💀 LAST RESORT 💀
Con dieciséis
años Pol había llegado a la conclusión de que nada podía salir bien.
Todo empezó en
segundo de la ESO con la muerte de su madre. Tras el duelo, la depresión hizo
un nido en su pecho; por supuesto, Pol puso todo su empeño en ocultarlo. ¡Y lo
ocultó tan bien que nadie se dio cuenta! Porque claro, él era el más gracioso de
la clase, el que nunca perdía su sonrisa, el más tonto.
Buscó refugio
en sus amigos, en el alcohol y las drogas, en las fiestas ilegales, en el skate-park
que se encontraba al lado de las vías del tren, en los besos robados. Buscó otro nivel de amor, pero él seguía siendo el tonto al
que nadie quería, y la depresión siguió picoteándole el pecho hasta que se
rompió en pedazos.
Era de noche y
su padre había quedado con uno de sus ligues de Tinder, así que estaría
completamente solo en casa hasta el día siguiente. Su cuerpo
debía de haber acumulado todas las lágrimas que no había llorado aquellos años,
pues lloró mientras escribía sus últimas palabras, mientras cogía la navaja, mientras llenaba la bañera y mientras se sumergía en
ella con la ropa puesta.
Era tan
delgado y tenía la piel tan clara que se le hizo extremadamente fácil seguir
las ramificaciones de sus venas con el filo. La vista se le
nubló por el dolor, pero más le dolía la vida, así que apretó los dientes y siguió
cortando.
Cuando llegó a
mitad del antebrazo, con dedos temblorosos se cambió la cuchilla de mano y se
dispuso a cortarse el otro brazo. ¿Cuál era el sentido de la vida? Quizás la vida eran todos esos detalles que no había sabido apreciar, como la sonrisa de su madre, las acampadas con su padre, el olor a marihuana, la pizza con piña, las risas de sus amigos, ver pasar los trenes, disfrutar del anochecer, tumbarse bajo un manto de estrellas, llorar con una película romántica...
A los pocos
centímetros del segundo corte la cuchilla se le resbaló de entre los dedos y cayó
al suelo.
¿Realmente la muerte era su último recurso?
Quizás el sentido de la vida era elegir vivirla todos los días.
«No, aún no quiero morir... ¡Quiero vivir!»
Salió de la
bañera precipitadamente y se envolvió los brazos con toallas; perdía sangre
rápidamente.
Sólo se le
ocurrió una persona a la que podía llamar. Agarró el móvil y marcó el número,
imprimiendo sus huellas la pantalla. Su amigo contestó casi al instante.
—¿P-puedes v-venir
a mi casa? T-te necesito... Sí, es urgente... Por favor...
Walter no tardó en llegar.
—¡POL!
Sus ojos dorados se nublaron de preocupación cuando lo recibió con las toallas ensangrentadas y el cuerpo temblando.
—Lo-lo
sient-to...
—No pasa nada,
Pol... Voy a llamar a emergencias... Tranquilo, todo saldrá bien.