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LOS OJOS VERDES




—¿Qué haces, Alice? ¿Comprobar si hay monstruos debajo de la cama?
Había sido un jornada ajetreada para las famosas brujas Alice y Verónica, y la noche había caído sobre la Isla de los Sueños, de manera que ésta estaba más viva que nunca. Las criaturillas silbaban y los pececillos chapoteaban en el techo acuoso de la morada de las brujas Sin embargo, ellas ya se habían vestido con sus pijamas y se preparaban para ir a la cama.
—Aliceeeee. Te acabo de preguntar que...
—Es que estaba jugando al escondite con el oso y se ha escondido muy bien.
La brujita rubia se encontraba tirada en el suelo, mirando debajo de su cama con medio cuerpo bajo ella y el otro medio fuera.
—Pero si está ahí —la bruja morena tiró de sus piernas para sacarla y señaló el propio colchón; el peluche estaba recostado sobre la almohada...
—¡Aiba! —Sin pensárselo dos veces (o, más bien, sin siquiera pensarlo) se lanzó sobre la cama para agarrar el peluche y exclamó triunfal—: ¡Gané!
Verónica puso los ojos en blanco y se aproximó a la cama de Alice para tumbarse junto a ella mientras le contaba el cuento de esa noche, como ya era costumbre.
—Anda, Ali, hazme un hueco...
—Vaaaaale —se resignó ésta, alegre—. Pero cuando volviste de estar con tu novio deberías haberte lavado un rato en el techo, que hueles a él y no quiero dormir con los ancestros que se te hayan quedado impregnados en el aroma.
—Ya... Con los ancestros.
—Sí. Con los ancestros. Di que yo a tu novio lo quiero mucho. Eso sí, igual algún día aparezco con un cuchillo —se ríe malvadamente, de manera que es inevitable que su hermana no comparta sus risas—. Bueno, ya pasó, ya pasó...
Cuando se calmaron, Verónica no pudo evitar que se le escapase un bostezo.
—¡Vero, me lo has pegado! —se quejó Alice, bostezando también.
—Qué bien se está en esta cama —la bruja morena se limitó a encogerse de hombros y a ponerse cómoda.
—¡Quédate! Me duermo más tranquila cuando la comparto con otra persona. Así le atacan los monstruos al otro, no a mí.
—Alice, duermo a varios metros de ti. Además, ¿por qué me van a atacar a mí? Igual he traído mis monstruos a tu cama.
Alice abrió mucho los ojos y se pegó contra la pared, abrazando el oso con cara de espanto.
—¡Juuuuuummmmmmmmmm!
—Ahora estarás toda la noche pensando en eso... —Alice le dio un manotazo y le dedicó una mirada asesina de ojos verdes—. ¡Ay! Bueno, empecemos con el cuento.
—¡¡¡Cuentecillooooo!!! Ji, ji, ji, ji, ji.
 —Erase una vez...
—Un mongolo que vivía en nuestra habitación —replicó la rubia inmediatamente, y tan rápido como lo dijo lo desdijo—: Es broma, eh.
—Mejor, mejor... Dejemos a los mongolos para otras historias. Pero bueno, dime tres palabras para montar una historia que tengan que ver con éstas.
Quería probar por segunda vez la técnica que utilizó para el cuento de El chino, la ballena y la coliflor, que Verónica se había inventado cuando su nieta Treba estaba de visita.
—De acuerdo... Pues la primera será Realidad. La segunda Osos...  Y la tercera, Personas.
—Vale, pensemos... —Sin embargo, a Verónica no le costó demasiado ocurrírsele una historia que contuviese esas tres palabras, y en seguida se puso palabras a la obra—. Erase una vez una niña con los rizos de oro con el pelo tan rubio, tan rubio que la llamaban Ricitos de Oro.
—Vero, ese cuento ya existe —la interrumpió Alice, frunciendo el ceño.
—Amor, déjame continuar que no has oído la historia completa. ¡Además! Fue ese cuento que dices tú el que se inspiró en éste, y no viceversa, que conste. —Alice hizo que su osito encogiese los hombros, indicándole que podía continuar—. Ricitos de Oro era muy curiosa, y le gustaba ir a...
—¡Curiosear!
—Exacto. A curiosear. Y también le gustaba salir de su casa y buscar...
—Es lo que hacen las personas normales y corrientes, Vero: salir de su casa.
