—¿Estás de acuerdo?
—Adelante, hazme Tuyo —sonreí.
Abrió un poco las piernas, mostrándome su sexo, rosado y húmedo por su excitación. Colocó los dedos un poco más abajo de su tatuaje, Goth Girl, para levantar la carne, y un chorro de orina salió disparado e impactó en mi pecho. Arqueé la espalda para recibir la lluvia dorada de mi Ama, estremeciéndome por su calor. El fluido se deslizó por mi piel, mojando también mis piernas. Me gustaba su olor, caracterizado por las hormonas liberadas por el sexo.
Angy gimió cuando terminó; parecía no creerse lo que acababa de hacer. Me quitó el collar y el bozal y los tiró encima del montón de ropa. Luego se arrodilló frente a mí y me besó.
—¿Todo bien, Eric?
—Mejor que bien, Angy. ¿Te ha gustado?
—Mucho.
—A mí también.
Nos volvimos a besar.
Después nos duchamos con agua caliente para descargar la tensión y el resto de la noche nos dedicamos a follar en la cama, como iguales.
 
 
Dibujo con acuarelas. Versión del "Hombre de Vitruvio" de Leonardo da Vinci. Un hombre con los brazos y piernas extendidas dentro de un cuadrado y un círculo. Abrazado a su cintura, una mujer. Fondo blanco. Colores anaranjados. También se ve un pájaro rojo y enredaderas verdes.
"Ti sposerò ogni giorno" Frida Castelli / Instagram: @fridacastelli

 
 
 
 
 

20 comentarios:

  1. Plas, plas, un capítulo donde se han dejado sentir y conocerse un poco más , una pareja que nos van a dar momentos divinos . Me gustan ambos , creo que son tal para cual , pero no sé algo nos tienes preparado para que no todo sea happy ajjaja. Un besazo cielo y regresa pronto con el siguiente capítulo .

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    1. Espero que os gusten de esos momentos ;P
      A ver, no todo va a ser happy, pero tampoco quiero torturarles (o al menos, no de una forma que Angy y Eric no vayan a disfrutar), pues para cosas malas ya tenemos la vida real.
      Voy pensando en el siguiente capítulo. ¡Gracias por leer!
      Un besazo, Campirela

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  2. Angy al poder! confieso que al leer su nombre ya había pensado más de una vez en la canción de los Stones y reí con la manera en cómo usaste Putita en el relato ;) Pero ese inicio y la charla con la hermana de Eric, me dejó intrigado. Otro buen capítulo que he disfrutado, no tanto como lo disfrutó Eric obviamente :)

    Dulces besos de manzana y dulce semana Dafne.

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    1. Aissss, era una referencia muy necesaria la canción de las piedras rodadas ;P
      Me alegro de que te gustase cómo empleé tus palabras, pues no eran nada fáciles. También me podéis plantear vuestras teorías sobre la charla de Gina y Eric, a ver si lo adivináis...
      Mil gracias por leer, Caballero <3 A mí me dejan con una sonrisa vuestros comentarios.
      Dulces besos de manzana y dulce semana

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  3. Buen capítulo, con esa Angie con ganas y necesidad de vivir y gozar.

    Un abrazo

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  4. Solo puedo aplaudir, porque me has dejado sin palabras.

    Besos.

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  5. Muy interesante, a la espera del siguiente capítulo. Gracias y un abrazo.

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  6. Se dieron vuelta los roles y les funcionó muy bien.

    Bien contado. Besos.

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    1. Al fin y al cabo, Angy y Eric son switch ;)
      Me alegro de que te haya gustado, Demi.
      Un besazo

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  7. Me rindo a tus pies Dafne !!
    Me ha encantado ver mis palabras La Cruz de San Andrés, La Fusta y alguna mas :)
    sonrio :)

    Me encanta tu manera de narrar, eres única!! La Mujer al Poder !! Plas plas !! ...no ha faltaldo de nada.

    Besitos preciosa y deseando mas partes...

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    1. Awwww, gracias, Cora, por tan efusivo comentario :D Yo también sonrio.
      Me alegro de que os esté gustando y que lo estéis disfrutando. Voy pensando en el siguiente capítulo.
      Un besazo enorme.

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  8. Me ha gustado este cambio de rol y también soy de las que no le gusta que la pongan a prueba ,) te felicito, señorita escritora.

    Mil besitos, linda y muy feliz semana ♥

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    1. ¡Me alegro de que te haya gustado, Auro!
      Mil gracias :3
      Un besazo enorme y feliz semana <3

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  9. Excelente capítulo Dafne 😍

    Un besote desde Plegarias en la Noche

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  10. ¡Cómo me gusta leerte y sentirte en lo erótico!, disfrutar de la picardía e, incluso de cierta, inocencia. Como los adultos que conservan algo de su adolescencia. He tenido que repasar anteriores capítulos porque ando perdida, bien lo sabes, pero este cambio de rol no está nada pero que nada mal. Habla mi lado dom :-9
    Un beso enorme, Dafne.
    Disfruta de esta semana. Parece que hace algo de calorcillo.

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    1. Ay, Mag */////* Teniendo en cuenta que te veo como a una de mis bloggeras favoritas por tus poemas y relatos eróticos (sobre todo los del Tacto del Pecado), para mí significan mucho tus palabras.
      Me alegro mucho de que te esté gustando la historia y espero que la balanza de Dom y Femdom esté equilibrada :3
      Un besazo y sí, parece que ha vuelto el calor... Mejor para las fiestas ;)

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