El sábado por la mañana fui
anulada de todas mis tareas, de modo que mientras esperaba a que Ada avisase al
grupo a que nos marchásemos, decidí matar el tiempo en el laboratorio. Matar el
tiempo… o, mejor dicho, rematar bichillos muertos que Zoon dejaba sobre su mesa
de trabajo para diseccionarlos.
Me resultaban fascinantes todas
aquellas criaturas, al mismo tiempo que me daban un poquito de repelús, pero no
por el hecho en sí de abrirles el canal y remover entre sus entrañas para
desentrañar su anatomía, sino porque me los imaginaba vivitos y coleando y,
sinceramente, los prefería muertos —al menos así tenía la seguridad de que no
me atacarían—.
Ya había hecho prácticas de ese
tipo en el laboratorio del instituto, y siempre me habían gustado bastante. Es
completamente errónea la idea de que todas las mujeres no nos atrevemos a coger
un cuchillo y abrirle el canal a una rana, al igual que lo es que a los chicos
les encante este tipo de actividades; he llegado a ver cómo varios compañeros se
ponían verdes nada más atisbar una gota de sangre. Es cuestión de tener
estómago. ¡Y qué mejor cuando sacas los intestinos del animalillo y encuentras
su estómago! Así cuentas con dos
estómagos.
Zoon me había enseñado a llevar a
cabo un procedimiento muy riguroso antes, mientras y después del experimento.
Debía ponerme unos guantes para maniobrar, pues algunos cuerpos contenían
sustancias altamente peligrosas si entraban en contacto con la piel. Unas gafas
protectoras tampoco venían mal, y si no quería acabar manchada de pies a cabeza
con fluidos indeseados, debía cubrirme con una especie de delantal de plástico
que al terminar la sesión parecía un cuadro de Jackson Pollock. Debía
asegurarme de tener todo el instrumental a mano y listo para su uso. La
criaturilla que fuera estaría amarrada a la mesa para mantenerse en todo
momento en su lugar, y la apuntaría una lámpara para verlo todo con todo detalle.
Entonces, ya podría empezar.
Cortaría, separaría, enumerando
órganos y memorizando características. Luego limpiaría los instrumentos y los
dejaría en su sitio, me quitaría los guantes y dibujaría en un cuaderno de
bitácora todo lo que había visto, anotando hasta el último detalle. Una vez
esquematizado, volvería a colocarme los guantes y continuaría investigando. Haría
análisis, extraería sangre, miraría a través de los microscopios… Así hasta
estar satisfecha de ese primer estudio. ¡Me sentía como Leonardo Da Vinci!
En ese momento estaba trabajando
con una criatura del tamaño de mi mano que tenía cuerpo de roedor, patas de
lagarto y cabeza de insecto. De su vientre abierto de par en par emergía un
olor similar a la hierba mojada por el rocío mañanero, y pude comprobar que
poseía un aparato circulatorio de color verde oscuro; en vez de venas parecía
tener tallos espinosos que terminaban en hojas cubiertas de capilares. Dichas
ramificaciones unían dos corazones rojos tal rosas florecidas, y acerqué el
cuchillo para cortar uno de ellos y poder estudiarlo con más detenimiento en
otra bandeja. Después me fijé en que no había pulmones, por lo que supuse que
respiraba por difusión. Sin embargo, los aparatos digestivo y excretor eran
iguales que los de los mamíferos; estaba el hígado, los riñones, los intestinos,
el estómago…
—Ada ha avisado que en 15 minutos
debéis estar reunidos en el vestíbulo —Zoon entró en el laboratorio, siseando a
través de una sonrisa—. ¿Qué tal vas con la Dama
de corazones?
Me hice a un lado para que
examinase mi trabajo y pude comprobar con satisfacción como asentía.
—¡Bien! Lávate, busca la ficha en
el cuaderno y complétala. Ahora te tomaré el relevo.
Me retiré de la mesa a hacer lo
que me decía. Trabajar con Zoon era una de las pocas tareas que de verdad me
gustaban realizar en la instalación subterránea, pues me obligaba a centrar la
mente en una sola actividad, algo que no me permitía el limpiar los baños, por
ejemplo.
—Dama de corazones, Dama de
corazones… ¡Ah! Aquí está —Me había quitado los guantes y el delantal y por
fin había encontrado en el cuaderno la página en cuestión—. Si ésta es la
criatura femenina, ¿cómo llamas a la masculina? —Inquirí, mientras garabateaba
rápidamente la información complementaria a la que ya estaba escrita.
—El Rey de diamantes, pues en vez de corazones, tiene diamantes.
—¿En serio?
—En serio. Por eso son tan
difíciles de encontrar. Los Cazadores de Tesoros los aniquilan para conseguir
las piedras preciosas, de modo que hoy en día están en peligro de extinción.