—¡Alice, déjame continuar que siempre me haces lo mismo y luego te quejas!
—Está bien, me resigno... ¡Pero Braulio también ha sido!
—La niña solía salir de su casa a curiosear un rato.
»Iba por el bosque, veía animalillos y se quejaba de las hormigas que caminaban despacito por el sendero y en las mariquitas posadas sobre las hojas, que la retenían porque se paraba a contarles los puntitos negros de sus caparazones. También se fijaba en los pájaros y en los conejillos caníbales que se escondían en sus madrigueras, hasta que un día encontró uno blanco que tenía en el pelaje del lomo una mancha que parecía un reloj.
»Fiel a su naturaleza, Ricitos de Oro decidió seguirlo para descubrir dónde vivía. El conejo se alejaba de ella con trompicones y saltitos, así que su persecución la lograba muy a duras penas, teniendo que apartar las ramas que le obstaculizaban el camino y saltando las raíces que sobresalían del suelo, hasta que al fin llegó a un lugar en el que el bosque terminaba y daba paso a un claro. Todos los árboles se terminaban en ese límite, y lo único que había a partir de allí era hierba y distintos montículos, como madrigueras. Inmediatamente Ricitos de Oro se preguntó cuál de ellas se trataba de la madriguera de ese extraño conejo, y quiso descubrirlo por sus propios medios. Se asomaba de madriguera en madriguera, en madriguera, en madriguera... Total, que al final encontró una muy alta y, picada por la Curiosidad, que era un bicho muy feo que pasaba en ese momento por allí, se metió en ella.
»Muy extrañada se preguntó por qué un conejo querría vivir en una madriguera tan grande. Entonces, se acordó de las personas, que pueden vivir tanto en pequeños apartamentos como en enormes mansiones, de manera que... ¿por qué un conejo no podía vivir en una madriguera-mansión?
»Una vez dentro llegó a una sala perfectamente amueblada con estantes llenos de tarros que le llamaron mucho la atención. Poniéndose de puntillas miró dentro de ellos y descubrió una sustancia viscosa del mismo color de sus rizos. Arrugó la nariz y volvió a ponerse sobre las plantas de los pies, sin atreverse a probarla. Observando qué más había en la sala, descubrió tres mesas, una grande, una mediana y otra más pequeña. Detrás de cada mesa había una silla grande, una mediana y una pequeña, si empezábamos a contar inversamente a cómo habíamos empezado antes.
»Aún con los efectos de la picadura, se fue a sentar en la silla grande en frente de la mesa pequeña, pero era muy blanda y no le gustaba. Probó la silla pequeña en frente de la mesa grande, pero era demasiado dura como para sentirse cómoda. Por último, se sentó en la del medio, en frente de la mesa mediana, ¡que era perfecta para ella! Encima de cada mesa había un plato lleno de humeante pasta a la carbonara, y como se le había abierto el apetito —efectos secundarios de la Curiosidad— comenzó a comérsela.
»Lo que Ricitos de Oro había intuido bien es que esa casa no pertenecía, efectivamente, a un conejo, sino a una familia de osos, que sin embargo ya no vivían ahí porque los padres osos se habían divorciado y la madre-osa y su pequeño se habían mudado a otra madriguera. Como el padre-oso pensaba que cualquier día su mujer-osa y su osezno volverían, continuaba cada día preparándoles la comida.
»Ricitos de Oro había devorado más de la mitad de semejante manjar, cuando llegó el oso. Junto al oso vino la Sorpresa, después la Indignación, y por último la Duda. "¿Qué es lo que quieres, niña?", le preguntó el oso enseñándole los dientes. La niña le respondió muy digna que se quería quedar con la madriguera. Por supuesto, el oso se negó. ¡Claro que no se la iba a ceder! Y añadió que si no se marchaba, la iba a partir en dos de un solo zarpazo. Sin embargo la niña se rió. ¡El oso se quedó a cuadros! ¿Cómo una niña osaba plantarle cara de esa manera? Cuando a Ricitos de Oro se le pasó el ataque de risa, bajó la cabeza, mirándolo desde el suelo, puesto que él era tres veces su tamaño erguido sobre dos patas, y con su carita de corazón, sus ojos grandes y verdes y sus rizos dorados alborotados, se lo quedó mirando con una mirada tan acuchillante, ¡tan suya!, que al oso le recorrió un escalofrío, erizándole el pelaje, y se le pasó por la mente la idea de que, si no era él el que dejaba aquella madriguera, sería él el que acabaría partido en dos. Así que rápidamente se disculpó, recogió todas sus cosas, las guardó dentro de un macuto y puso pies en polvorosa.
