Aquí para leer la lista de contenido.
—¿Has conocido a alguien, verdad?
Georgina era alta, delgada y rubia, con
el pelo largo y rizado como una leona. También había heredado los ojos verdes de
la familia, y cuando te miraba daba la sensación de que podía leerte el
pensamiento.
—Sí. —Era imposible mentirle y tampoco
le gustaban los rodeos en las conversaciones—. Se llama Angy. La conocí el
martes por la noche y ayer tuvimos nuestra primera cita.
Estábamos en el porche tomando café
mientras vigilábamos a los niños, que estaban jugando en el jardín. Nuestros
padres y su mujer seguían en el salón, así que estaba claro que quería
aprovechar este rato a solas para cotillear.
—Pasasteis la noche juntos, ¿verdad? —Me
sonrió con una mueca felina—. Se te notaba diferente cuando me respondiste al
teléfono, hermanito.
—Ya... Tu llamada fue tan oportuna como
siempre, Gina.
Enarcó una ceja mientras alzaba su taza.
—Te llamé a las once de la mañana, Eric.
—¡Es sábado! Y te recuerdo que se puede
tener sexo a cualquier hora del día.
—No cuando tienes a dos diablillos
correteando por casa.
Resoplé. Los diablillos estaban jugando
en la arboleda, riéndose y gritando: “¡Voy a convertirme en el Rey de los
Piratas!”
—Bueno, vosotras elegisteis ser madres
—apunté.
—Hablando de elecciones... ¿Cuándo
tienes la prueba médica?
Oh, Gina era experta en darle la vuelta
a las conversaciones.
—El mes que viene —respondí
escuetamente.
—Y Angy... ¿Es una mujer cis?
Intuía por dónde iban los tiros.
—Sí, por lo que tengo entendido es una
mujer cis. Y antes de que preguntes: no, aún no se lo he comentado. ¡Nos
acabamos de conocer!
Levantó las manos en gesto apaciguador.
—A ver, yo también pienso que aún es pronto
para sacar el tema. Pero es un tema bastante serio. Tanto, que puede ser
determinante a la hora de que ella decida mantener una relación contigo.
—Soy consciente de ello. —Entrecerré los
ojos—. Pero si yo no puedo darle lo que ella desea, simplemente tomaremos
caminos separados, al igual que pasó con Sophie y con Joel.
—¡Entonces sí te planteas la posibilidad
de tener una relación estable con ella!
Su entusiasmo me sacó una carcajada.
—A ver, no fue solo un rollo de una
noche para liberar tensión... Creo que desde el primer momento conectamos,
¿entiendes?
—O sea que ya tuvisteis sexo el martes.
—Volvió a enarcar una ceja.
Vigilando que los niños estuvieran lo
suficientemente lejos como para no escuchar nuestra conversación, le conté por
encima nuestro primer encuentro.
—¡Joder, hermanito, cómo te lo montas! —Silbó—.
La verdad es que mí me daría miedo subirme contigo en ese cacharro verde.
—Eh, eh, no insultes a mi preciosa
Kawasaki.
—¿Y cuándo habéis quedado de nuevo?
Por un momento mis ojos se posaron en mi
móvil, que había dejado bocarriba sobre la mesa para estar pendiente de las
notificaciones. Sin embargo, Angy aún no me había escrito.
—Esta noche, inicialmente.
—¿Quedar con quién?
Musa se sentó al lado de su mujer y posó
un beso en sus labios. Al contrario que mi hermana, era bajita, robusta y tenía
el pelo corto moreno. Su piel y sus ojos eran oscuros, de modo que cuando
sonreía sus dientes parecían perlas.
—Con Angy, una chica que ha conocido esta
semana —respondió mi hermana.
—¡Gina!
—¿Qué? Ya sabes que no me gustan los
secretos.
Cuando empleaba ese tono parecía volver
a tener quince años, en vez de treinta y dos.
—No es ningún secreto, pero tampoco te
correspondía decirlo.
Musa nos miraba discutir con aire
divertido.
—Tiene nombre de canción —comentó
entonces, desconcertándonos—. Angie —matizó—, la canción de los Rolling Stones.
—No la conozco —admití.
Mi hermana negó con la cabeza, como si
estuviera decepcionada. Fue a decir algo, seguramente una de sus mejores
pullas, pero justo en ese momento la pantalla del móvil se iluminó y
aparecieron varios mensajes. Atrapé el aparato antes de que Gina o Musa
pudieran leerlos por encima. ¡Y menos mal que lo hice! Pues Angy me describía
la fantasía que quería cumplir aquella noche.
«Perfecto», respondí.
—Uy, uy, uy, vaya sonrisa te han sacado
esos mensajes... La noche promete.
—¡Tío Eric! ¡Tío Eric! ¡Deja el móvil y
ven a jugar!
—¡El deber me llama! —Exclamé para mi
hermana y mi cuñada, dejándolas con las ganas de continuar la conversación.
Apuré el café que quedaba en mi taza, guardé
el móvil en el bolsillo y, apenas unos segundos después, me convertí en pirata
junto con mi tripulación favorita.