—¿Y cómo es posible que un ser
vivo sobreviva con diamantes como corazones?
Me giré en cuanto terminé.
Zoon se encogió de hombros.
—Las Damas de corazones tienen rosas como corazones. Los Reyes de diamantes tienen diamantes como
corazones. ¿Sabes cuando usas la lógica sin más? Pues es esto. Una auténtica
aberración.
—Pero si fuera lógico, las Damas de corazones deberían tener
corazones como corazones, no rosas.
—Por eso, esto es ilógico.
Solté una carcajada.
—¡Entonces no tiene sentido la
pregunta que has formulado!
Zoon me apuntó con un dedo
terminado en una uña morada y afilada.
—No, lo que no tiene sentido es
que en este caso la respuesta a la pregunta que he formulado (o sea, que esto
es una aberración) tenga sentido, porque se trata de una situación ilógica.
—Bueno… Me voy ya o llegaré
tarde… ¡Gracias por dejarme trabajar en el laboratorio, Zoon! ¡Nos vemos a la
vuelta!
Me despedí de él agitando la mano
mientras abandonaba el laboratorio. Miré un momento el reloj, percatándome de
que eran las 7:36, y aceleré el pasó para llegar puntual al recibidor.
—Ale, ya estamos casi todos
—exclamó Lana cuando llegué al punto de encuentro.
En total eran 7 rastreadores:
Ada, Roth, Lana, Vito, Max, y un hombre y una mujer que aún no conocía, aunque
esta vez también los acompañaríamos Athan y yo.
—Hum, ahí llegan Max y Roth con
el preso—señaló Vito hacia uno de los pasadizos—. La única que falta es Ad…
—¿Estáis todos preparados?
Ada hizo su aparición a las 7:45
en punto, seguida de Ángela y de Taylor, que nos despedirían en las escaleras.
Observé al extraño grupo que
formábamos. Todos íbamos vestidos de negro, prácticamente con el mismo uniforme.
Como en aquel lugar no parecía existir la ropa interior —aunque yo guardaba en
mi habitación a buen recaudo mi bikini—, para sujetarnos el pecho las mujeres
llevábamos atada bajo la camiseta una especie de banda que nos hacía parecer
prácticamente planas, y en la parte inferior simplemente nos cubría el
pantalón. De todas maneras no podíamos quejarnos: si bien la banda no resultaba
atractiva, no nos asfixiaba y permitía movernos y correr con agilidad, como si
en realidad no llevásemos nada.
De todos nosotros el que me llamó
la atención fue Athan. Tenía un aspecto deplorable, lleno de sangre seca,
tierra, sudor… Su cabello rubio parecía moreno, y lo único que resaltaba en una
imagen tan oscura eran sus ojos azules, iguales a los de mi Athan pero
completamente distintos. Entonces entendí el porqué se suele decir que los ojos
son el reflejo del alma: dos personas pueden tener exactamente los mismos ojos,
la mismas motas de color en los irises, las mismas pupilas, y en cambio mirar
completamente distinto.
—De acuerdo… Éste es plan —se
dispuso a explicarnos Adelaida, rompiendo mis pensamientos—: La misión se
dividirá en 2-3 días. Nos llevará más o menos una jornada llegar a la Cabaña
del Caracol para pasar la noche, contando los encuentros indeseados del camino
y los enfrentamientos. En cuanto se vean los primeros rayos de luz, nos
levantaremos, desayunaremos y nos pondremos en marcha hasta el lugar establecido —me percaté de su
deliberada ocultación del nombre del lugar—. Calculo que tardaremos 3 horas,
también asumiendo los posibles incidentes. A las 12 en punto ocurrirá el intercambio. Una vez finalizado,
volveremos por la ciudad. Si oscureciese antes de llegar aquí, nos
refugiaríamos en una de las casas y ya al tercer día volveríamos. Si no, al segundo
día nos veremos de nuevo. ¿Alguna pregunta?
Sí, yo tenía muchas. No entendía
de qué encuentro ni intercambio hablaba, aunque estaba claro como el agua que
tenía que ver con Athan, ni a dónde nos dirigíamos para que salieran semejantes
cuentas, pero me mordí la lengua.
—Yo tengo una pregunta… ¿Cómo
podéis resultar tan imbéciles?
La voz de Athan sonaba pastosa,
irónica y amarga.
El ambiente se tensó como la
cuerda de un violín, pero Ada relajó la situación rápidamente dando dos pasos
hacia él y propinándole un certero puñetazo que le reabrió una herida en el
labio.
—¿Algo más? —nos miró a todos.
Athan escupió a un lado una
mezcla de saliva y sangre, pero se mantuvo callado, mirándole con odio.
—Perfecto… Nos veremos antes de
Noche Vieja —se dirigió por última vez a Taylor y Ángela.