»Tenías que ver al oso esperando en el puerto de la ciudad, con toda la gente mirándolo con cara de: "¿Qué hace un oso con un macuto esperando a un barco?" El pobre, muy nervioso, continuaba notando la mirada de la niña a kilómetros de distancia, y no estuvo tranquilo hasta que no cambió de contintente.
»FIN.
Alice tardó un rato en procesar que ya había acabado el relato.
—La verdad es que me ha gustado mucho la protagonista de éste relato...
Verónica suspiró, sonriendo.
—En verdad, éste cuento no se me ha ocurrido ahora —le confesó—, sino que nos lo inventamos esta tarde cuando fuimos a dar una vuelta mi novio y yo.
—¿En serio? —Alice giró la cabeza hacia ella, extrañada.
—Sí, creo que surgió porque empezamos a hablar de tus ojos y de tu manera de mirar, que sería capaz de hacer que un oso se exiliara de su país para evitar que le matases.
—Ah, qué guay, ¿no?
Mientras hablaba, había levantado al peluche sobre su rostro para mirarlo a los ojos y comprobar si era cierto o no eso del exilio.
—Pues sí, es muy guay. Pero bueno, no puedes quejarte; siempre acabas saliendo en nuestras conversaciones.
Verónica comenzó a incorporarse para volver a su cama, bostezando de nuevo.
—Pues no sé si tomármelo como un cumplido...
—Piensa lo que quieras. —Se metió rápidamente bajo las sábanas y, antes de cerrar los ojos y de sumirse en su profundo subconsciente, se giró hacia su hermana para peguntarle—: ¿Algún detalle que quieras añadir al cuento?
Alice volvió a bajar al oso y se volvió también hacia ella.
—No has hablado de las tres cosas que te he pedido. Te falta Realidad.
—Ah, pero sí que he hablado de ella... La Realidad consiste en que tienes unos ojos muy bonitos, que al mismo tiempo dan miedo. Podríamos titular el cuento: Las miradas asesinas de Alice. ¿Qué te parece?


EL CHINO, LA BALLENA Y LA COLIFLOR




Estaban de celebración en la Isla de los Sueños.
Alice y Verónica se habían reunido con una bruja que hacía mucho que no veían y habían estado todo el día de fiesta, embrujando a los Sauces Llorones para que dejasen de llorar, charlando con las flores parlanchinas del jardín submarino y regando las hileras e hileras de manzanos que crecían en la esquina sureste de la isla.
Dicha bruja era casi tan vieja como ellas, y también podía adquirir su misma naturaleza. Sin embargo, en ese momento mantenía su forma humana. Era una mujer esbelta, de piel oscura. Aparentaba unos treinta años de edad humanos. Tenía los labios grandes y del color de la tierra, los ojos marrones y chispeantes, el cabello largo y negro convertido en una cortina de trenzas que se derramaban en cascada sobre su espalda.
La mayor parte del tiempo vestía con un vestido canela del siglo XVIII, que mostraba un descabellado escote, y no se lo había cambiado ni siquiera a la hora de acostarse.
—Alice… ¿de dónde has sacado esa cama?
Una tercera cama ocupaba el cuarto en el que habitualmente dormían Alice y Verónica.
Alice se encogió de hombros, dirigiéndose a su desconfiada hermana.
—La encontré flotando en la costa y decidí que sería perfecta para que Treba pasase hoy la noche.
Treba estaba sentada en el colchón aún húmedo, con las piernas extendidas, una cruzada sobre la otra, y la espalda apoyada en el cabecero. Del mueble solo quedaban tres postes y medio que originalmente debían soportar un dosel, y toda él era de madera. La verdad es que era eso lo que más le gustaba de ella: la madera, que parecía haber revivido en el poco tiempo que llevaba en la morada de las brujas.
—Es una bonita coincidencia que te la hayas encontrado justo antes de mi llegada —opinó, sin mirar a ninguna de las niñas. Pasaba sus delgadas manos acabadas en afiladas uñas por su superficie, como si en cualquier momento pudiera mimetizarse con ella.
—Ya sabes que la Isla entiende mucho más de lo que nos gustaría que entendiera —Alice dio varios saltitos hasta sentarse en su propia cama. Las dos anfitrionas, al contrario que su invitada, habían cambiado su ropa por sus respectivos camisones y ya se disponían a dormir—. Ey, Vero, ¿nos cuentas un cuento para conciliar el sueño? —Alice agarró su osito de peluche de siempre y se introdujo entre las sábanas.
—No habéis cambiado nada en todos estos milenios, eehh —comentó Treba.
—Tú, por el contrario, has cambiado demasiado —apuntó Verónica, mientras dejaba el libro que estaba leyendo sobre su mesilla de noche. Treba alcanzó a leer el título: La Biblia de las Brujas.
—Era necesario —replicó, subiendo de nuevo la mirada.
—Lo nuestro también ha sido necesario —le tomó la palabra Alice, haciendo carantoñas a su oso—. Va, Vero, cuéntanos un cuentooooo.
—¿Y por qué no lo cuenta esta vez Treba?
—Porque no hay quien iguale tus cuentos improvisados, Vero. Además, yo ya no tengo apenas ni imaginación ni paciencia para hacerlo —le dedicó una amplia sonrisa—. Como has dicho, he cambiado demasiado.
Vero suspiró. De todas las brujas del mundo ella debía ser la más responsable y seria. La menos loca, al menos. Pero también era de las más permisivas, sobre todo cuando trataba con su dulce hermana milenaria.
—De acuerdo… Este será un cuento cortito, que mañana tenemos que madrugar.
Mañana tenían previsto tocar el violín para que el sol amaneciera sonriente e irse a nadar a un lago prehistórico.
—¡Entonces invéntatelo rápido, Vero!
—¡No sé me ocurre de qué tema hacerlo!
Treba, tan ingeniosa como siempre, propuso:
—Podríamos decir una idea cada una y entonces tú montas la historia.
Vero se quedó pensativa.
—Mmmmm… Parece una buena idea.
—Claro que lo es. Es mía.
—Menos humos, niña —la reprendió Alice, frunciendo el ceño ante su arrogancia.
—Bueno, ¡pues empezad a decir! —exclamó Verónica, impaciente por echarse a dormir de una vez por todas.
—¡Yo elijo la palabra coliflor! —Alice aplaudió mientras acercaba la cabeza de su osito a su oído, como si éste le estuviera susurrando algo—. Y mi osito elige… que el protagonista sea un chino.
—Yo quiero que haya una ballena, ya que eso me recuerda a…
—Sí, ya sabemos a qué te recuerda, Treba —la interrumpió Alice, ¡cómo no!—. Yo estaba ahí.
Verónica intervino antes de que recordasen nada más de lo sucedido. ¡Había pasado tanto tiempo desde entonces! Y habían sucedido tantas cosas…
—Tranquilizaos, chicas, a ver… Me habéis dicho que tenía que hacer un cuento con un chino, un brócoli…
—¿El brócoli quién lo ha dicho? —preguntó Alice, extrañada.
—Lo has dicho tú, Alice —aseguró Verónica.
—No, yo he dicho coliflor, que es diferente. A ver si nos aclaramos —Alice se incorporó, dispuesta a impartir una clase seguramente inmemorable—: el brócoli es ese vegetal que cuando te lo comes parece que eres un gigante comiendo árboles… o una persona normal comiendo árboles chiquititos. En cambio la coliflor es como un cerebro blanco rodeado de hojas.
—Preciosa metáfora —opinó Treba, sonriendo, mientras daba vueltas a los aros que agujereaban de arriba abajo su oreja izquierda de forma inconsciente.
Gracias. —Alice le dirigió un asentimiento de cabeza, como si se sintiese orgullosa del comentario y después se volvió de nuevo a su hermana, haciendo gestos con la mano—. ¡Pues eso! Que es coliflor, no brócoli —remarcó.
Verónica suspiró.
—Entonces me habéis dicho: chino, coliflor… —Se oyó que Alice le decía algo a su osito por lo bajini, regodeándose de la mala memoria de su hermana, y Verónica se autointerrumpió para espetarle—: ¡A ver, Alice, que sí, que me he confundido, déjame en paz! Ya está todo aclarado, jolines… Las tres ideas son: chino, coliflor y ballena.
Al oír el resultado del juego Alice no pudo evitar echarse a reír, haciendo un sonido parecido a: Hum ja ja ja ja ja ja en tono ascendente, y provocando las risas de las otras dos brujas también. ¿Cómo iba su hermana a improvisar una historia con esas tres ideas?, se preguntaba. Pero Vero ya tenía cierta idea de cómo iba a desembocar la cuestión…
Cuando se tranquilizaron, la bruja morena pudo empezar su relato:
—Érase una vez un chino llamado Liflor Co, pues como ya sabéis, los nombres chinos se escriben con el apellido primero y el nombre de pila después, de modo que si fuera en occidente, su nombre se diría “Co Liflor”.
Treba y Alice se volvieron a reír, pero como siempre pasaba a esas alturas del relato, Verónica ya estaba tan metida en la historia que hilaba rápidamente en su cabeza que continuó hablando:
»Este hombre era como una especie de brujo (no tan poderoso como nosotras pero sí con ciertos poderes) y su especialidad eran las coliflores. Comía coliflores… Los ungüentos, las medicinas y los tónicos que proveía a su aldea estaban hechos a partir de las coliflores… Y vivía en una casa construida con coliflores.
»Dicha aldea se ubicaba en la costa oriental de China, pero era tan pequeña, tan pequeña que su nombre no es pertinente en nuestra historia.
»Siiiin embargoooo… En esa zona de costa también vivía una ballena, que cuando alguien se acercaba lo suficiente al agua, emergía a la superficie y lo engullía de un solo bocado. Los jefes de la aldea, temerosos de que la ballena estuviera poseída por un espíritu malvado, decidieron tomar un día cartas sobre el asunto y le pidieron a Liflor Co que preparase un remedio para ahuyentarla.
»Liflor Co preparó dicho remedio con, cómo no, coliflor, y fue a la costa.
»Al ver que una figura se aproximaba, la ballena emergió, tal lo previsto. Era enorme, con un rostro semejante a la proa de un buque y los ojos brillantes y un poco rasgados, signo de que también tenía origen oriental. Sin embargo, no parecía maldita. Parecía… Al principio Liflor Co no sabía muy bien explicar qué parecía, pero en seguida se dio cuenta de que el remedio que había preparado no le serviría, de modo que lo que se propuso nuestro protagonista fue entablar una conversación pacífica y civilizada con ella.
»—Ballena —empezó diciendo—, vengo aquí para que te marches, porque estás matando indiscriminadamente a mi aldea y nos estamos quedando sin habitantes.
»La ballena le contestó tristemente:
»—Humano, lo que hago no es por placer. Tengo tanta hambre que me veo obligada a salir a la superficie en busca de alimento, y cuando me coma tu aldea seguiré con la siguiente, y con la siguiente de la siguiente, y con la siguiente de la siguiente de la siguiente, hasta que por fin se aplaque mi apetito.
»Liflor Co se quedó pensativo. Eso era lo que parecía la ballena… ¡hambrienta!
»—Tengo una idea —exclamó al cabo de los segundos, mientras sacaba una coliflor de su bolsillo—. En mi casa guardo una reserva prácticamente inagotable de coliflores. Si así lo deseas, puedes probarla y a partir de ahora puedes comerte todas las que quieras, olvidándote así de los humanos (que como bien debes saber, son muy malos para la digestión)
»La ballena probó la coliflor que él le tendía y le gustó tanto su sabor que a partir de ese momento en vez de comer humanos, se dedicó a comer coliflores… Fin.
—¡BIEEEEEN! —aplaudió escandalosamente Alice.
—No está mal —le dio la razón Treba, sonriendo—, pero yo lo habría terminado de otra manera.
—¿Cómo lo habrías hecho?
—La ballena comió un montón de coliflores y se hinchó tanto, tanto de gases que…
—¡Explotó! —volvió a gritar Alice, tirando en el impulso al osito por los aires. El peluche rozó el agua del techo, asustando a sus insólitos habitantes.
—Iba a decir que se infló como un globo y voló fuera de la aldea y de sus habitantes —admitió Treba, pensativa— pero la idea de explotar me gusta.
Alice recibió al osito con los brazos abierto, riéndose.
—Claro que te gusta… Es mía.




LA CAZADORA DE MOSCAS

¡Heeeey! ¿Qué tal va el comienzo de año? Yo, personalmente, no tengo ningunas ganas de continuar el curso :) sobretodo teniendo en cuenta que tengo cuatro exámenes en cuanto vuelva eso son mis regalos de Reyes por parte de los profes...
Bueno, vayamos a lo que nos concierne... Hoy os traigo uno de los tantísimos cuentos que le conté a mi hermana en verano, de esos que tengo por ahí grabados y apuntados y que tengo que subir ¡por fiiiiin, Dafne! ¡por fiiiiin!
Lo siento, se me acumula el trabajo.
Sin embargo, ayer me apetecía dibujar y me dije: "¿Por qué no eliges algo para el relato de La cazadora de moscas? Así ya podrás subirlo..." Y me puse a dibujar. Saqué unas preciosas pinturas acuarelables que me ha regalado mi madre, mi cuaderno de dibujo y ¡ale! En menos de cuarenta y cinco minutos (sin contar las distracciones) lo acabé.
Espero que os guste este nuevo relato de Alice&Verónica, y ya sabéis, si queréis opinar, o decirme qué os gusta o que os disgusta, si querríais que subiera un relato de un tema en concreto o que dibujase o retratase a alguien especial... comentarlo. ¡Los comentarios son el alimento del blog! ;)
¡Muchísimas gracias por leer!





Era de noche en la Isla de los Sueños, ese lugar donde residía La Magia, a donde iban a parar los sueños de miles y miles de personas de todas las partes del mundo y de todas las épocas. El cielo era azul acero y parecía un cuchillo que había cortado la Luna por la mitad, pero la sonrisa de ésta era lo suficientemente luminosa como para que los rayos lunares atravesasen las aguas que consistían la morada de las mejores brujas de todos los tiempos.
—Veroooo… ¿Estás despierta?
Vero abrió los ojos con somnolencia.
—Ahora —bostezó—… sí.
—¿Me cuentas un cuento? Es que no puedo dormir…
Verónica se giró hacia su hermana con el ceño fruncido. Alice, con su forma humana, estaba tumbada en su cama, al otro lado de la habitación, y aunque habían tenido un día realmente ajetreado, no padecía ningún rastro de cansancio —al contrario que ella, la pobre—.
—¡No me has dejado dormir ni diez minutos, Ali! —se quejó, arrebujándose bajo las mantas.
Alice hizo un puchero mientras abrazaba a su osito.
—¿Querías que te despertase a las dos horas o qué?
—Simplemente no quería que me despertases… —suspiró y se tapó la cabeza con la almohada.
Alice salió de las sábanas y colocó las delgadas piernecillas estiradas en la pared, formando con su cuerpo un ángulo de 90º de forma que sus tirabuzones rubios quedaron colgando de uno de los lados de la cama.
—¡Vengaaaa! Uno cortito, porfis… —le rogó, mirándola bocabajo.
Verónica, conociendo lo insistente que se ponía Alice con ese tipo de cosas y anticipando que si no le contaba el maldito cuento ninguna de las dos conseguiría dormir, acabó cediendo. Volvió a poner la almohada bajo su cabeza y suspiró un quedo: «Está bien…»
Alice dio unas palmadas y, sin variar su extraña postura, se quedó muy quieta, esperando a que empezase a hablar.
Verónica se tomó unos minutos para pensar.
¿Sobre qué podía ir el cuento de esa noche?
Fijó la vista en el techo acuático, viendo a los monstruillos nadar y asomarse a la cueva de vez en cuando, y entonces su mirada se posó en una mosca que revoloteaba cerca de su cabeza.
¿Que cómo había llegado una mosca a la cueva submarina de dos brujas?
No era la pregunta ni la historia pertinente; lo importante es que a Verónica se le acababa de ocurrir el cuento perfecto para dormir a su hermana.
—Bien, el cuento de hoy se titula… «La Cazadora de Moscas»
Vio cómo Alice ponía esos ojos color verde-grisáceo preciosos redondos como platos (tan redondos como los ojos de su osito, que desde la historia de «Alicii y el País de los Híbridos» y con el paso de las noches, era cada vez más y más inquietante)
—¡Oooohh!
—¿Qué? —Se encogió de hombros Verónica—. Acabo de ver una mosca y se me ha ocurrido la historia.
Alice soltó una risita.
—Es la mosca que he espantado antes porque me tenía que bañar y, como verás, no quería tener espectadores.
—¡Así que tú eres la causante de que esta pelmaza vaya a revolotear toda la noche sobre nuestros sueños! —alzó un dedo en su dirección acusatoriamente—. Vale, vale…
—Si quieres, luego la podemos cazar —Alice le guiñó un ojo—. Se la podemos dar de comer a los pececillos del techo.
Verónica asintió, pensativa.
—Bueno, empecemos con el cuento…

LA ISLA DE LOS HÍBRIDOS

El siguiente relato lo escribí hace poco.
Las protagonistas son dos personajes de mi novela, llamadas Alice y Verónica, aunque la historia que voy a contar aquí no tiene nada que ver con el argumento de mi libro; esta es como un punto y a parte, como si los personajes tuvieran más vida a parte de la que cuento en mi libro.
Sin embargo, esta historia surgió contándole un cuento a mi hermana, que por suerte se me ocurrió grabar con el móvil mientras hablaba, así que la conversación que mantienen estos dos personajes en realidad es la que mantuvimos mi hermana y yo esa noche. Alice sí que está basada en ella, pero Verónica no está basada en mí, sino en una amiga mía a la que le mando muchos besos cibernéticos desde aquí <3 Después de decidirme a colgarla en el blog, la transcribí a papel (fueron 25 minutos de grabación O.o ) y del papel la pasé a ordenador.
Espero que os guste y estoy segura de que este no va a ser el único relato de Ali y Vero que cuelgue...


LA ISLA DE LOS HÍBRIDOS
La cueva había adquirido un tono azul negruzco cuando se hizo de noche.
El lugar tenía unas dimensiones espectaculares, estaba compuesto por habitaciones interconectadas por pasillos larguísimos que si no te los conocías bien se convertían en un laberinto. El techo era el agua del mar.
Ahora, la superficie era azul acero y apenas se percibían los rayos de luna, puesto que la cueva se encontraba a más de 150 metros de profundidad.
Hacía frío, pero las brujas ya estaban acostumbradas a las húmedas temperaturas de su hogar.
—Vero, ¿me cuentas un cuento? —Preguntó Alice, arrebujándose en su cama.
Alice y Verónica eran las propietarias de esa cueva submarina y las únicas habitantes de la Isla de los Sueños. Se podría decir que la misma Isla de los Sueños era creación suya, pero entonces la historia no sería del todo exacta.
—Está bien, Ali, a ver si se me ocurre una historia que contarte…
—¡Bien! Te doy dos minutos y tres segundos para pensarlo. Mientras, iré a ver si todo anda correcto en mi manzana…
Alice se levantó y se fue del dormitorio en dirección a su laboratorio, donde realizaban la mayor parte de sus experimentos, dejando a su hermana sola y pensativa.
Ambas tenían miles de años. Su apariencia verdadera era la de dos seres estirados, altos y escuálidos como juncos, con ojos grandes y labios finos y pequeños. Su piel estaba arrugada y estriada como la madera, y si estuvieran en un bosque se mimetizarían con su entorno, pues de lejos parecían árboles.
Verónica tenía el pelo rosa fucsia entrelazado en numerosas trencitas, que se entretejían formando una jaula repleta de pececillos etéreos y livianos como el viento, mientras que Alice solía llevar suelta una melena dorada y ondulada como los rayos de Sol que le llegaba hasta las huesudas rodillas.
Eran seres completamente únicos en el mundo.
Sin embargo, había veces que les gustaba cambiar su forma arbórea por una humana, sobretodo cuando visitaban otras islas, pues sino llamaban demasiado la atención y corrían el peligro de que las confundieran con árboles de verdad, las talasen y las convirtieran en cerillas.
Transformadas en humanas, eran dos niñas que aparentaban tener doce años.
Como niña, Alice tenía el cabello dorado, no tan largo como en su forma arbórea, y era escuálida y muy pálida. Verónica, por su parte, tenía el pelo negro y cambiaba el peinado de la jaula por una sedosa melena que le llegaba a los hombros, aunque si te fijabas bien podías ver pececillos etéreos nadando entre sus cabellos. Su piel también era blanca y, al igual que su hermana, mostraba bajo una tupida capa de pestañas unas amoratadas ojeras.
—¡Veroooooo! ¡Ya se ha acabado el tiempooooo! —Alice, con su forma de niña, entró en el dormitorio bailando y se lanzó de nuevo sobre su cama, donde la esperaba el osito de peluche que siempre abrazaba mientras escuchaba los cuentos de Verónica—. ¿Tienes la historia? —Le preguntó, apretando al osito contra su pecho.
Verónica asintió desde la otra cama, sonriente.
—Sí. El cuento de hoy se titula: “Alicii y la Isla de los Híbridos”.